Dos escalones

magela Cuarenta y ocho escalones Comenta

Segundo escalón

Pocas veces había sentido miedo.

No hablo de un miedo irracional a las cucarachas, o a suspender un examen. Hablo, de verdad, de ese miedo que te paraliza y no te deja seguir avanzando, tanto física como emocionalmente. Me refiero a una pérdida de la capacidad de respirar, o que simplemente esos movimientos respiratorios duelan tanto que no quieras. Aunque cuando el pánico hace su aparición ya no te importa si respiras o no lo haces.

Mientras puse el pie en ese segundo escalón, sin tener maldita idea de cuántos más había delante de mí -ya que nunca me había dado por contarlos-, sentí verdadero miedo.

No quería seguir avanzando.

Tenía pánico a lo que iba a encontrarme.

Llevaba días con la sensación de que los acontecimientos iban a desencadenar en una tragedia. Había pasado de limpiar a la carrera la escalera entre un trabajo y otro, necesitando más manos –y sobre todo más minutos en el día-, a mirarla ahora y casi no reconocerla. Tenía los sentidos colapsados. No escuchaba nada, y eso no me gustaba en absoluto. No veía nada, pero eso también se debía a que no me había acordado de encender la luz al iniciar el ascenso. Pensé, tonta de mí, que si volvía dos pasos hacia atrás para encenderla el camino sería más llevadero, pero casi se me escapó una sonrisa nerviosa al estamparme con la realidad más apabullante.

Nada iba a ser sencillo después de aquel ascenso.

Mi sentido de la vista no iba a ayudarme a subir mejor los putos escalones, cuando lo que pasaba era que no quería hacerlo.

No era que hubiéramos tenido una vida acomodada, pero nunca habíamos pasado necesidades. Al menos, no físicas. Mis emociones sí; esas estaban ya tocadas desde hacía años, cuando en la noche del nacimiento de nuestra segunda hija me dejó a solas en aquel horrible pasillo. Sí, no esperó tan siquiera a que yo estuviera en la habitación solitaria donde me confinaron, al final del corredor de una unidad donde el llanto de los bebés no pudo camuflar mi propio llanto. No recuerdo, sin embargo, verlo partir… Recuerdo el dolor de verme abandonada, sin esperanzas y sin unos dedos que retiraran las lágrimas que mis ojos se empeñaban en derramar. Alguien que me dijera que todo se superaba.

Alguien que llorara conmigo.

La casa era la vida imagen de que no nos iba mal. Me empeñaba en trabajar demasiado para no ver lo horrible que era abrir la puerta para encontrar indiferencia. Así, el dinero que entraba y que no podía gastar en viajes de su mano o en comidas divertidas con nuestras hijas, lo invertía en la pintura que de pronto se había puesto de moda para las paredes, y que ahora, sin luz, no me decía nada.

¿De qué color eran las paredes ahora?

Mi mano tocó el yeso pintado cuando el mareo de aquellos recuerdos me golpearon como si de un coche a alta velocidad se tratara. Había invertido todo el tiempo en sobrevivir en vez de vivir, en aparentar serenidad y calma cuando los nervios me comían por dentro, a seguir haciendo de mi casa un hogar aun cuando me había dado cuenta de que los hogares sólo se cimientan cuando eres capaz de hablar con la persona que convive contigo sin que desemboque en una discusión a gritos, y termine con un portazo y un coche alejándose en plena noche.

Hablar, y no temer a que la próxima vez que le diera por lanzar algo contra la pared pensara que ya era hora de arrojarlo contra la carne femenina.

Sentí el frío de la pared sobre la palma de la mano, y cerré el puño en un gesto que pretendió darme algo de fuerza. Sabía que nunca más habría marcas en la pintura allí donde se había incrustado y roto la taza del desayuno, donde a los pocos días había un cerco blanco por la reparación, y un color nuevo algo más tarde sobre esa misma pared, que me hiciera olvidar que la última vez que la pinté era otoño, y que el marrón de las hojas podía hacerme compañía cuando me desmoronaba contra ella, resbalando mis pies descalzos para hacerme un ovillo y llorar por el alma herida.

– Sí, ya estamos en primavera. Seguro que un verde aguamarina se lleva mis penas.

No era capaz de recordar de qué color tenía ahora mismo pintada la pared de la escalera…

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