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	<title>La Pluma de Magela Gracia</title>
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		<title>La amada Luna</title>
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		<pubDate>Tue, 09 Jun 2015 16:45:52 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>El reflejo plateado de la ,dueña de la noche teñía la tranquila superficie del espejo dulce que hacía miles de años alguien había incrustado en su nada particular. Ciertamente era el lugar más hermoso que los mortales poseían en su terrenal mundo. El problema estaba que el regalo de los poderosos creadores del universo no había sido creado para los humanos, por lo que la entrada a él era un sacrilegio, castigado con un sufrimiento que sólo los dioses podía infligir y que ningún hombre podría soportar sin sucumbir pidiendo clemencia. No por nada era el santuario que los todopoderosos habían destinado a un animal sagrado, donde lo escondían  desde hacía miles de años, y al que habían concedido el don de la inmortalidad. Viviría eternamente si no salía de esa tierra acotada.</p>
<p>Lo habían desposado con la Diosa Luna, de delgada figura blanca y cabellos de plata, cuyos ojos grises y cantos melodiosos acompañaban las solitarias noches del negro animal. Pasaba las horas oscuras contemplando a la promesa de amor que brillaba en el firmamento, tremendamente lejos. Cuando llegaba el día y su amada se ocultaba eclipsada por la fuerza del poderoso Rey Soy, la gran bestia se tumbaba a la sombra de los sauces de su pequeño paraíso a observar con rencor los destellos del carcelero que raptaba y retenía a su amada Luna durante su reinado. Así, caía rendido por el cansancio. No comprendía el empeño de los dioses por apartarla de su lado durante tanto tiempo, cada día de su vida. </p>
<p>¿Por qué? ¿Qué había hecho él para merecer el cruel castigo de sus perpetuos protectores?</p>
<p>En su santuario estaba solo, y por más que bramaba su pregunta al gélido viento en invierno, o calurosa brisa en verano, no obtenía nunca una respuesta, mortal o inmortal. Ni tan siquiera su dulce y bella esposa le desvelaba en sus canciones su duda.</p>
<p>Los años pasaron y el animal sagrado fue perdiendo poco a poco la esperanza de poder reunirse con su amada. Ella era una diosa y nunca bajaría a la tierra renunciando a tal estado, aunque el premio fuera compartir el resto de su vida con él. Cuando al fin se convenció de ello, una noche de oscuridad infinita, como otras tantas en las que se había desvelado en soledad, una lágrima de fino cristal resbaló por su peludo hocico, y deslizándose por la humedad de la nariz cayó a la laguna, confundiéndose en la dulzura de sus aguas. La segunda lágrima desdibujó una perfilada figura en la superficie estancada que no había visto antes porque se había acostumbrado a mirar al cielo, y no a las aguas. La miró expectante mientras la imagen volvía a formarse, y descubrió en la laguna la silueta más bella y perfecta del mundo. </p>
<p>La esfera brillante y pálida de su esposa reposaba sobre las aguas.</p>
<p>Su corazón de animal se alborozó y sus ojos profundos y negros, tan negros o más que su pelaje, se abrieron inmensamente para captar toda la belleza de su amada Luna. La diosa tranquila había bajado a la tierra para darse un baño en sus aguas y consolar a su amado y devoto esposo. Olvidó todas las penas de pronto. Las largas horas de sol y las cortas estancias de la dueña de su corazón allá arriba en el cielo. Olvidó su angustia y su miedo, su rencor y sus celos.</p>
<p>Simplemente volvió a sentir&#8230;</p>
<p>No iba a permitir que se escapara.</p>
<p>Quiso besarla por vez primera, pero con el roce de su hocico sobre la superficie de la laguna su bella esposa se difuminaba. Pensó, entristecido, que su amada diosa huía nuevamente de él, no queriendo ser tocada por un simple animal, por muy inmortal que fuera. Un juguete de los eternos creadores. Le asaltó también su confusa mente, buscando otra explicación menos dolorosa, la idea de que la Luna estaba bajo un poderoso hechizo que evitaba que él pudiera rozarla. ¡Tenía que haber un motivo!</p>
<p>Pero cuando volvió a mirar al estrellado la vio reinando entre sus súbditos brillantes. ¡Lo había engañado! ¡Jugaba con su enamorado corazón! Había dedicado toda su larga vida a adorarla, siendo su incondicional amante y trovador, y ahora se burlaba de él. Su ira estalló en un impulso incontrolado y con sus patas delanteras rompió en mil pedazos cristalinos el reflejo de la mentirosa que simplemente le había regalado su imagen.</p>
<p>A la que estaba dolorosamente unido&#8230;</p>
<p>Corrió lejos de ella, apartándose de la laguna al ver que volvía a recomponerse el reflejo. trató de olvidar todas las canciones que en sus días de bardo había compuesto para halagar su hermosura. No quiso volver a mirarla, aún sabiendo que probablemente lo seguía. Por más que corriera ella reinaba en la noche, y aún faltaban muchas horas para que abandonara el cielo. Mientras, ya lejos porque el animal no cejaba en su empeño de alejarse, de los fragmentos plateados del reflejo en la laguna se formó una borrosa figura, como si de pronto el calor estuviera haciendo que el agua se evaporara formando una silueta femenina. Tal vez sólo fue el deseo romántico del narrador el que creyó ver a la luna envuelta en seda blanca deslizarse desde la laguna al firmamento, pero eso a estas alturas, cuando hace tanto tiempo que pasó, no vamos a conseguir averiguarlo.</p>
<p>Se oye susurrar al viento, cuando hay luna llena y te acercas a la colina, la historia de cómo aquel animal, desesperado y loco de amor, se arrojó desde lo alto del acantilado maldiciendo a la mística quimerista por haberlo abandonado, aun sabiendo que no se puede uno desprender de algo que simplemente se le ha impuesto, porque jamás había llegado a aceptarlo. Ahora aquella laguna permanece tranquila, sin rastro de animales porque todos sienten el dolor de la bestia, y los humanos tampoco se acercan porque el aire siempre los invita a marcharse, apesadumbrados.</p>
<p>Puede que también el susurro del viento sea un mitificador, pero cuando se le oye relatar la historia, allá en lo alto de la colina desde la que se divisa la laguna y el acantilado, siempre finaliza diciendo que en su caída el sagrado animal fue recogido y acunado por los brazos de la Luna, que lo envolvió en su vaporosa túnica y lo llevó hasta su reino, convirtiéndolo en la constelación más hermosa y más cercana a ella en las frías noches de invierno, para que sus canciones de amor la adormecieran mientras se amasen durante el resto de los días.</p>
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		<title>Limpiar el polvo</title>
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		<pubDate>Sun, 07 Jun 2015 18:39:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cosas que escribo mientras espero en los semáforos]]></category>
		<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[limpiar]]></category>
		<category><![CDATA[polvo]]></category>
		<category><![CDATA[vivir]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p>¡A la mierda la mierda! ¡A la mierda el polvo!</p>
<p>Así de decidida, tras veinte años sin querer que entrara nadie en casa, se muestra aquella mañana. A la mierda la falta de tiempo y a la mierda la vergüenza. Alguien tenía que encargarse de limpiar lo que a ella hacía mucho se le escapaba. </p>
<p>No le había hecho nunca gracia dejar que alguien removiera sus papeles, husmeara en sus cajones y viera lo que contenía su nevera. No le apetecía, pero de pronto tampoco pareció relevante. Allí está, en la puerta de su casa, dejando que el olor a humedad le llenara las fosas nasales, y que los ojos se le adaptaran a la falta de luz del pasillo de entrada, mientras la corriente de aire levanta el polvo del suelo y convierte en neblina el espacio hasta el salón. </p>
<p>Allí está, con ganas de mandarlo a la mierda todo.</p>
<p>Con ganas de que alguien venga a limpiarle el polvo.</p>
<p>Triste haber perdido la batalla. Cuando se intentaba sacar el trabajo a solas, sin contar con nadie, podía pasar lo que le había pasado a ella. Una casa cerrada a la que nadie se acercaba porque, tenía que reconocerlo, le daba cierta angustia mostrarla. Se acostumbró a las cenas en soledad porque la grasa se acumulaba en la cocina. Se acostumbró a no compartir la cama porque las sábanas se cambiaban menos de lo aconsejado, y se acostumbró a no compartir la espuma de la bañera porque a ella tampoco le daba tiempo a llenarla.</p>
<p>Se acostumbró a estar sola&#8230;</p>
<p>Se acostumbró a que la suciedad no le importara.</p>
<p>Pero ahora, mirando la niebla de su pasillo, con la rabia de ver que era imposible hacerlo sola, toma la determinación de que su intimidad ya no importa tanto. Va a dejar que un extraño vea la ropa interior que guarda en los cajones, que vea los documentos de su estudio, los libros que almacena en la librería, y su consolador escondido en la mesilla de noche. Va a dejar de ser la ermitaña que protege con celo la ropa que ya no se pone, pero que le da pena tirar por los recuerdos que implica. Va a dejar de ser la huraña que acumula velas para ocasiones especiales, y que por falta de ellas se encuentra un día que todas las mechas están intactas. Va a dejar de ser la solitaria que tampoco puso un gato en su vida porque sabía que ni a cambiarle la tierra llegaría por las mañanas.</p>
<p>Por fin va a abrir las ventanas&#8230;</p>
<p>Una cosa era preservar la intimidad y otra muy distinta dejar de avanzar porque le atormentara mostrarse vulnerable.</p>
<p>Y mostrar el jabón con el que se lavaba todos los días la cara era demasiado íntimo. Se podía saber demasiado de ella observando&#8230;</p>
<p>Que tenía acné aún con sus cerca de cincuenta años, y que le avergonzaba tanto como para seguir tratándoselo. Que usaba una talla L de pantalón y que hacía una sempiterna dieta para tratar de bajar a la M. Que solamente vivía ella en la casa pero que todavía así dejaba espacio en el ropero para cuando llegara el hombre apropiado. Que entre los libros que leía entremezclaba historias de novela rosa, suspirando por los romances que se había perdido en la vida&#8230; tratando de limpiar el polvo, sin llegar a encontrar el tiempo para hacerlo.</p>
<p>Se le había escapado la vida invirtiendo tiempo en no ser lo que era, y luego ocultando lo que nunca le gustó ser.</p>
<p>Y ahora todo eso tenía una densa capa de polvo que no le daba sino alergia&#8230;</p>
<p>Ya era hora de volver a abrir las ventanas y mostrarse como era. Con polvo y arrugas incluidas, con páginas de buena literatura e historias para jovencitas quinceañeras. Con acné y dieta, y un consolador sustituyendo al marido que no tenía.</p>
<p>Ya era hora de recordar de qué color eran en verdad los muebles de su casa.</p>
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		<title>Lazada</title>
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		<pubDate>Sun, 24 May 2015 16:39:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuento]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[cumpleaños]]></category>
		<category><![CDATA[lazada]]></category>
		<category><![CDATA[lazo]]></category>
		<category><![CDATA[niña]]></category>
		<category><![CDATA[regalo]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p>&#8211; Busca el herrete, y ahora coge con la otra mano la puntita del cordón. ¿Lo tienes?</p>
<p>La niña cogió los dos extremos de los cordones de sus zapatillas rosa con las puntas de sus deditos y me los mostró satisfecha. Y, aunque me había quedado sin voz canturreándole la canción para que aprendiera a hacer la lazada, y ella se la había aprendido de memoria, se quedó esperando a que le diera las instrucciones para que aquellos dos trozos de cordel se convirtieran en la magia de un precioso lazo que adornara sus piececitos.</p>
<p>&#8211; ¿Y ahora?</p>
<p>&#8211; Ahora toca hacer que bailen juntos, que se abracen y se acaricien, como hago yo cada vez que pides un beso.</p>
<p>La niña me miró sonriendo, mostrando uno de sus preciosos cachetes para que depositara allí otro beso. Le siguió mi abrazo tras dejar mis labios marcados sobre su piel blanca, que tanto me empeñaba en proteger con la crema solar. Sus dedos no soltaron los cordones mientras la abrazaba. Estaba emocionada con lograr su primer lazo en aquellas zapatillas que tanto le gustaban, y que en un par de semanas, seguramente, le quedarían pequeñas. Una lazada hecha por ella para guardarla luego en su cajita de zapatos como recuerdo. Luego los olvidaría al ilusionarse con otros zapatos nuevos, y yo cogería la caja y la depositaría en mi armario, para darles su segunda vida.</p>
<p>Un detalle que descubriría esa pequeña, en un regalo, al cumplir los veinte años. Volvería a llenarme los ojos de lágrimas al observar su rostro iluminado por la sorpresa de ese primer lazo una segunda y maravillosa vez.</p>
<p>Volver a la niñez con veinte años&#8230;</p>
<p>Pero las primeras lágrimas aún no habían llegado, aunque ya estaban a flor de piel.</p>
<p>Todavía teníamos que hacer la lazada.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
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