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	<title>La Pluma de Magela Gracia</title>
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		<title>El sol no es amarillo</title>
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		<pubDate>Fri, 29 May 2015 20:03:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cosas que escribo mientras espero en los semáforos]]></category>
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		<description><![CDATA[<p>Siendo pequeña, una tarde le faltó la cera amarilla para colorear el sol. Tenía ante sí una cuartilla doblada en dos, con una casita de tejado a dos aguas y una enorme chimenea coronando la cima de una colina. Hierba verde salpicada de florecillas, algo que parecía un perro cerca …
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Siendo pequeña, una tarde le faltó la cera amarilla para colorear el sol. Tenía ante sí una cuartilla doblada en dos, con una casita de tejado a dos aguas y una enorme chimenea coronando la cima de una colina. Hierba verde salpicada de florecillas, algo que parecía un perro cerca del camino que llevaba a la casa, y un charco a modo de lago que por la inclinación en el paisaje haría tiempo que se habría quedado sin agua, perdida ladera abajo, completaban el cuadro.</p>
<p>Allí, en medio del blanco que la niña no había pintado en el cielo, esperaba su sitio el sol, de rayos irregulares como si de una mata de pelo mal cortada se tratase.</p>
<p>Ante la cara de desconsuelo de la pequeña su padre cogió entre los dedos la cera de color rojo para que lo pintara, extendiéndosela frente a los ojos. Su hija, extrañada, le dijo que el sol sólo podía ir pintado de amarillo. ¿De qué otro color, si no, iba a poder dibujar algo que siempre brillaba en el cielo de forma tan clara?</p>
<p>&#8211; Cuando seas mayor verás muchas puestas de sol maravillosas, donde el horizonte se teñirá de cualquier color menos de amarillo.</p>
<p>Su padre le sonrió con ternura, y la pequeña aceptó que aquel hombre que nunca le mentía comenzara a rellenar el vacío de la cara del sol de un rojo intenso, al que añadió más tarde algo de azul, y un poco de violeta. Al principio pensó que de esa mezcla, de repente, surgiría el amarillo que tanto ansiaba, pero tras combinar todos los colores que se le ocurrieron en la parte trasera del folio, pudo entender que el amarillo no se creaba, sino que simplemente existía.</p>
<p>Era un color demasiado especial para conseguirlo mezclando ceras&#8230;</p>
<p>Ahora, con cuarenta años, viajaba por el mundo buscando los atardeceres de los que le había hablado su padre. Bahías calmadas en malvas; los rojos ardientes con jirones de nubes enredados en la figura difusa de un sol medio escondido entre montañas; los azules plácidos con los sonidos de las gaviotas de fondo desde una hamaca en una apartada playa; incluso los verdes radiantes escapados de entre las ramas altas de los bosques tropicales, con el vapor de agua ascendiendo delante de su mirada.</p>
<p>Había huido del color amarillo desde que su padre falleció años atrás, decidida a buscar ese atardecer tan especial que coloreó en el papel de su pequeño paraíso. Ahora vivía en una pequeña casita de ladrillo con una enorme chimenea, apuntalada porque el arquitecto le dijo que el tejado a dos aguas no aguantaría el peso, y así había sido. Ella quiso que ampliaran el tiro tanto que a punto estuvo de hundir el techo de teja, bajo la mirada desaprobadora del especialista que se llevaba las manos a la cabeza con cada nuevo ladrillo que se le añadía a la chimenea.</p>
<p>Se había hecho pintora&#8230;</p>
<p>Y en las tiendas especializadas, donde compraba sus pinturas para seguir plasmando atardeceres inolvidables, la conocían como la supersticiosa, ya que cada vez que iba a comprar una caja nueva de pinturas dejaba sobre el mostrador el tubo de color amarillo&#8230;</p>
<p>Ninguno supo nunca que no le hacía falta.</p>
<p>Ella iba buscando atardeceres distintos.</p>
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		<title>Aferrarte la mano.</title>
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		<pubDate>Wed, 20 May 2015 20:13:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cosas que escribo mientras espero en los semáforos]]></category>
		<category><![CDATA[Microrelatos]]></category>
		<category><![CDATA[hija]]></category>
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		<category><![CDATA[microrrelato]]></category>
		<category><![CDATA[muerte]]></category>
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		<category><![CDATA[risa]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Tenía los pechos llenos de leche. Salí corriendo del hospital, tras dos noches sin tocar la acera de la calle. Llevaba todo ese tiempo sin dormir, sentada al lado de mi padre, con su mano entrelazada en la mía y la vista clavada en sus ojos cerrados. Me empeñaba en …
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Tenía los pechos llenos de leche.</p>
<p>Salí corriendo del hospital, tras dos noches sin tocar la acera de la calle. Llevaba todo ese tiempo sin dormir, sentada al lado de mi padre, con su mano entrelazada en la mía y la vista clavada en sus ojos cerrados. Me empeñaba en contar sus respiraciones, cada vez con más segundos entre la que se hacía llamar uno y a la que yo llamaba dos.</p>
<p>Cada vez más escasas&#8230; y superficiales.</p>
<p>Salí corriendo enfadada. Con los pechos dolidos casi tanto como mi alma. Mi bebé me esperaba por fin en el coche, presta a saciarse y a calmar la presión que me tenía en un grito. Tal vez, si el dolor físico desaparecía se mitigaría también el miedo que se había instaurado al ver cómo se apagaba mi padre.</p>
<p>&#8220;No te mueras hasta que no regrese&#8230;&#8221;</p>
<p>Mientras mi hija saciaba su hambre yo derramaba lágrimas amargas. Me repetía que eran sólo unos segundos, que ella lo necesitaba, y yo también. Quería aprovechar para grabar un vídeo con sus risas mientras me tenía cerca, contenta de verme tras los dos días de ausencia. </p>
<p>Mejor que mi padre escuchara carcajadas de su nieta a los gemidos lastimeros de su hija, que se negaba a perderlo&#8230;</p>
<p>&#8220;No te mueras hasta que regrese..&#8221;</p>
<p>Era una orden más que un ruego, porque sabía que mi padre no era de atender suplicas. Su carácter no se lo permitía. Sin embargo, haber sido militar toda su vida había hecho que las palabras duras y tajantes tuvieran mejor efecto en su endurecida sesera.</p>
<p>Quería que escuchara a su nieta, y no se fuera al otro mundo con los oídos llenos de mi llanto amargo.</p>
<p>Pero en vez de obedecer, hizo exactamente lo contrario. Aprovechó para escaparse de mi lado cuando yo no pude aferrarle la mano. Sabía que no lo dejaría ir sin pelearme con él, sin gritar o desesperarme. Aprovechó para desaparecer cuando yo tenía entre mis brazos a mi hija, y me dejó huérfana haciendo lo que tanto le había molestado que hiciera yo&#8230;</p>
<p>Desobedecer&#8230;</p>
<p>Allí me quedé yo, en la puerta de su habitación en cuidados paliativos, resbalando hasta el suelo, con el vídeo de las risas de mi hija guardado en el móvil, entre las manos.</p>
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		<title>La noche más larga</title>
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		<pubDate>Mon, 27 Apr 2015 21:45:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Diario]]></category>
		<category><![CDATA[Microrelatos]]></category>
		<category><![CDATA[diario]]></category>
		<category><![CDATA[hija]]></category>
		<category><![CDATA[lagrimas]]></category>
		<category><![CDATA[noche]]></category>
		<category><![CDATA[sol]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>No quiero cerrar los ojos. Son las tres de la mañana y me estoy agotada. Siento que me abandonan las fuerzas tras las duras horas de parto, pero lo único que me resta es la espera. Si me quedo dormida su vida habrá acabado en un suspiro. En un pestañeo …
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]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>No quiero cerrar los ojos. </p>
<p>Son las tres de la mañana y me estoy agotada. Siento que me abandonan las fuerzas tras las duras horas de parto, pero lo único que me resta es la espera. Si me quedo dormida su vida habrá acabado en un suspiro.</p>
<p>En un pestañeo de mis párpados, en un tiempo que no podré recordar luego…</p>
<p>No quiero quedarme dormida porque son los únicos minutos que le quedan a ella. Si no los vivo será como si mi hija no hubiera existido, como si fuera el pasaje de un mal sueño que hizo que engordara durante nueve meses para conducirme a la cruel realidad de su vacío. Y quiero recordarla, aunque a penas viera su carita un instante antes de perderla. No podría soportar el hecho de no estar al menos consciente en sus únicos momentos de vida.</p>
<p>Me han dicho que no hay nada que hacer por ella…</p>
<p>Por eso escribo ahora, a las tres de la mañana, cuando la cuidad duerme y la planta está en calma salvo por las constantes llamadas de teléfono que arrancan gritos de mi garganta en la soledad de mi cama, pensando que en una de ellas llegará el aviso que anuncie el fatal desenlace.</p>
<p>Por eso escribo ahora, esperando que sea mi noche más larga, y que la mañana traiga esa esperanza que todo el mundo se ha empeñado en arrebatarme. Mi noche más larga… porque es la única que le han pronosticado.</p>
<p>Lloraré luego.</p>
<p>Tal vez, incluso, muera de llanto.</p>
<p>De lo que estoy segura es que me volveré loca escuchando sonar el puto teléfono.</p>
<p>Ahora no puedo permitirme las lágrimas. Si lo hago ahora sé que emborronaré las palabras, y son las únicas que me acompañan mientras me falta su cuerpo pegado a mi piel… mientras su vida, en otra parte del hospital, se me escapa. </p>
<p>Estas páginas de diario han de perdurar conmigo junto con mi amargura, recordándome mi noche más larga, esa a la que con uñas rotas me aferro. Páginas con las que intentar encontrar la cordura cada vez que amanezca un nuevo día, recordándome que mi pequeña me ha abandonado.</p>
<p>Al salir el sol, maldito y odiado por siempre a partir de mañana, encontraré un momento para derramar mis lágrimas.</p>
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		<title>Palabras</title>
		<link>http://magelagracia.com/pluma/palabras/</link>
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		<pubDate>Fri, 24 Apr 2015 20:44:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[consulta]]></category>
		<category><![CDATA[enfermera]]></category>
		<category><![CDATA[hija]]></category>
		<category><![CDATA[madre]]></category>
		<category><![CDATA[memoria]]></category>
		<category><![CDATA[palabras]]></category>
		<category><![CDATA[pregunta]]></category>
		<category><![CDATA[test]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>No dice ni una palabra. Anda perdida, y no sólo porque no sepa dónde está. Su mente hace mucho tiempo que dejó de acompañarla en el camino por el que avanzan sus pasos, pero aún no es una certeza porque nunca he podido comprobarlo. En sus anteriores visitas se las …
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				<content:encoded><![CDATA[<p>No dice ni una palabra.</p>
<p>Anda perdida, y no sólo porque no sepa dónde está. Su mente hace mucho tiempo que dejó de acompañarla en el camino por el que avanzan sus pasos, pero aún no es una certeza porque nunca he podido comprobarlo. En sus anteriores visitas se las ha arreglado para burlar los tests, aunque creo que hoy le va a ser imposible hacerlo. Su mirada la delata; sus ojos no me miran, y si lo hacen a veces es porque, en su vagar por la consulta, se cruzan espontáneamente con los míos.</p>
<p>Y, a pesar de todo, se la ve muy entera…</p>
<p>Su hija está sentada a su lado. Hoy lleva escrito en el rostro las palabras que siempre me ha verbalizado. Cansancio, desesperación… Sobre todo miedo. Su madre ha ido dejando de ser la señora que era para convertirse en una extraña que apenas si la reconoce. Y, lo peor de todo, que se empeña en llegar cada mes a su cita conmigo y recuperar el mínimo de memoria para responder con gracia las preguntas que le hago. A veces pienso que esas respuestas las memorizó hace años por terror a que la olvidaran en un asilo, y que invierte las horas muertas en casa frente a la ventana en repetirlas una y otra vez.</p>
<p>Se empeña en no ser declarada incapaz. Tal vez es lo único por lo que derrama aún alguna lágrima.</p>
<p>-No me reconoce. Se pasa los días sentada mirando la calle desde el segundo piso. Tengo que recordarle que coma, que vaya al baño, que se acueste a dormir. A veces creo hasta que le hace falta que le diga cuando respirar… ¡No puedo más!</p>
<p>Y aquí está, maquillada y peinada de peluquería, con un camafeo adornando un pañuelo en el cuello, como si la cosa no fuera con ella. Se prepara durante treinta días para su cita, para salir victoriosa, para que no le despoje de lo único que le importa. Tiene que parecer digna al menos un ratito al mes.</p>
<p>-¡Qué pena!- pienso, mientras repito metódicamente las preguntas que el ordenador me va indicando, mientras ella, muy tiesa en la silla, hace las conexiones necesarias en su cabeza para volver a la consulta de dónde quiera que se encontrara y clavar los ojos en mí. Me ve por vez primera aquel día.</p>
<p>No falla ninguna pregunta.</p>
<p>Su hija se echa las manos a la cara y comienza a llorar, desolada. Sólo dentro de aquellas cuatro paredes es capaz de recordar su nombre y que es la mujer que la parió entre horribles dolores. Me duele tanto como a ella, que la abraza y le pregunta por el motivo de su llanto. Una madre consolando a su hija, como si no existiera motivo para preocuparse. “Todo está bien, mamá está aquí contigo”.</p>
<p>Decido, a la desesperada, inventarme una pregunta nueva que introducir en la dinámica. Si es verdad que se aferra a las respuestas que se sabe de memoria cambiarle algo tan sencillo hará que falle.</p>
<p>-¿Puedes repetir estas palabras? Astronauta, Jesús Hermida, Maspalomas, Lauren Bacall-. Las enumero según me vienen a la mente, tras recordar un reportaje que me tuvo en vela la noche anterior delante de la tele, con una manta sobre el regazo, sin imaginar que la cadencia de palabras de ese periodista harían que lo nombrara en mi consulta al día siguiente.</p>
<p>Le tiembla el labio, me mira con pena, y mientras me disculpo en silencio por habérsela jugado ella, también en silencio, comienza a llorar.</p>
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		<title>Y ya tengo hasta canas&#8230;</title>
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		<pubDate>Wed, 21 Jan 2015 22:14:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[La Pluma de Magela Gracia]]></category>
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		<category><![CDATA[enfermería]]></category>
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		<description><![CDATA[<p>De pie, tras la alumna, intento concentrarme en lo que está haciendo. Es la primera vez que ponen una estudiante a mi cargo, y lo cierto es que me ha impuesto algo de respeto. “Un poco no, no seas mentirosa. Te has asustado”. Y me he sentido vieja… Si el …
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				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">De pie, tras la alumna, intento concentrarme en lo que está haciendo. Es la primera vez que ponen una estudiante a mi cargo, y lo cierto es que me ha impuesto algo de respeto.</p>
<p style="text-align: justify;">“Un poco no, no seas mentirosa. Te has asustado”.</p>
<p style="text-align: justify;">Y me he sentido vieja…</p>
<p style="text-align: justify;">Si el ánimo fuera otro probablemente me habría sentido henchida de orgullo por los galones ganados después de tanto tiempo. Sin plaza fija, eso sí. Pero con los años de experiencia del trabajo realizado, las amistades ganadas entre los compañeros que comparten alegrías y penas en los diferentes servicios, y el corazón lleno de recuerdos esos los pacientes que nos van marcando, y dejan ese pedacito de ellos cuando ya no nos necesitan… o cuando nos abandonan. Pero a las ocho de la mañana de un lunes cualquiera el ánimo no está muy por las nubes… y hay ocasiones en las que te sientes cansada.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Cómo iba a ser de otro modo, si cuando ha sonado el despertador esta mañana creo que no había dormido ni tres horas? Es lo que ocurre cuando eres madre además de enfermera, que si una hija empieza con fiebre dedicas todo tu buen hacer, tus mimos y conocimientos a aliviar el malestar de la pequeña. Cualquier madre lo haría&#8230; Y no poder llevarla al colegio ya te descuadra todo el día. ¿Qué hago con ella? Me imagino llegando al centro de salud a las ocho, con la pequeña vestida con su pijama rosa y su ranita de peluche, saludando a los compañeros de urgencias que tienen las mismas ojeras que yo, deseando marcharse.</p>
<p style="text-align: justify;">Menos mal que existen las benditas abuelas. Esas madres que ejercieron de enfermeras antes de que una pensara siquiera en estudiar esa carrera, y que ahora, por los agobios y las prisas, muchas veces saludamos menos de lo que deseamos. Siempre están ahí, dispuestas a ayudarnos, a seguir siendo más que madres y abuelas, haciendo lo que toda mujer ha hecho desde que el hombre tiene memoria. La pequeña se quedó con su rana verde y sus zapatillas de andar por casa, envuelta en el abrazo de mi madre, y yo salí corriendo para no llegar tarde al trabajo, que los lunes por la mañana me toca laboratorio, y la puerta hay que abrirla en hora.</p>
<p style="text-align: justify;">Y aquí estoy ahora, con la mirada en algo que hacía tiempo que no hacía: concentrarme en seguir los pasos para realizar una buena extracción sanguínea. Después de tantos años, y tantas venas pinchadas, hay técnicas que dejaron de requerir toda la atención. Mis compañeras de laboratorio lo saben. Hay lunes que no dejo de sonreír y charlas con los pacientes, animosa y risueña, como si nada en el mundo me hubiera hecho nunca daño. Esos días me gusta molestar a las otras enfermeras, gastarles bromas, preguntarles por su fin de semana y tranquilizar al paciente con la mejor de mis sonrisas. Pero también hay días en los que la mirada no puede sonreír, por más que lo finjan los labios…</p>
<p style="text-align: justify;">Por suerte, una vez estás en el trabajo, tus problemas suelen quedar a un lado, un ratito al menos, y te centras en la agenda que tienes delante, y en las personas que tienen que sentarse en la silla que espera vacía tras la mesa.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero hoy… no puedo evitarlo. Me siento vieja.</p>
<p style="text-align: justify;">Horas sin dormir, la ropa elegida de cualquier forma esta mañana para poder llegar a tiempo, y apenas una raya en el ojo mal pintada a la carrera en un semáforo para tratar de disimular el mal rostro. Estoy cansada, y me pesan un poco más los años.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero allí está mi alumna, que acaba de quitarle el capuchón a la aguja con la que pinchará su primera vena. Se la ve nerviosa, y hasta parece que le tiembla un poco la mano mientras palpa con los dedos de la otra, tratando de elegir correctamente la que quiere canalizar. Mira al paciente, y yo también lo hago. Es de esos ancianos entrañables, con la piel endurecida tras tantas horas trabajando la tierra con el sol a las espaldas. Tiene las manos duras y la frente llena de arrugas. Pero aunque sea lunes, demasiado temprano para haber salido de casa sin el perrillo al que pasea todas las mañanas, y tenga a una alumna temblorosa delante, la mira de forma entrañable. Es como si observara a una hija que coge por vez primera la bicicleta sin los ruedines, y estuviera temiendo tener que ir a recogerla del suelo y curar sus heridas. Teme por la desilusión de ella si no lo consigue, no por el daño del pinchazo que pueda hacerle.</p>
<p style="text-align: justify;">Todavía quedan personas así.</p>
<p style="text-align: justify;">Entonces… ¿por qué ando yo tan preocupada? ¿Porque mi hija tuvo una mala noche, y está a cargo de la mujer que más la quiere en el mundo, después de mí? ¿Porque tengo más licencias firmadas de vacaciones en el archivador de las que puedo contar sin los tres cafés de la mañana? ¿Porque la cama de madrugada volvía a estar ocupada sólo por el cuerpecillo de mi hija y el mío, esperando a que la otra almohada acogiera una cabeza masculina? ¿Porque la alumna es la primera vez que tiene una aguja en la mano, y anda asustada? ¿Porque es la primera vez que tengo a cargo una estudiante, y me siento más responsable que de costumbre?</p>
<p style="text-align: justify;">Y, entonces, el paciente me mira y sonríe. De pronto esa conexión hace que no importe nada más. Sus ojeras me dicen que lleva muchas malas noches en su vida, y que las mías a su lado se quedan en un ratillo sin sueño. Que ha pasado por muchas enfermedades de sus hijos, y que al final siempre han vuelto al colegio a los dos o tres días. Que ahora son ellos los que cuidan de sus achaques, y que son los nietos los que se vienen a arrancarle las sonrisas con sus muñecos de trapo y sus tiritas en las rodillas. Y que hace años que la almohada del otro lado de la cama se quedó vacía, tras una larga enfermedad de su esposa, y una corta estancia en una pequeña habitación de cuidados paliativos.</p>
<p style="text-align: justify;">Ha tenido tantos lunes malos…</p>
<p style="text-align: justify;">Y mientras le devuelvo la sonrisa y dejo de contar las arrugas de sus ojos, la alumna usa por vez primera la aguja, y consigo soltar el aire que contenían mis pulmones en un liberador suspiro. Mi mano se posa en su hombro, dando el apoyo que sé que necita, reconfortándola tras su instante de terror… y el mío. Su corazón de novata se hincha de orgullo. Aquel señor que nada tenía que temerle a una aguja sigue hablando con la alumna como si estuvieran tomándose un café en una terraza al lado de la playa. Y por fin soy capaz de integrarme en las bromas de la mañana, sabiendo que mi hija está bien, que el mundo sigue igual que siempre.</p>
<p style="text-align: justify;">Mi pequeña está siendo cuidada por una mujer mucho más veterana que yo. Esa que enterró tantas veces la nariz en el pliegue de mi cuello cuando no era sino un bebé, embriagándose con el olor de mi piel de recién nacida. Esa que se echó a llorar cuando mi garganta le regaló mi llanto en la primera bocanada de aire, erizándole una piel que aún no se ha recuperado. Esa que grabó la imagen mía de bebé en sus retinas, y que me sigue viendo de la misma forma, aunque empiece a tener canas. Esa madre que cuando me tuvo en su pecho agarró mi mano y contó mis dedos, porque necesitaba saber que yo estaba entera. Mi madre… que contó también los deditos de mi hija con lágrimas en los ojos, sin saber muy bien como había sido que yo hubiera dejado de tener el mismo tamaño que el bebé que ahora acunaban sus brazos.</p>
<p style="text-align: justify;">Mi hija estaba bien. El trabajo estaba bien. La alumna estaba bien.</p>
<p style="text-align: justify;">Y el señor con el corazón más grande que el pecho luce espléndido. Sabe que ha ayudado a formar a una nueva enfermera, que ayudará a personas como su esposa, aunque sólo sea haciendo compañía, cogiendo su mano, y no perdiendo la sonrisa.</p>
<p style="text-align: justify;">Una mirada y una curvatura en los labios. ¡Qué importante podía ser eso!</p>
<p style="text-align: justify;">El mundo seguía bien porque nos empeñábamos en no perder la sonrisa un nefasto lunes por la mañana.</p>
<p style="text-align: justify;">Por más canas que me salgan siempre se me parará el corazón en ese preciso instante en el que me digan que tengo que supervisar a una alumna. Por más días que pasen por mis cuadrantes indescifrables para el común de los mortales, siempre tendré en la mente a aquella estudiante que fui hace ya mil años, que no sabía si la tutora le echaría la bronca por querer ponerse unos calcetines de colores como había visto que llevaban las veteranas enfermeras en planta. Y que cuando se graduó recibió de su padre el primer fonendoscopio, que aunque ahora apenas uso, no dejo nunca lejos de mi vista.</p>
<p style="text-align: justify;">Porque siempre se puede despertar mi hija a las tres de la mañana, necesitando unas manos que la mimen, unos ojos que la miren… y mis oídos, deseando escuchar su respiración acompasada, o sus canciones infantiles. Que a ella siempre la gusta estar con el fonendo puesto en sus pequeñas orejas; cantando flojito a la campana, escuchando su voz y los latidos de su corazón para entretenerse, mientras la fiebre baja…</p>
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