El lunar de mis besos

Recuerdo aún cuando en el colegio se reían de un lunar que tengo justo al inició de la mandíbula inferior, donde apenas faltan unos milímetros para llegar al lóbulo de la oreja. Era un lunar pequeñito, pero ninguna de mis amigas tenía uno a la vista, ni escondido tampoco, y les llamaba la atención que a mí, de pronto, me hubiera aparecido uno.

Mi madre, tras escucharme sollozar por las burlas de mis compañeras de colegio, observó con detenimiento el lunar en cuestión.

– Es especial. Alguien ha deseado ponerlo ahí- me susurró, pasándome un mechón de pelo por detrás de la oreja-. Debes llevarlo a la vista, porque gracias a él esa persona va a reconocerte.

Lo llamó “el lunar de tus besos”.

Empecé a lucirlo con orgullo, ese y los otros que se fueron instalando en mi cuerpo. Uno en el inicio de una nalga al llegar la pubertad, y al cumplir la adolescencia otro cerca del pezón derecho. Empecé a llevar blusas transparentes para que el hombre que lo hubiera deseado en mi cuerpo pudiera reconocerlo, porque soñaba con el momento en el que llegara a pedirme permiso para besarlo.

O que lo besara… sin pedir permiso.

El de la nalga era más difícil de mostrar, por lo que en la playa me ponía siempre biquinis escasos de tela, y posteriormente me empeñé en ir a playas nudistas para que se pudieran contar sin reservas mis lunares.

– ¿Cómo reconoceré al hombre que quiso poner los lunares en mi piel, mamá?- le pregunté, una noche, tras arroparme ella en la cama, al cumplir los quince años.

– ¿Y para qué quieres reconocerlo?- contestó, con una dulce sonrisa dibujada en los labios. Esa sonrisa que tanto echaba de menos ahora, que seguía acudiendo desnuda a la playa, cuando hacía más de tres años que se la había llevado un accidente de coche.

– Para decirle que los mire. Para decirle que soy yo.

Ella me besaba todas las noches, pero nunca lo hacía sobre ese lunar cerca de mi oreja. Decía que debía reservarlo para el hombre que fuera a reclamarlo. No era un lunar para los besos de una madre.

– Él sabe que está ahí. Sólo has de cruzarte en su camino.

Llevaba siempre el pelo recogido en una cola de caballo, y me ponía pendientes pequeños para que ninguno pudiera ocultarlo. Me negué los jerseis de cuello alto, y casi todas las bufandas. Enfermé más de diez veces por lucir mi lunar en una noche fría, tras pensar que aquel hombre que me miraba lo hacía porque se había percatado de la presencia de mi lunar de los besos…

Esperé…

Pero mi madre murió y tardé un año en volver a mostrarlos. Se convirtieron en los lunares que nadie buscaba, en los lunares con los que había fantaseado entregando a alguien. El sexo que encontré en los hombres no era el que necesitaba, centrado en la atención de mi piel, de mi mente, de mis fetiches y fantasías.

El sexo era simplemente sexo…

Me follaban y yo me dejaba sin ganas. Sus pollas tenían, de vez en cuando, algún lunar que yo iba a adorar, bajo la mirada extrañada de los dueños. No entendían que para mí el hecho de encontrar un lunar en un punto deseado hacía que sintiera unas enormes ganas de besarlo…

Lunares cerca de la boca. Lunares en la nuca. Lunares en la planta de los pies y en el dorso de las manos…

Llegué a ir al psiquiatra para hablarle de mi obsesión con los lunares. Llegué a ir al dermatólogo para enseñarle los puntos tan raros en los que alguien había decidido que se oscureciera mi piel, y en los que nadie reparaba. Iba al médico para que me los contara, por si aparecían más en la espalda y no lograba verlos. Iba a darme masajes para que se calmara el dolor que me producía que nadie quisiera besarlos…

– Es normal tener un lunar en la cara- me decía mi médico, que guardaba fotos y medía sus tamaños por la ansiedad que me producía que siguieran apareciendo cada pocos meses otro-. Pero los seguiremos vigilando. No te preocupes, que ninguno tiene pinta de extraño.

Por extraño yo entendía cáncer de piel, aunque él no quisiera decirlo abiertamente. No podía creer que mi madre se hubiera equivocado al decirme que el que los había puesto allí sería el hombre que los adoraría toda la vida, y que en vez de eso fuera alguien que deseara que yo enfermara gravemente, y que mi vida corriera peligro por ello.

Me saqué fotos de estudio resaltando mis lunares. Hice un plano de mi cuerpo con las sendas que marcaban cada uno de ellos, recorriendo mis miembros. Estudié medicina para entender más sobre la piel, y empecé a escribir un pequeño diario donde confesaba lo que sentía cuando los tocaba en la intimidad de mi alcoba.

Hice todo lo que pensé que había que hacer cuando un lunar era tan importante como el lunar de mis besos…

Me casé.

Me divorcié…

Y al final me dediqué a organizar las fiestas de los demás, porque yo, con treinta y seis años, no tenía nada que celebrar.

– Ese lunar está pidiendo que lo bese…

Nadie me había susurrado esa frase hasta que lo conocí, aquella noche de verano. No pude verle el rostro porque estaba situado a mi espalda, pero su voz me dejó enganchada a sus palabras e hizo que me temblaran las piernas. Gemí con el calor de su aliento en mi cuello, y sé que pudo escucharlo.

Gemí para él antes de verle los ojos.

– Hazlo…

El beso fue húmedo y cálido, morboso y pasional como nunca pude imaginar que iba a ser ese beso. Lo escuché y sentí a la vez, mientras sus manos tomaban mis hombros y seguían el ascenso hasta mi cuello. Era alto, sus manos eran fuertes y seguras, y sus labios gruesos y firmes. Continuó besando sin reparo maldito, con la licencia que yo le había dado y la picardía de quien decide que quiere seguir ganando más piel para seguir besando. Su boca dejó un sendero sobre el cuerpo rendido a sus deseos, y cuando quise darme cuenta la cremallera del vestido había cedido unos centímetros. Cuando me quise dar cuenta ya no estaba en el centro de la pista de baile de la discoteca de turno, sino en un lateral apartada, con la cabeza contra el frío muro de cemento, y su cuerpo pegado a mi espalda, siendo permiso sin hacerlo para seguir buscando los lunares que yo estaba loca por entregarle.

Cuando me quise dar cuenta ya estábamos en su coche, con las luces apagadas y sólo una pequeña bombilla iluminando nuestros rostros.

Fue entonces cuando comió de mis labios, y los devoró como si en ellos hubiera encontrado miles de lunares dispuestos a ser besados. Tenía los ojos profundos e intensos, con una mirada ardiente que me prometía el cielo si le dejaba llevarme.

Y quise que contara cada uno de mis pequeños lunares, dichosa de haber encontrado a alguien que, por fin, quería seguir el sendero que ellos marcaban desde el empeine del pie izquierdo hasta el lóbulo de la oreja derecha, donde siempre dejaba a la vista el lunar de mis besos…

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Magela Gracia

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