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	<title>La Pluma de Magela Gracia</title>
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		<title>Jabones con promesas vacías</title>
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		<pubDate>Mon, 07 Mar 2016 22:54:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela]]></dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>&#8211; ¿Y por qué demonios no se quita esta mancha?</p>
<p>Arrojó otra vez la casaca del uniforme al interior de la lavadora, buscó en los programas de lavado alguno que tuviera la temperatura tan alta que pudiera desteñir el tejido si no hubiera sido blanco –aunque no estaba segura de que los colores que usaban en los tintes de los uniformes del hospital perdieran alguna vez la intensidad, que siempre los veía igual de llamativos- y metió en el tambor una pastilla de jabón de esas que juran y perjuran que se deshacen de cualquier mancha.</p>
<p>Cerró la puerta con tanta rabia que podría haberla partido.</p>
<p>Era una tontería poner una lavadora con una sola prenda de ropa, pero aquella era la segunda vez que intentaba dejar limpia la casaca y no había tenido éxito. La quinta, si contaba que ya le había echado una gran cantidad de agua oxigenada, un par de cacitos disueltos en agua  en una palangana -de uno de esos jabones que venden en polvo en un bote de tamaño ridículo para poder llamarse detergente- y un espray al que le pondría una reclamación en cuanto se le quitara el cabreo por prometer cosas que no cumplía.</p>
<p>Sí, cinco lavados con aquel que acababa de empezar.</p>
<p>Habría sido más rentable tirar la casaca a la basura.</p>
<p>Cuando se la quitó la noche en la que recibió la mancha no pensó más en ella. Necesitaba alejar el olor de la sangre de las fosas nasales. Se metió en el vestuario, con el pelo pegado al rostro y la garganta seca. Llevaban veinte minutos turnándose sobre la camilla para hacer el masaje cardiaco y no sabía decir cuál fue el momento en el que se salió la vía y la sangre brotó hasta su uniforme. Se lo dijo una compañera después, cuando llegó la ambulancia y la apartaron para que recuperara fuerzas.</p>
<p>&#8211; Vas a necesitar una ducha…</p>
<p>También necesitaba un abrazo, pero no lo pidió…</p>
<p>Puerta cerrada, uniforme al suelo y agua corriendo por el plástico que hacía de cortina cubriendo el plato de ducha. Por fin se le había tupido la nariz y no le llegaba ni el olor del vómito ni el de la sangre.</p>
<p>Era lo que tenían las lágrimas. Siempre le anulaban el sentido del olfato.</p>
<p>Lloró contra la puerta de su taquilla un buen rato, mientras el vestuario se llenaba de vapor y se desdibujaban las paredes a su alrededor. No le preocupó si había alguien fuera esperando para usar el baño. Necesitaba estar a solas, con la neblina inundándolo todo, haciéndola perder también parte del sentido de la vista.</p>
<p>La pena era que no se podían borrar tan fácilmente las imágenes de su cabeza.</p>
<p>Metió el uniforme en la taquilla, cerró la puerta con el candado, y se sumergió en el delicioso placer de dejarse acariciar la piel por el agua caliente. No tenía jabón a mano pero tampoco lo necesitaba.</p>
<p>Sólo quería confundir sus lágrimas con las gotas que ahora le resbalaban desde la ducha al rostro agotado.</p>
<p>Una semana más tarde fue a abrir la taquilla. Se había empecinado en dejarla cerrada, guardando sus cosas en cajones o llevando al trabajo lo estrictamente imprescindible. Siempre le invadía el mismo desasosiego cuando tenía que enfrentarse a una mancha como aquella, y nunca encontraba el valor suficiente para hacerlo de primeras.</p>
<p>Y allí estaba ahora, viendo como giraba el bombo de la lavadora, con la promesa de que tras aquellas vueltas no quedaría ni rastro de la marca que la atormentaba. Y allí se quedó, abrazándose las rodillas, dejándose acunar por el sonido del electrodoméstico, pensando en todas las cosas que tenía que hacer esa mañana.</p>
<p>La lista de la compra era fácil de planificar.</p>
<p>Tal vez había estado posponiendo abrir la taquilla porque no quería que la mancha le recordara que tenía que hacer una llamada al hospital para preguntar si habían conseguido salvarle la vida.</p>
<p>Pero en eso se centraría después de que calculara cuántos paquetes de leche tenía que meter en el carrito del supermercado.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Casita de muñecas</title>
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		<pubDate>Mon, 29 Feb 2016 22:10:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[La Pluma de Magela Gracia]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[casita]]></category>
		<category><![CDATA[enfermera]]></category>
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		<category><![CDATA[hospital]]></category>
		<category><![CDATA[muñecas]]></category>
		<category><![CDATA[relato]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Las descubrí una tarde al inicio de mi turno en la habitación de una de mis pacientes más jóvenes. Joven, pero no tanto como para estar jugando a las casitas. Tres amigas sentadas a los pies de la cama articulada, con un tablero de madera entre ellas y la muchacha …
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Las descubrí una tarde al inicio de mi turno en la habitación de una de mis pacientes más jóvenes.</p>
<p>Joven, pero no tanto como para estar jugando a las casitas.</p>
<p>Tres amigas sentadas a los pies de la cama articulada, con un tablero de madera entre ellas y la muchacha que se quedaba por las noches ocupando la habitación cuando se acababan las visitas. Con la edad suficiente para pintarse los labios a escondidas de los padres pero sin la destreza de saber calzarse unos tacones de aguja.</p>
<p>O, más bien, saber mantener el equilibrio sobre ellos.</p>
<p>La más pálida, con la cabeza rapada y ojeras avejentando su rostro, se reía con toda la fuerza de la que era capaz mientras sus amigas movían las pequeñas muñecas de una estancia a otra dentro de la casita de madera. Ella también tenía una muñeca entre los dedos, con un bonito cabello dorado igual al que había lucido hasta hacía sólo un par de meses. Apenas si participaba en el juego de las otras, pero no dejaba de sonreír mientras mantenían diálogos alocados, daban besos a escondidas a muñecos masculinos y conducían coches descapotables por las sendas que dibujaban las arrugas de la colcha de la cama.</p>
<p>Por la noche, cuando la habitación se quedaba a oscuras y sólo se escuchaba el leve siseo del oxígeno llegando hasta su nariz a través del tubo que le rodeaba la cabeza, la casita de muñecas descansaba a los pies de la cama, envuelta en sombras. A mí, que el trabajar de noche me había concedido una especie de don para ver las cosas que se escondían en lo negro de la noche, me dio por observar la casita y a sus habitantes mientras ella dormía. Cuatro habitaciones, cuatro muñecas con los cabellos encrespados –como se les quedaban tras haber sido el juguete preferido de niñas de cinco años- y cuatro coches en la puerta, en plazas de aparcamiento dibujadas sobre el tablero de madera. Cada uno de aquellos rectángulos, dibujado a tiza, tenía en su parte inferior un nombre.</p>
<p>El de mi paciente estaba en uno de ellos.</p>
<p>La casita volvía a los pies de la cama cada vez que regresaban las amigas de mi paciente, y luego al suelo cuando ella dormía.</p>
<p>Ninguna de las cuatro pasaba de los quince años.</p>
<p>Una tarde, cuando la última de las chicas abandonaba la habitación para reunirse en la entrada del hospital con sus padres, me atreví a preguntarle sobre el extraño misterio de la casita. En la edad que tenían cada una de ellas a nadie se le podía pasar por la cabeza que en verdad se divirtieran con un juego tan infantil. El rostro de la muchacha se tiñó de tristeza, y apoyándose contra la pared del pasillo, orientó la vista hasta el suelo brillante e impoluto. Cuando terminó de contarme la historia sus ojos estaban enrojecidos y en la maño llevaba un pañuelo de papel que le había secado en varias ocasiones las lágrimas de los ojos. Llamó al ascensor, me dedicó una escueta sonrisa, y dejó que se la tragaran las puertas metálicas al cerrarse.</p>
<p>Aquella noche, cuando la oscuridad envolvía nuevamente todo en el dormitorio de la joven y yo había terminado mi turno, entré con cuidado a mirar la casita de muñecas.</p>
<p>Las cuatro amigas se conocían desde pequeñas. Habían hecho castillos en la arena de las diversas playas que habían frecuentado en vacaciones y habían recorrido miles de caminos de tierra montadas en bicicletas. Cuando un día hablaron de lo que sería de ellas siendo adultas ninguna supo decir a lo que iban a dedicarse el resto de sus vidas. Lo que sí tenían muy claro era que acabarían viviendo juntas, tal vez en la época universitaria o tras conseguir el primer trabajo. Una casa de alquiler con cuatro habitaciones se convertiría en su refugio, se turnarían para cocinar y hacer la compra, y tendrían un perro labrador al que llamarían Max.</p>
<p>Se enamorarían, cenarían las cuatro con sus parejas alrededor de una enorme mesa redonda y tendrían que comprar un sofá más grande para poder ver los partidos de fútbol en la tele.</p>
<p>No tenían claro lo que estudiaría, pero estaban seguras de que pasarían muchos años bajo el mismo techo.</p>
<p>Cuando una de ellas enfermó gravemente temieron que sus planes fueran a desmoronarse. Mi paciente, una tarde lluviosa, en la que el cabello se le caía a mechones y las nauseas eran tan intensas que apenas si lograba retener en la boca alguna pastilla de goma, dejó caer el comentario de que tal vez la casa que alquilaran sólo tendría que tener tres habitaciones.</p>
<p>Ninguna encontró las fuerzas para rebatirle lo que parecía que alguna vez había pasado por la mente de todas ellas.</p>
<p>Agacharon la cabeza, cerraron los ojos, y escucharon el repiquetear de la lluvia contra el cristal de la ventana.</p>
<p>Pero al día siguiente allí estaba la casita, con sus cuatro dormitorios. Si la mala suerte las iba a privar de las noches de helado de chocolate delante del televisor viendo Dirty Dancing y las disputas sobre a quién le tocaba bajar ese día la basura, nadie podría negarles que un par de muñecas de madera se sacaran el carnet de conducir, encontraran el primer trabajo y se fueran a la cama tarde tras leerse de una sentada la última novela de una conocida escritora de historias románticas.</p>
<p>Tomé entre los dedos la muñequita de cabellos encrespados y sonreí mientras recordaba las palabras de su amiga.</p>
<p>En la cama articulada… mi paciente dormía.</p>
<ul>
<li>Hay tres Playmobil que le han pedido salir, pero ella está convencida de que acabará enamorándose de un ingeniero, y que aún le queda tiempo…</li>
</ul>
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		<title>Noches de Guardia</title>
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		<pubDate>Sun, 20 Dec 2015 17:53:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[La Pluma de Magela Gracia]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[enfermera]]></category>
		<category><![CDATA[guardia]]></category>
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		<category><![CDATA[oposiciones]]></category>
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		<category><![CDATA[turno]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Relato premiado en el concurso de Cuento y Relato Corto del CELP 2015. Tercer premio. &#160; &#8211; ¡Ah, no! ¡Hija, no! Que ya me cuesta Dios y ayuda descolgar el móvil desde que no hay botones ni teclado. Eva sonrió a su compañera de turno, Ana, y le tomó el …
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]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Relato premiado en el concurso de Cuento y Relato Corto del CELP 2015. Tercer premio.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&#8211; ¡Ah, no! ¡Hija, no! Que ya me cuesta Dios y ayuda descolgar el móvil desde que no hay botones ni teclado.</p>
<p>Eva sonrió a su compañera de turno, Ana, y le tomó el teléfono de las manos para echarle un vistazo. Eran las tres de la mañana, la planta dormía plácidamente y Ana acababa de sacar la aguja de ganchillo para ponerse a hacer unos calcetines a su nieto recién nacido. Era enfermera, de las que llevaban casi toda la vida atendiendo a los pacientes en el servicio de cardiología, y aunque la mayoría de sus compañeras veteranas habían colgado los zuecos de colores para trasladarse a la tranquilidad de un centro de salud sin turnos de noche, ella siempre decía que el día que se retirara lo haría allí mismo, entre electrocardiogramas y cateterismos.</p>
<p>Contaba ya con sesenta y dos años en las arrugas que le surcaban el rostro, amable y sencillo, de los de abuela entrañable que pasaba las tardes cuidando a los nietos en el parque. Aquellos patucos de color azul eran los cuartos que le veía confeccionar Eva desde que eran compañeras de guardia, ya que sus hijas se habían puesto todas de acuerdo para hacerla abuela en poco menos de dos años.</p>
<p>&#8211; Si es muy sencillo de manejar. Espera que te explico -le comentó ella, mostrándole la pantalla del móvil.</p>
<p>&#8211; ¿Sabes lo que me costó entender que ese signo del teléfono en la parte de arriba era un mensaje del “<em>guasam</em>”? Mis hijas son las que se han empeñado en ponerme eso del “<em>internete</em>” en el móvil. Y ahora casi no sé ni descolgar cuando me llaman. ¡Para mandarme fotos de los niños! ¿Y por qué no me las dan para ponerlas en un marco de toda la vida?</p>
<p>&#8211; Porque ahora ya eso no se usa, y se almacenan las fotos en la memoria del móvil. Mira, aquí tienes las fotos, en este cuadradito de aquí -le dijo Eva, pulsándolo para desplegar las carpetas-. ¡Qué nietos tan guapos tienes! Este se parece todito a ti, Ana.</p>
<p>A la enfermera se le caía la baba con sus nietos, pero por suerte siempre había alguien a su lado para hacerle el gesto de recogérsela con una servilleta. Lo cierto era que se iban acumulando fotografías en su teléfono y casi nunca lograba verlas. Agradecía la ayuda de sus compañeras en esos momentos de tranquilidad en la planta, cuando no sonaba ni una sola alarma de bombas de perfusión, timbres pidiendo un chato, o la llegada de algún ingreso desde urgencias.</p>
<p>Su hija le había dado la fecha del bautizo de su último nieto, y la pobre no había podido elegir peor día para hacerlo pasar por la pila bautismal y hacerlo llorar con el agua bendita.</p>
<p>El examen de las oposiciones de enfermería era esa misma tarde.</p>
<p>Llevaba una semana buscando una compañera que pudiera hacerle el cambio de turno, ya que le tocaba trabajar en el hospital. La supervisora le había dicho que por necesidades del servicio no podía darle el día libre, ya que más del sesenta por ciento de la plantilla de la unidad de cardiología se examinaba aquel mismo día.</p>
<p>Todas le habían dicho lo mismo.</p>
<p>Que no podían&#8230;</p>
<p>&#8211; Eso lo solucionamos en un momento -le había contestado Eva, muy resuelta. Ella era una de las que tenía que presentarse al examen, por lo que aunque le hubiera hecho el cambio a su compañera de mil amores no había podido firmarlo-. Te metemos en el grupo de whatsapp de la planta y ya verás como en un momento encontramos a alguna que pueda hacerte la tarde.</p>
<p>&#8211; Eso del grupo&#8230; ¿de qué va? -preguntó, mientras seguía haciendo calceta. Estaba segura de haber terminado para cuando tuviera que ponerse a administrar la medicación de las seis de la mañana.</p>
<p>&#8211; Estamos todas las enfermeras dentro -le explicó Eva. Es como hablar con una de tus hijas, pero con todas a la vez. Tú escribes un mensaje y lo reciben todas las que están en el grupo, y luego todas pueden responderte.</p>
<p>&#8211; ¡Estás tú buena! ¡Cómo que yo voy a ser capaz de leer los mensajes de tanta gente cuando no soy capaz de escribirle un hola a mi hija por la mañana!</p>
<p>&#8211; Yo te escribo el mensaje, tranquila, y vamos viendo lo que contestan.</p>
<p>Eva añadió al grupo “Enfermeras con corazón” a Ana en un momento, y desde su móvil escribió un corto mensaje para todas las compañeras.</p>
<p>&#8211; A ver qué te parece. “Hola, chicas. Necesito vuestra ayuda. El maldito día del examen es el bautizo de mi nieto y necesito cambiar el turno de la tarde. ¿Alguna puede hacerlo?”</p>
<p>&#8211; Casi todas han dicho que no&#8230; Me voy a tener que poner “<em>muy malita</em>” ese día -bromeó Ana, sabiendo que haría una enorme faena a la supervisora de guardia si ese día le daba por ponerse con una gastroenteritis de lo más extraña.</p>
<p>&#8211; ¿Cuántas son “casi todas”?</p>
<p>&#8211; Lourdes, Victoria, Juani y Fefilla.</p>
<p>La enfermera suspiró aliviada. En el grupo de “<em>Enfermeras con corazón</em>” había treinta y seis enfermeras, treinta y cinco hasta hacía cinco minutos.</p>
<p>&#8211; Le doy a enviar, ¿vale? A ver qué nos dicen.</p>
<p>&#8211; ¿Y quién va a contestar a esta hora, mujer? -se burló Ana, siguiendo con las puntadas de sus patucos azules. Se había puesto las gafas en la punta de la nariz y se veían en precario equilibrio cada vez que se apartaba el flequillo de delante de los ojos.</p>
<p>&#8211; Es sábado. Seguro que hay más de una despierta -respondió, cogiendo el mando del televisor y pulsando el botón rojo, mientras alzaba una plegaria silenciosa esperando encontrar algo que mereciera la pena.</p>
<p>Quince canales zapeando más tarde se desengañó. A esa hora sólo había programas de adivinación, y alguno que otro donde se jugaba a completar la palabra C_SA, con la pista de que era un lugar donde se dormía y que había que pagarla con una hipoteca. La mitad de la gente que había llamado habían respondido “COSA”, por lo que le quedaba bastante claro que se acercaba el día del juicio final.</p>
<p>“<em>Nos merecemos la extinción</em>”</p>
<p>&#8211; Llama a una de esas que te echan las cartas y pregúntale cómo he de montármelo para no venir a trabajar esa tarde. Tal vez tenga la respuesta y nosotras estamos aquí como tontas mandando mensajes a enfermeras durmientes.</p>
<p>&#8211; ¿Y no prefieres que llame al programa de “La Palabra Oculta” y diga que la palabra que se paga con una hipoteca es una “CESA”?- se río ella-. Pues que sepas que han contestado cinco, desconfiada -respondió, desbloqueando la pantalla de su móvil.</p>
<p>&#8211; ¡Cinco! ¿La gente no duerme?</p>
<p>&#8211; Bea dice que no puede, que se examina&#8230;</p>
<p>&#8211; Dile a esa muchacha que deje los apuntes a un lado y se vaya a la cama ahora mismo. A las tres de la mañana el cerebro no da para retener nada.</p>
<p>&#8211; Y Lucía dice que la supervisora le ha pedido que esté disponible porque necesita cubrir a varias enfermeras en otra planta.</p>
<p>&#8211; ¿Qué hace Lucía despierta? Hazme el favor y escribe esto: “<em>A dormir, golfa. Que desde que te has separado no pasas un fin de semana en tu cama”</em></p>
<p>&#8211; Díselo tú, espera que te pongo a funcionar la grabadora.</p>
<p>Y ahí se puso a gritarle Ana a la pantalla del móvil, llamando golfa a su compañera de planta, como si por hablar más alto le fuera a llegar mejor la información a la susodicha. Cuando terminó de despotricar y de decirle que los hombres de hoy en día no servían para nada y que mejor se comprara un perro, se recostó en el sillón, riéndose a carcajada limpia.</p>
<p>&#8211; ¡Va a estar divertido esto del grupo de “<em>guasam</em>”.</p>
<p>&#8211; ¿Quieres que te instale una aplicación para cuadrar los turnos de la plata? Es muy sencilla de usar y te suenan alarmas&#8230;</p>
<p>&#8211; Ya tengo bastantes alarmas con las de las habitaciones de los pacientes, jovencita. No me metas ni una cosa más en ese móvil, que un día lo tiro a la basura.</p>
<p>Y diciendo eso sacó de su bolsillo el típico calendario que repartían todos los años los chicos de los sindicatos, relleno a bolígrafo rojo. No estaba sindicada con nadie, pero siempre conseguía que uno le hiciera el regalo, alegando que “<em>a su edad debía tener más respeto por las canas de las enfermeras que habían dejado más sudor en esa planta que él en el gimnasio</em>”</p>
<p>Era imposible negarle una sonrisa a Ana&#8230;</p>
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		<title>Palabras</title>
		<link>http://magelagracia.com/pluma/palabras/</link>
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		<pubDate>Fri, 24 Apr 2015 20:44:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[consulta]]></category>
		<category><![CDATA[enfermera]]></category>
		<category><![CDATA[hija]]></category>
		<category><![CDATA[madre]]></category>
		<category><![CDATA[memoria]]></category>
		<category><![CDATA[palabras]]></category>
		<category><![CDATA[pregunta]]></category>
		<category><![CDATA[test]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p>No dice ni una palabra.</p>
<p>Anda perdida, y no sólo porque no sepa dónde está. Su mente hace mucho tiempo que dejó de acompañarla en el camino por el que avanzan sus pasos, pero aún no es una certeza porque nunca he podido comprobarlo. En sus anteriores visitas se las ha arreglado para burlar los tests, aunque creo que hoy le va a ser imposible hacerlo. Su mirada la delata; sus ojos no me miran, y si lo hacen a veces es porque, en su vagar por la consulta, se cruzan espontáneamente con los míos.</p>
<p>Y, a pesar de todo, se la ve muy entera…</p>
<p>Su hija está sentada a su lado. Hoy lleva escrito en el rostro las palabras que siempre me ha verbalizado. Cansancio, desesperación… Sobre todo miedo. Su madre ha ido dejando de ser la señora que era para convertirse en una extraña que apenas si la reconoce. Y, lo peor de todo, que se empeña en llegar cada mes a su cita conmigo y recuperar el mínimo de memoria para responder con gracia las preguntas que le hago. A veces pienso que esas respuestas las memorizó hace años por terror a que la olvidaran en un asilo, y que invierte las horas muertas en casa frente a la ventana en repetirlas una y otra vez.</p>
<p>Se empeña en no ser declarada incapaz. Tal vez es lo único por lo que derrama aún alguna lágrima.</p>
<p>-No me reconoce. Se pasa los días sentada mirando la calle desde el segundo piso. Tengo que recordarle que coma, que vaya al baño, que se acueste a dormir. A veces creo hasta que le hace falta que le diga cuando respirar… ¡No puedo más!</p>
<p>Y aquí está, maquillada y peinada de peluquería, con un camafeo adornando un pañuelo en el cuello, como si la cosa no fuera con ella. Se prepara durante treinta días para su cita, para salir victoriosa, para que no le despoje de lo único que le importa. Tiene que parecer digna al menos un ratito al mes.</p>
<p>-¡Qué pena!- pienso, mientras repito metódicamente las preguntas que el ordenador me va indicando, mientras ella, muy tiesa en la silla, hace las conexiones necesarias en su cabeza para volver a la consulta de dónde quiera que se encontrara y clavar los ojos en mí. Me ve por vez primera aquel día.</p>
<p>No falla ninguna pregunta.</p>
<p>Su hija se echa las manos a la cara y comienza a llorar, desolada. Sólo dentro de aquellas cuatro paredes es capaz de recordar su nombre y que es la mujer que la parió entre horribles dolores. Me duele tanto como a ella, que la abraza y le pregunta por el motivo de su llanto. Una madre consolando a su hija, como si no existiera motivo para preocuparse. “Todo está bien, mamá está aquí contigo”.</p>
<p>Decido, a la desesperada, inventarme una pregunta nueva que introducir en la dinámica. Si es verdad que se aferra a las respuestas que se sabe de memoria cambiarle algo tan sencillo hará que falle.</p>
<p>-¿Puedes repetir estas palabras? Astronauta, Jesús Hermida, Maspalomas, Lauren Bacall-. Las enumero según me vienen a la mente, tras recordar un reportaje que me tuvo en vela la noche anterior delante de la tele, con una manta sobre el regazo, sin imaginar que la cadencia de palabras de ese periodista harían que lo nombrara en mi consulta al día siguiente.</p>
<p>Le tiembla el labio, me mira con pena, y mientras me disculpo en silencio por habérsela jugado ella, también en silencio, comienza a llorar.</p>
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		<title>Cigarrillos de chocolate</title>
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		<pubDate>Wed, 21 Jan 2015 22:05:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[La Pluma de Magela Gracia]]></category>
		<category><![CDATA[chocolate]]></category>
		<category><![CDATA[cigarrillos]]></category>
		<category><![CDATA[enfermera]]></category>
		<category><![CDATA[enfermería]]></category>
		<category><![CDATA[jubilación]]></category>
		<category><![CDATA[relato]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Relato ganador del Concurso de Relatos del CELP 2014. Hoy se jubila, por fin, la enfermera que me da siempre tanto trabajo. ¡Ya era hora! Yo misma he sido la que le he subido las cajas para que empiece a guardar todas sus cosas. He tenido que buscar embalajes de …
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]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Relato ganador del Concurso de Relatos del CELP 2014.</p>
<p style="text-align: justify;">Hoy se jubila, por fin, la enfermera que me da siempre tanto trabajo. ¡Ya era hora! Yo misma he sido la que le he subido las cajas para que empiece a guardar todas sus cosas. He tenido que buscar embalajes de los grandes, de esos que vienen para las gasas no estériles o las mascarillas nebulizadoras. La auxiliar de enfermería, La Juana, me ha ayudado a vaciar las que me hacían falta.</p>
<ul style="text-align: justify;">
<li>¿Estás de mudanza?-, me preguntó, apilando un par de paquetes de gasas.</li>
<li>Sí, me tocó la Lotería de Navidad y me mudo a un chalet en el campo-, le contesté, con cara burlona.</li>
</ul>
<p style="text-align: justify;">La Juana me sacó la lengua, y yo le hice un gesto un poco más obsceno. Teníamos confianza, después de tantos años, tantos cafés compartidos, y tantos cigarros fumados en la acera de enfrente del centro de salud, (ya que en la puerta estaba prohibido) cuando las dos aún fumábamos.</p>
<p style="text-align: justify;">Y tantos berrinches, también, mientras lo dejamos juntas.</p>
<ul style="text-align: justify;">
<li>La Loli las necesita, que es su último día. Mañana en vez de ponerse el pijama se pondrá el bañador en la playa.</li>
</ul>
<p style="text-align: justify;">Mi compañera se rió por lo bajo, sabiendo la envidia que me producía. A mí… y a casi todos los del centro, que más de uno en vez de apagar el despertador por la mañana lo estampaba contra la pared, y un día iban a perforar un muro y se barruntaba una desgracia. Para ellos se había inventado ese artilugio que ahora saltaba de la mesilla de noche y empezaba a girar por todo el suelo del dormitorio, con sirenas y luces estridentes, para que tuvieras que salir corriendo detrás de él y apagarlo. Iba a ser el regalo estrella del Día de Reyes. Yo misma había pedido uno, pero seguramente mi marido le pondría una denuncia al Rey Mago que se atreviera a dejarme ese paquete debajo del árbol.</p>
<ul style="text-align: justify;">
<li>La Loli necesita cajas grandes. Tiene de todo en esa consulta.</li>
</ul>
<p style="text-align: justify;">Yo asentí, mientras reforzaba los cartones por debajo con esparadrapo, para que no se abrieran cuando estuvieran llenas. Esa enfermera iba a necesitar los brazos fuertes de varias personas para llevar todo eso hasta su coche… si es que al final se lo llevaba.</p>
<p style="text-align: justify;">Esperaba en verdad que lo hiciera.</p>
<p style="text-align: justify;">Había trabajado en decenas de centros de salud, y jamás encontré un despacho como el de aquella enfermera. Paredes empapeladas con fotografías a las que le había dado demasiado sol antaño, y otras en las que se veían los rostros cada vez más arrugados, pero siempre sonrientes. Había paneles de corcho repartidos donde no había un mueble al que entorpeciera el acceso, llenos de recuerdos de felicitaciones navideñas, invitaciones a bodas y bautizos, incluso varias comuniones. Había fotos de pacientes abrazando pacientes, y pacientes abrazándola a ella.</p>
<p style="text-align: justify;">Tenía también una enorme estantería llena de plaquitas doradas sobre madera labrada, agradeciendo el buen hacer de la profesional que aquel día se jubilaba. Eran difíciles de limpiar las malditas filigranas que tenían, y el óxido se había instalado en ellas por más que me esforzaba en sacarles brillo. Las letras, en algunas de esas placas, habían perdido el color, y había que esforzarse mucho para leer las hendiduras doradas que eran el único testimonio del agradecimiento que se quiso plasmar, ya fuera por el propio paciente o por su familia cuando éste ya no estuvo presente.</p>
<p style="text-align: justify;">Había también una balda de uno de los muebles atestado de recuerdos de lugares de vacaciones. Esos pacientes, que salieron de la isla y que le compraron una bola de nieve con una ciudad en miniatura dentro como si de la Atlántida se tratara, habían quedado decorando la consulta junto con los ceniceros de barro con las letras pintadas de “Estuve aquí y me acordé de ti”,  y los rosarios de las ancianas devotas que vieron a la Virgen en su altar y quisieron agradecerle a la entrañable enfermera sus desvelos. A ella le dedicaban siempre una oración por la noche, al igual que a todos sus nietos y a las vecinas ingresadas cuyo gato se escuchaba maullar por las noches desde el patio de luces.</p>
<p style="text-align: justify;">Libros en otro estante. Muchos.</p>
<p style="text-align: justify;">¡Y lo mal que se limpia el polvo de los cantos!</p>
<p style="text-align: justify;">Ahora que entro en la consulta sin estar ella como tantas tardes al vaciarse el centro, me quedo en la puerta repasando su vida laboral, dejando vagar la vista por sus recuerdos.</p>
<p style="text-align: justify;">¡Qué mal se limpia todo en esta consulta!</p>
<p style="text-align: justify;">¿Dónde irá a meter todo esto en su casa? Espero que tenga un buen trastero, o la habitación de algún hijo emancipado que pueda servir de museo.</p>
<p style="text-align: justify;">Dejo las cajas sobre su mesa, entre una lámpara de sal traída de vete a saber qué sitio, una decena de cajas de bombones de pacientes que no saben cómo agradecerle mejor tantos años de buen hacer, y varias orquídeas de flamantes flores que pretenden ser eternas como el cariño que todos ellos le profesan. Nadie va a volver a reunir tanto cariño en una habitación tan pequeña.</p>
<p style="text-align: justify;">Tras dejar las cajas me dirijo al corcho que está justo al lado de la puerta. La Loli tiene fotos con casi todos los compañeros con los que ha compartido trabajo. No tengo que buscar mucho, puesto que me conozco la consulta como la palma de mi mano, de tantas veces que le he pasado el plumero y el paño mojado. Entre todas ellas encuentro en la que estamos retratadas las tres. La Loli, La Juana y yo, el día que hacía un año de nuestro último cigarrillo.</p>
<p style="text-align: justify;">Fue La Loli la que pasó el mono con nosotras, y la que tuvo que aguantar nuestra mala leche mientras nos embargaban las ganas de escaparnos por la puerta trasera para encender un cigarrillo a escondidas. Fue ella la que, tras varios años de insistencia, nos convenció de que estábamos feas con un pitillo en la boca.</p>
<p style="text-align: justify;">Y la que nos acompañó durante todo el calvario.</p>
<p style="text-align: justify;">La Loli era todo un elemento. La íbamos a echar mucho de menos en el trabajo. Y a envidiar, como decía La Juana, porque dejaba el pijama blanco con cientos de parches cosidos a mano con los nombres de las ciudades que quería visitar&#8230; y que ahora podría, ya que iba a tener tiempo. También tenía una casaca con los nombres de los bebés a los que, en su época de matrona en el hospital, ayudó a traer al mundo. Incluso recordaba una bata a la que había cosido los nombres de las compañeras de promoción que se iban jubilando, y que ella decía que la acompañaban siempre en su buen hacer enfermero.</p>
<p style="text-align: justify;">Imagino que todos sus uniformes, a cada cual más original y significativo, ocuparían ahora un lugar importante en su armario.</p>
<p style="text-align: justify;">Le dejo sobre la mesa, entre tanto bombón y ramo de flores, la cajetilla de tabaco que siempre me quitó de las manos, hace ya muchos años, y que guardo de recuerdo gracias a ella. Se la he rellenado con cigarrillos de chocolate, que sé que adora. Y le he escrito una nota que he pegado sobre el cartel de “Fumar mata”.</p>
<p style="text-align: justify;">“No los chupes, que te pones fea”.</p>
<p style="text-align: justify;">Al cerrar la puerta de la consulta sonrío, pensando en todo el tiempo libre que voy a tener a partir de ahora en el trabajo sin limpiar el polvo de la vida laboral de esa enfermera. Casi tanto… como el que iba a tener La Loli para viajar por esos países de los que sus pacientes le traían bolas de nieve.</p>
<p style="text-align: justify;">Y me apeno por lo mucho que la voy a echar de menos…</p>
<p style="text-align: justify;">Y a envidiar, pero con envidia sana.</p>
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