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	<title>La Pluma de Magela Gracia</title>
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		<title>Jabones con promesas vacías</title>
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		<pubDate>Mon, 07 Mar 2016 22:54:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[La Pluma de Magela Gracia]]></category>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>&#8211; ¿Y por qué demonios no se quita esta mancha?</p>
<p>Arrojó otra vez la casaca del uniforme al interior de la lavadora, buscó en los programas de lavado alguno que tuviera la temperatura tan alta que pudiera desteñir el tejido si no hubiera sido blanco –aunque no estaba segura de que los colores que usaban en los tintes de los uniformes del hospital perdieran alguna vez la intensidad, que siempre los veía igual de llamativos- y metió en el tambor una pastilla de jabón de esas que juran y perjuran que se deshacen de cualquier mancha.</p>
<p>Cerró la puerta con tanta rabia que podría haberla partido.</p>
<p>Era una tontería poner una lavadora con una sola prenda de ropa, pero aquella era la segunda vez que intentaba dejar limpia la casaca y no había tenido éxito. La quinta, si contaba que ya le había echado una gran cantidad de agua oxigenada, un par de cacitos disueltos en agua  en una palangana -de uno de esos jabones que venden en polvo en un bote de tamaño ridículo para poder llamarse detergente- y un espray al que le pondría una reclamación en cuanto se le quitara el cabreo por prometer cosas que no cumplía.</p>
<p>Sí, cinco lavados con aquel que acababa de empezar.</p>
<p>Habría sido más rentable tirar la casaca a la basura.</p>
<p>Cuando se la quitó la noche en la que recibió la mancha no pensó más en ella. Necesitaba alejar el olor de la sangre de las fosas nasales. Se metió en el vestuario, con el pelo pegado al rostro y la garganta seca. Llevaban veinte minutos turnándose sobre la camilla para hacer el masaje cardiaco y no sabía decir cuál fue el momento en el que se salió la vía y la sangre brotó hasta su uniforme. Se lo dijo una compañera después, cuando llegó la ambulancia y la apartaron para que recuperara fuerzas.</p>
<p>&#8211; Vas a necesitar una ducha…</p>
<p>También necesitaba un abrazo, pero no lo pidió…</p>
<p>Puerta cerrada, uniforme al suelo y agua corriendo por el plástico que hacía de cortina cubriendo el plato de ducha. Por fin se le había tupido la nariz y no le llegaba ni el olor del vómito ni el de la sangre.</p>
<p>Era lo que tenían las lágrimas. Siempre le anulaban el sentido del olfato.</p>
<p>Lloró contra la puerta de su taquilla un buen rato, mientras el vestuario se llenaba de vapor y se desdibujaban las paredes a su alrededor. No le preocupó si había alguien fuera esperando para usar el baño. Necesitaba estar a solas, con la neblina inundándolo todo, haciéndola perder también parte del sentido de la vista.</p>
<p>La pena era que no se podían borrar tan fácilmente las imágenes de su cabeza.</p>
<p>Metió el uniforme en la taquilla, cerró la puerta con el candado, y se sumergió en el delicioso placer de dejarse acariciar la piel por el agua caliente. No tenía jabón a mano pero tampoco lo necesitaba.</p>
<p>Sólo quería confundir sus lágrimas con las gotas que ahora le resbalaban desde la ducha al rostro agotado.</p>
<p>Una semana más tarde fue a abrir la taquilla. Se había empecinado en dejarla cerrada, guardando sus cosas en cajones o llevando al trabajo lo estrictamente imprescindible. Siempre le invadía el mismo desasosiego cuando tenía que enfrentarse a una mancha como aquella, y nunca encontraba el valor suficiente para hacerlo de primeras.</p>
<p>Y allí estaba ahora, viendo como giraba el bombo de la lavadora, con la promesa de que tras aquellas vueltas no quedaría ni rastro de la marca que la atormentaba. Y allí se quedó, abrazándose las rodillas, dejándose acunar por el sonido del electrodoméstico, pensando en todas las cosas que tenía que hacer esa mañana.</p>
<p>La lista de la compra era fácil de planificar.</p>
<p>Tal vez había estado posponiendo abrir la taquilla porque no quería que la mancha le recordara que tenía que hacer una llamada al hospital para preguntar si habían conseguido salvarle la vida.</p>
<p>Pero en eso se centraría después de que calculara cuántos paquetes de leche tenía que meter en el carrito del supermercado.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Casita de muñecas</title>
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		<pubDate>Mon, 29 Feb 2016 22:10:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela]]></dc:creator>
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		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[casita]]></category>
		<category><![CDATA[enfermera]]></category>
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		<category><![CDATA[hospital]]></category>
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		<description><![CDATA[<p>Las descubrí una tarde al inicio de mi turno en la habitación de una de mis pacientes más jóvenes. Joven, pero no tanto como para estar jugando a las casitas. Tres amigas sentadas a los pies de la cama articulada, con un tablero de madera entre ellas y la muchacha …
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Las descubrí una tarde al inicio de mi turno en la habitación de una de mis pacientes más jóvenes.</p>
<p>Joven, pero no tanto como para estar jugando a las casitas.</p>
<p>Tres amigas sentadas a los pies de la cama articulada, con un tablero de madera entre ellas y la muchacha que se quedaba por las noches ocupando la habitación cuando se acababan las visitas. Con la edad suficiente para pintarse los labios a escondidas de los padres pero sin la destreza de saber calzarse unos tacones de aguja.</p>
<p>O, más bien, saber mantener el equilibrio sobre ellos.</p>
<p>La más pálida, con la cabeza rapada y ojeras avejentando su rostro, se reía con toda la fuerza de la que era capaz mientras sus amigas movían las pequeñas muñecas de una estancia a otra dentro de la casita de madera. Ella también tenía una muñeca entre los dedos, con un bonito cabello dorado igual al que había lucido hasta hacía sólo un par de meses. Apenas si participaba en el juego de las otras, pero no dejaba de sonreír mientras mantenían diálogos alocados, daban besos a escondidas a muñecos masculinos y conducían coches descapotables por las sendas que dibujaban las arrugas de la colcha de la cama.</p>
<p>Por la noche, cuando la habitación se quedaba a oscuras y sólo se escuchaba el leve siseo del oxígeno llegando hasta su nariz a través del tubo que le rodeaba la cabeza, la casita de muñecas descansaba a los pies de la cama, envuelta en sombras. A mí, que el trabajar de noche me había concedido una especie de don para ver las cosas que se escondían en lo negro de la noche, me dio por observar la casita y a sus habitantes mientras ella dormía. Cuatro habitaciones, cuatro muñecas con los cabellos encrespados –como se les quedaban tras haber sido el juguete preferido de niñas de cinco años- y cuatro coches en la puerta, en plazas de aparcamiento dibujadas sobre el tablero de madera. Cada uno de aquellos rectángulos, dibujado a tiza, tenía en su parte inferior un nombre.</p>
<p>El de mi paciente estaba en uno de ellos.</p>
<p>La casita volvía a los pies de la cama cada vez que regresaban las amigas de mi paciente, y luego al suelo cuando ella dormía.</p>
<p>Ninguna de las cuatro pasaba de los quince años.</p>
<p>Una tarde, cuando la última de las chicas abandonaba la habitación para reunirse en la entrada del hospital con sus padres, me atreví a preguntarle sobre el extraño misterio de la casita. En la edad que tenían cada una de ellas a nadie se le podía pasar por la cabeza que en verdad se divirtieran con un juego tan infantil. El rostro de la muchacha se tiñó de tristeza, y apoyándose contra la pared del pasillo, orientó la vista hasta el suelo brillante e impoluto. Cuando terminó de contarme la historia sus ojos estaban enrojecidos y en la maño llevaba un pañuelo de papel que le había secado en varias ocasiones las lágrimas de los ojos. Llamó al ascensor, me dedicó una escueta sonrisa, y dejó que se la tragaran las puertas metálicas al cerrarse.</p>
<p>Aquella noche, cuando la oscuridad envolvía nuevamente todo en el dormitorio de la joven y yo había terminado mi turno, entré con cuidado a mirar la casita de muñecas.</p>
<p>Las cuatro amigas se conocían desde pequeñas. Habían hecho castillos en la arena de las diversas playas que habían frecuentado en vacaciones y habían recorrido miles de caminos de tierra montadas en bicicletas. Cuando un día hablaron de lo que sería de ellas siendo adultas ninguna supo decir a lo que iban a dedicarse el resto de sus vidas. Lo que sí tenían muy claro era que acabarían viviendo juntas, tal vez en la época universitaria o tras conseguir el primer trabajo. Una casa de alquiler con cuatro habitaciones se convertiría en su refugio, se turnarían para cocinar y hacer la compra, y tendrían un perro labrador al que llamarían Max.</p>
<p>Se enamorarían, cenarían las cuatro con sus parejas alrededor de una enorme mesa redonda y tendrían que comprar un sofá más grande para poder ver los partidos de fútbol en la tele.</p>
<p>No tenían claro lo que estudiaría, pero estaban seguras de que pasarían muchos años bajo el mismo techo.</p>
<p>Cuando una de ellas enfermó gravemente temieron que sus planes fueran a desmoronarse. Mi paciente, una tarde lluviosa, en la que el cabello se le caía a mechones y las nauseas eran tan intensas que apenas si lograba retener en la boca alguna pastilla de goma, dejó caer el comentario de que tal vez la casa que alquilaran sólo tendría que tener tres habitaciones.</p>
<p>Ninguna encontró las fuerzas para rebatirle lo que parecía que alguna vez había pasado por la mente de todas ellas.</p>
<p>Agacharon la cabeza, cerraron los ojos, y escucharon el repiquetear de la lluvia contra el cristal de la ventana.</p>
<p>Pero al día siguiente allí estaba la casita, con sus cuatro dormitorios. Si la mala suerte las iba a privar de las noches de helado de chocolate delante del televisor viendo Dirty Dancing y las disputas sobre a quién le tocaba bajar ese día la basura, nadie podría negarles que un par de muñecas de madera se sacaran el carnet de conducir, encontraran el primer trabajo y se fueran a la cama tarde tras leerse de una sentada la última novela de una conocida escritora de historias románticas.</p>
<p>Tomé entre los dedos la muñequita de cabellos encrespados y sonreí mientras recordaba las palabras de su amiga.</p>
<p>En la cama articulada… mi paciente dormía.</p>
<ul>
<li>Hay tres Playmobil que le han pedido salir, pero ella está convencida de que acabará enamorándose de un ingeniero, y que aún le queda tiempo…</li>
</ul>
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		<title>Y ya tengo hasta canas&#8230;</title>
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		<pubDate>Wed, 21 Jan 2015 22:14:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[La Pluma de Magela Gracia]]></category>
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		<category><![CDATA[enfermería]]></category>
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		<description><![CDATA[<p>De pie, tras la alumna, intento concentrarme en lo que está haciendo. Es la primera vez que ponen una estudiante a mi cargo, y lo cierto es que me ha impuesto algo de respeto. “Un poco no, no seas mentirosa. Te has asustado”. Y me he sentido vieja… Si el …
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]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">De pie, tras la alumna, intento concentrarme en lo que está haciendo. Es la primera vez que ponen una estudiante a mi cargo, y lo cierto es que me ha impuesto algo de respeto.</p>
<p style="text-align: justify;">“Un poco no, no seas mentirosa. Te has asustado”.</p>
<p style="text-align: justify;">Y me he sentido vieja…</p>
<p style="text-align: justify;">Si el ánimo fuera otro probablemente me habría sentido henchida de orgullo por los galones ganados después de tanto tiempo. Sin plaza fija, eso sí. Pero con los años de experiencia del trabajo realizado, las amistades ganadas entre los compañeros que comparten alegrías y penas en los diferentes servicios, y el corazón lleno de recuerdos esos los pacientes que nos van marcando, y dejan ese pedacito de ellos cuando ya no nos necesitan… o cuando nos abandonan. Pero a las ocho de la mañana de un lunes cualquiera el ánimo no está muy por las nubes… y hay ocasiones en las que te sientes cansada.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Cómo iba a ser de otro modo, si cuando ha sonado el despertador esta mañana creo que no había dormido ni tres horas? Es lo que ocurre cuando eres madre además de enfermera, que si una hija empieza con fiebre dedicas todo tu buen hacer, tus mimos y conocimientos a aliviar el malestar de la pequeña. Cualquier madre lo haría&#8230; Y no poder llevarla al colegio ya te descuadra todo el día. ¿Qué hago con ella? Me imagino llegando al centro de salud a las ocho, con la pequeña vestida con su pijama rosa y su ranita de peluche, saludando a los compañeros de urgencias que tienen las mismas ojeras que yo, deseando marcharse.</p>
<p style="text-align: justify;">Menos mal que existen las benditas abuelas. Esas madres que ejercieron de enfermeras antes de que una pensara siquiera en estudiar esa carrera, y que ahora, por los agobios y las prisas, muchas veces saludamos menos de lo que deseamos. Siempre están ahí, dispuestas a ayudarnos, a seguir siendo más que madres y abuelas, haciendo lo que toda mujer ha hecho desde que el hombre tiene memoria. La pequeña se quedó con su rana verde y sus zapatillas de andar por casa, envuelta en el abrazo de mi madre, y yo salí corriendo para no llegar tarde al trabajo, que los lunes por la mañana me toca laboratorio, y la puerta hay que abrirla en hora.</p>
<p style="text-align: justify;">Y aquí estoy ahora, con la mirada en algo que hacía tiempo que no hacía: concentrarme en seguir los pasos para realizar una buena extracción sanguínea. Después de tantos años, y tantas venas pinchadas, hay técnicas que dejaron de requerir toda la atención. Mis compañeras de laboratorio lo saben. Hay lunes que no dejo de sonreír y charlas con los pacientes, animosa y risueña, como si nada en el mundo me hubiera hecho nunca daño. Esos días me gusta molestar a las otras enfermeras, gastarles bromas, preguntarles por su fin de semana y tranquilizar al paciente con la mejor de mis sonrisas. Pero también hay días en los que la mirada no puede sonreír, por más que lo finjan los labios…</p>
<p style="text-align: justify;">Por suerte, una vez estás en el trabajo, tus problemas suelen quedar a un lado, un ratito al menos, y te centras en la agenda que tienes delante, y en las personas que tienen que sentarse en la silla que espera vacía tras la mesa.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero hoy… no puedo evitarlo. Me siento vieja.</p>
<p style="text-align: justify;">Horas sin dormir, la ropa elegida de cualquier forma esta mañana para poder llegar a tiempo, y apenas una raya en el ojo mal pintada a la carrera en un semáforo para tratar de disimular el mal rostro. Estoy cansada, y me pesan un poco más los años.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero allí está mi alumna, que acaba de quitarle el capuchón a la aguja con la que pinchará su primera vena. Se la ve nerviosa, y hasta parece que le tiembla un poco la mano mientras palpa con los dedos de la otra, tratando de elegir correctamente la que quiere canalizar. Mira al paciente, y yo también lo hago. Es de esos ancianos entrañables, con la piel endurecida tras tantas horas trabajando la tierra con el sol a las espaldas. Tiene las manos duras y la frente llena de arrugas. Pero aunque sea lunes, demasiado temprano para haber salido de casa sin el perrillo al que pasea todas las mañanas, y tenga a una alumna temblorosa delante, la mira de forma entrañable. Es como si observara a una hija que coge por vez primera la bicicleta sin los ruedines, y estuviera temiendo tener que ir a recogerla del suelo y curar sus heridas. Teme por la desilusión de ella si no lo consigue, no por el daño del pinchazo que pueda hacerle.</p>
<p style="text-align: justify;">Todavía quedan personas así.</p>
<p style="text-align: justify;">Entonces… ¿por qué ando yo tan preocupada? ¿Porque mi hija tuvo una mala noche, y está a cargo de la mujer que más la quiere en el mundo, después de mí? ¿Porque tengo más licencias firmadas de vacaciones en el archivador de las que puedo contar sin los tres cafés de la mañana? ¿Porque la cama de madrugada volvía a estar ocupada sólo por el cuerpecillo de mi hija y el mío, esperando a que la otra almohada acogiera una cabeza masculina? ¿Porque la alumna es la primera vez que tiene una aguja en la mano, y anda asustada? ¿Porque es la primera vez que tengo a cargo una estudiante, y me siento más responsable que de costumbre?</p>
<p style="text-align: justify;">Y, entonces, el paciente me mira y sonríe. De pronto esa conexión hace que no importe nada más. Sus ojeras me dicen que lleva muchas malas noches en su vida, y que las mías a su lado se quedan en un ratillo sin sueño. Que ha pasado por muchas enfermedades de sus hijos, y que al final siempre han vuelto al colegio a los dos o tres días. Que ahora son ellos los que cuidan de sus achaques, y que son los nietos los que se vienen a arrancarle las sonrisas con sus muñecos de trapo y sus tiritas en las rodillas. Y que hace años que la almohada del otro lado de la cama se quedó vacía, tras una larga enfermedad de su esposa, y una corta estancia en una pequeña habitación de cuidados paliativos.</p>
<p style="text-align: justify;">Ha tenido tantos lunes malos…</p>
<p style="text-align: justify;">Y mientras le devuelvo la sonrisa y dejo de contar las arrugas de sus ojos, la alumna usa por vez primera la aguja, y consigo soltar el aire que contenían mis pulmones en un liberador suspiro. Mi mano se posa en su hombro, dando el apoyo que sé que necita, reconfortándola tras su instante de terror… y el mío. Su corazón de novata se hincha de orgullo. Aquel señor que nada tenía que temerle a una aguja sigue hablando con la alumna como si estuvieran tomándose un café en una terraza al lado de la playa. Y por fin soy capaz de integrarme en las bromas de la mañana, sabiendo que mi hija está bien, que el mundo sigue igual que siempre.</p>
<p style="text-align: justify;">Mi pequeña está siendo cuidada por una mujer mucho más veterana que yo. Esa que enterró tantas veces la nariz en el pliegue de mi cuello cuando no era sino un bebé, embriagándose con el olor de mi piel de recién nacida. Esa que se echó a llorar cuando mi garganta le regaló mi llanto en la primera bocanada de aire, erizándole una piel que aún no se ha recuperado. Esa que grabó la imagen mía de bebé en sus retinas, y que me sigue viendo de la misma forma, aunque empiece a tener canas. Esa madre que cuando me tuvo en su pecho agarró mi mano y contó mis dedos, porque necesitaba saber que yo estaba entera. Mi madre… que contó también los deditos de mi hija con lágrimas en los ojos, sin saber muy bien como había sido que yo hubiera dejado de tener el mismo tamaño que el bebé que ahora acunaban sus brazos.</p>
<p style="text-align: justify;">Mi hija estaba bien. El trabajo estaba bien. La alumna estaba bien.</p>
<p style="text-align: justify;">Y el señor con el corazón más grande que el pecho luce espléndido. Sabe que ha ayudado a formar a una nueva enfermera, que ayudará a personas como su esposa, aunque sólo sea haciendo compañía, cogiendo su mano, y no perdiendo la sonrisa.</p>
<p style="text-align: justify;">Una mirada y una curvatura en los labios. ¡Qué importante podía ser eso!</p>
<p style="text-align: justify;">El mundo seguía bien porque nos empeñábamos en no perder la sonrisa un nefasto lunes por la mañana.</p>
<p style="text-align: justify;">Por más canas que me salgan siempre se me parará el corazón en ese preciso instante en el que me digan que tengo que supervisar a una alumna. Por más días que pasen por mis cuadrantes indescifrables para el común de los mortales, siempre tendré en la mente a aquella estudiante que fui hace ya mil años, que no sabía si la tutora le echaría la bronca por querer ponerse unos calcetines de colores como había visto que llevaban las veteranas enfermeras en planta. Y que cuando se graduó recibió de su padre el primer fonendoscopio, que aunque ahora apenas uso, no dejo nunca lejos de mi vista.</p>
<p style="text-align: justify;">Porque siempre se puede despertar mi hija a las tres de la mañana, necesitando unas manos que la mimen, unos ojos que la miren… y mis oídos, deseando escuchar su respiración acompasada, o sus canciones infantiles. Que a ella siempre la gusta estar con el fonendo puesto en sus pequeñas orejas; cantando flojito a la campana, escuchando su voz y los latidos de su corazón para entretenerse, mientras la fiebre baja…</p>
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		<title>Cigarrillos de chocolate</title>
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		<pubDate>Wed, 21 Jan 2015 22:05:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[La Pluma de Magela Gracia]]></category>
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		<category><![CDATA[enfermera]]></category>
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		<category><![CDATA[relato]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Relato ganador del Concurso de Relatos del CELP 2014. Hoy se jubila, por fin, la enfermera que me da siempre tanto trabajo. ¡Ya era hora! Yo misma he sido la que le he subido las cajas para que empiece a guardar todas sus cosas. He tenido que buscar embalajes de …
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				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Relato ganador del Concurso de Relatos del CELP 2014.</p>
<p style="text-align: justify;">Hoy se jubila, por fin, la enfermera que me da siempre tanto trabajo. ¡Ya era hora! Yo misma he sido la que le he subido las cajas para que empiece a guardar todas sus cosas. He tenido que buscar embalajes de los grandes, de esos que vienen para las gasas no estériles o las mascarillas nebulizadoras. La auxiliar de enfermería, La Juana, me ha ayudado a vaciar las que me hacían falta.</p>
<ul style="text-align: justify;">
<li>¿Estás de mudanza?-, me preguntó, apilando un par de paquetes de gasas.</li>
<li>Sí, me tocó la Lotería de Navidad y me mudo a un chalet en el campo-, le contesté, con cara burlona.</li>
</ul>
<p style="text-align: justify;">La Juana me sacó la lengua, y yo le hice un gesto un poco más obsceno. Teníamos confianza, después de tantos años, tantos cafés compartidos, y tantos cigarros fumados en la acera de enfrente del centro de salud, (ya que en la puerta estaba prohibido) cuando las dos aún fumábamos.</p>
<p style="text-align: justify;">Y tantos berrinches, también, mientras lo dejamos juntas.</p>
<ul style="text-align: justify;">
<li>La Loli las necesita, que es su último día. Mañana en vez de ponerse el pijama se pondrá el bañador en la playa.</li>
</ul>
<p style="text-align: justify;">Mi compañera se rió por lo bajo, sabiendo la envidia que me producía. A mí… y a casi todos los del centro, que más de uno en vez de apagar el despertador por la mañana lo estampaba contra la pared, y un día iban a perforar un muro y se barruntaba una desgracia. Para ellos se había inventado ese artilugio que ahora saltaba de la mesilla de noche y empezaba a girar por todo el suelo del dormitorio, con sirenas y luces estridentes, para que tuvieras que salir corriendo detrás de él y apagarlo. Iba a ser el regalo estrella del Día de Reyes. Yo misma había pedido uno, pero seguramente mi marido le pondría una denuncia al Rey Mago que se atreviera a dejarme ese paquete debajo del árbol.</p>
<ul style="text-align: justify;">
<li>La Loli necesita cajas grandes. Tiene de todo en esa consulta.</li>
</ul>
<p style="text-align: justify;">Yo asentí, mientras reforzaba los cartones por debajo con esparadrapo, para que no se abrieran cuando estuvieran llenas. Esa enfermera iba a necesitar los brazos fuertes de varias personas para llevar todo eso hasta su coche… si es que al final se lo llevaba.</p>
<p style="text-align: justify;">Esperaba en verdad que lo hiciera.</p>
<p style="text-align: justify;">Había trabajado en decenas de centros de salud, y jamás encontré un despacho como el de aquella enfermera. Paredes empapeladas con fotografías a las que le había dado demasiado sol antaño, y otras en las que se veían los rostros cada vez más arrugados, pero siempre sonrientes. Había paneles de corcho repartidos donde no había un mueble al que entorpeciera el acceso, llenos de recuerdos de felicitaciones navideñas, invitaciones a bodas y bautizos, incluso varias comuniones. Había fotos de pacientes abrazando pacientes, y pacientes abrazándola a ella.</p>
<p style="text-align: justify;">Tenía también una enorme estantería llena de plaquitas doradas sobre madera labrada, agradeciendo el buen hacer de la profesional que aquel día se jubilaba. Eran difíciles de limpiar las malditas filigranas que tenían, y el óxido se había instalado en ellas por más que me esforzaba en sacarles brillo. Las letras, en algunas de esas placas, habían perdido el color, y había que esforzarse mucho para leer las hendiduras doradas que eran el único testimonio del agradecimiento que se quiso plasmar, ya fuera por el propio paciente o por su familia cuando éste ya no estuvo presente.</p>
<p style="text-align: justify;">Había también una balda de uno de los muebles atestado de recuerdos de lugares de vacaciones. Esos pacientes, que salieron de la isla y que le compraron una bola de nieve con una ciudad en miniatura dentro como si de la Atlántida se tratara, habían quedado decorando la consulta junto con los ceniceros de barro con las letras pintadas de “Estuve aquí y me acordé de ti”,  y los rosarios de las ancianas devotas que vieron a la Virgen en su altar y quisieron agradecerle a la entrañable enfermera sus desvelos. A ella le dedicaban siempre una oración por la noche, al igual que a todos sus nietos y a las vecinas ingresadas cuyo gato se escuchaba maullar por las noches desde el patio de luces.</p>
<p style="text-align: justify;">Libros en otro estante. Muchos.</p>
<p style="text-align: justify;">¡Y lo mal que se limpia el polvo de los cantos!</p>
<p style="text-align: justify;">Ahora que entro en la consulta sin estar ella como tantas tardes al vaciarse el centro, me quedo en la puerta repasando su vida laboral, dejando vagar la vista por sus recuerdos.</p>
<p style="text-align: justify;">¡Qué mal se limpia todo en esta consulta!</p>
<p style="text-align: justify;">¿Dónde irá a meter todo esto en su casa? Espero que tenga un buen trastero, o la habitación de algún hijo emancipado que pueda servir de museo.</p>
<p style="text-align: justify;">Dejo las cajas sobre su mesa, entre una lámpara de sal traída de vete a saber qué sitio, una decena de cajas de bombones de pacientes que no saben cómo agradecerle mejor tantos años de buen hacer, y varias orquídeas de flamantes flores que pretenden ser eternas como el cariño que todos ellos le profesan. Nadie va a volver a reunir tanto cariño en una habitación tan pequeña.</p>
<p style="text-align: justify;">Tras dejar las cajas me dirijo al corcho que está justo al lado de la puerta. La Loli tiene fotos con casi todos los compañeros con los que ha compartido trabajo. No tengo que buscar mucho, puesto que me conozco la consulta como la palma de mi mano, de tantas veces que le he pasado el plumero y el paño mojado. Entre todas ellas encuentro en la que estamos retratadas las tres. La Loli, La Juana y yo, el día que hacía un año de nuestro último cigarrillo.</p>
<p style="text-align: justify;">Fue La Loli la que pasó el mono con nosotras, y la que tuvo que aguantar nuestra mala leche mientras nos embargaban las ganas de escaparnos por la puerta trasera para encender un cigarrillo a escondidas. Fue ella la que, tras varios años de insistencia, nos convenció de que estábamos feas con un pitillo en la boca.</p>
<p style="text-align: justify;">Y la que nos acompañó durante todo el calvario.</p>
<p style="text-align: justify;">La Loli era todo un elemento. La íbamos a echar mucho de menos en el trabajo. Y a envidiar, como decía La Juana, porque dejaba el pijama blanco con cientos de parches cosidos a mano con los nombres de las ciudades que quería visitar&#8230; y que ahora podría, ya que iba a tener tiempo. También tenía una casaca con los nombres de los bebés a los que, en su época de matrona en el hospital, ayudó a traer al mundo. Incluso recordaba una bata a la que había cosido los nombres de las compañeras de promoción que se iban jubilando, y que ella decía que la acompañaban siempre en su buen hacer enfermero.</p>
<p style="text-align: justify;">Imagino que todos sus uniformes, a cada cual más original y significativo, ocuparían ahora un lugar importante en su armario.</p>
<p style="text-align: justify;">Le dejo sobre la mesa, entre tanto bombón y ramo de flores, la cajetilla de tabaco que siempre me quitó de las manos, hace ya muchos años, y que guardo de recuerdo gracias a ella. Se la he rellenado con cigarrillos de chocolate, que sé que adora. Y le he escrito una nota que he pegado sobre el cartel de “Fumar mata”.</p>
<p style="text-align: justify;">“No los chupes, que te pones fea”.</p>
<p style="text-align: justify;">Al cerrar la puerta de la consulta sonrío, pensando en todo el tiempo libre que voy a tener a partir de ahora en el trabajo sin limpiar el polvo de la vida laboral de esa enfermera. Casi tanto… como el que iba a tener La Loli para viajar por esos países de los que sus pacientes le traían bolas de nieve.</p>
<p style="text-align: justify;">Y me apeno por lo mucho que la voy a echar de menos…</p>
<p style="text-align: justify;">Y a envidiar, pero con envidia sana.</p>
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