¡Hasta los cojones!

Mirarte mientras te ligabas a otra… Decepcionante.

Infiel. No hay otra palabra que te describa tanto. Infiel, infiel mil veces. Que deseabas a otras ya lo imaginaba, pero verte acariciar su piel tersa mientras le susurrabas vete tú a saber qué cosas para mí fue demasiado. Verte empalmar, saberte excitado, sentirte vibrar con su tacto… Te odié tanto…

Y te sigo odiando.

No mereces que llore por ti, al igual que no buscaré más tus caricias. Al hombre que simplemente no sabe apreciar la diferencia entre cualquiera de las que elegiste y mi persona no le entregaré ni una lágrima ni un pensamiento más. Puedes largarte de mi memoria, buscar cobijo en otro vientre y derramarte en el cuerpo que quieras. A partir de ahora… soy libre. Siénteme así, inaccesible.

¿Te crees que era interesante para mí verte acariciar a otra? ¿Piensas que así lucharía por ti, te desearía más, que mojaría las bragas? Idiota. Rompiste lo que tenías conmigo cuando tu verga reaccionó al contacto de su palma en tu bragueta. Se rompió el hilo que nos mantenía unidos, aunque fuera solo sexo y yo por ti muriera… Sí, muy idiota fuiste.

Por más que se me desgarró el alma, miré. Por más que sentí arcadas, te vi desnudarla. Por más que se derramaron mis lágrimas, aguanté cada palmada y cada beso, cada mordisco y cada gemido. Y lo interioricé, como si fuera mío. No, no te equivoques. No me excité al observarte hacerlo. Pero fui capaz de sentir lo que ella sentía, para odiarte ahora con más ganas. No pretendo sino recordarlo tan vivamente como lo recordará ella, para saber siempre lo que me apartó de tu vera.

Odioso. Ya no te quiero.

¿Un juego, dices? ¿Crees que puedo considerar un juego el hecho de que desees a otras? ¿Piensas, acaso, que se puede querer, cuando me mirabas directamente mientras la inclinabas frente a ti? Ese momento en el que, aferrando sus cabellos, la guiaste hasta tu polla, y sacándola tú con la otra mano, le ordenaste que te la chupara… horrible momento

          Aquí la tienes, preciosa- habías dicho, sonriéndome-. Haz tu trabajo.

Ese momento en el que la escuché chuparte la verga no se me irá jamás de la memoria. Ni verte menear las caderas contra su boca, ni tu cara de lujuria, demostrando lo que te gustaba el trato que te estaban dando con la lengua. Y tus gemidos… Los recuerdo tan vivamente como si te tuviera a mi lado, regodeándote en ellos, hablándome dese la espalda contra mi oído, calentándome la oreja con el aliento como me calentaron entonces la entrepierna.

Un puto juego.

Mentí… Sí me excité.

Un juego para ello, y lo conseguiste. Pero para nada más. Que me excitara no quiere decir que tenga intenciones de repetirlo. Me alejaste con cada bombeo en su boca, como si recibiera yo su impacto. Dolió igual que si me la clavaras a mí en la garganta. Y aun amarga… me excité.

Pues juega con ella, que conmigo no vas a volver a hacerlo. Al empotrar tu verga en su garganta perdiste toda oportunidad de volver a hacerlo en mi boca. Al levantarle la falda se disipó toda posibilidad de tener mis piernas separadas para ti. Querías que te viera hacerlo, que te deseara, que me quisiera cambiar por ella.

Y me excité, sí… pero también sentí asco. Tu polla se enterró en sus carnes y pensé que igual muchas veces lo habías hecho antes, y luego habías acudido a mi encuentro. ¡Cuántas noches que volvías tarde, y yo te excusaba pensando que trabajabas mucho! Ahora ya no sé qué creer, si ese trozo de carne que antes deseaba llegaba a mi cuerpo cargado con la esencia de rameras de tres al cuarto, a las que pagabas con una buena cena y una cama de sábanas limpias donde echar tres polvos y derramar tu leche.

Sí, mentiría si te dijera que no me excité. Pero dolió tanto…

La cogiste de los pelos, le diste la vuelta y la reclinaste para que le viera la cara. Y la miraba a los ojos en aquella primera embestida, cuando debía mirarte a ti hacerlo. No… la miré a ella y su rictus de viciosa. Que me ofrecieras su rostro mientras te la follabas fue el punto final, y que tú no duraras sino cuatro empujones, largos e intensos, mientras me observabas perderme en sus ojos lascivos, no hizo sino empeorar las cosas. Cuatro putos empujones seguidos de gemidos eternos, sonidos de chocar de cuerpos y palabras obscenas de ella. Se me iba la vida con cada movimiento de cadera tuyo, y cada vez que su cuerpo te recibía dentro, gustoso de ser empalado. Ella también se corrió bajo la agilidad de tus dedos…

Por mí, dijiste. Te la follaste para mí, para que abriera los ojos a un mundo de posibilidades.

Y por supuesto que me los habías abierto. Ahora, en vez de una única polla, me follaban varias, de una en una o todas a un tiempo. Todos mis agujeros las disfrutaban, calientes y húmedas, fuertes y duras. Recias, como siempre me habían gustado. Venosas y orgullosas de lucir erectas y brillantes para mi disfrute. Deliciosas… compartir sus sabores en la boca, entremezclarlas mientras pugnaban por enterrarse en mi boca, como ella se regocijó por tenerte en su garganta.

Y luego hasta los cojones… dentro. Muy dentro…

Como lo hiciste con ella.

Sí. Hasta los cojones de ti. Que te aguante otra.

Muchas pollas, nuevas fantasías. Pero, mi vida… ninguna es la tuya.

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Magela Gracia

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