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	<title>La Pluma de Magela Gracia</title>
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		<title>Casita de muñecas</title>
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		<pubDate>Mon, 29 Feb 2016 22:10:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela]]></dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>Las descubrí una tarde al inicio de mi turno en la habitación de una de mis pacientes más jóvenes. Joven, pero no tanto como para estar jugando a las casitas. Tres amigas sentadas a los pies de la cama articulada, con un tablero de madera entre ellas y la muchacha …
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Las descubrí una tarde al inicio de mi turno en la habitación de una de mis pacientes más jóvenes.</p>
<p>Joven, pero no tanto como para estar jugando a las casitas.</p>
<p>Tres amigas sentadas a los pies de la cama articulada, con un tablero de madera entre ellas y la muchacha que se quedaba por las noches ocupando la habitación cuando se acababan las visitas. Con la edad suficiente para pintarse los labios a escondidas de los padres pero sin la destreza de saber calzarse unos tacones de aguja.</p>
<p>O, más bien, saber mantener el equilibrio sobre ellos.</p>
<p>La más pálida, con la cabeza rapada y ojeras avejentando su rostro, se reía con toda la fuerza de la que era capaz mientras sus amigas movían las pequeñas muñecas de una estancia a otra dentro de la casita de madera. Ella también tenía una muñeca entre los dedos, con un bonito cabello dorado igual al que había lucido hasta hacía sólo un par de meses. Apenas si participaba en el juego de las otras, pero no dejaba de sonreír mientras mantenían diálogos alocados, daban besos a escondidas a muñecos masculinos y conducían coches descapotables por las sendas que dibujaban las arrugas de la colcha de la cama.</p>
<p>Por la noche, cuando la habitación se quedaba a oscuras y sólo se escuchaba el leve siseo del oxígeno llegando hasta su nariz a través del tubo que le rodeaba la cabeza, la casita de muñecas descansaba a los pies de la cama, envuelta en sombras. A mí, que el trabajar de noche me había concedido una especie de don para ver las cosas que se escondían en lo negro de la noche, me dio por observar la casita y a sus habitantes mientras ella dormía. Cuatro habitaciones, cuatro muñecas con los cabellos encrespados –como se les quedaban tras haber sido el juguete preferido de niñas de cinco años- y cuatro coches en la puerta, en plazas de aparcamiento dibujadas sobre el tablero de madera. Cada uno de aquellos rectángulos, dibujado a tiza, tenía en su parte inferior un nombre.</p>
<p>El de mi paciente estaba en uno de ellos.</p>
<p>La casita volvía a los pies de la cama cada vez que regresaban las amigas de mi paciente, y luego al suelo cuando ella dormía.</p>
<p>Ninguna de las cuatro pasaba de los quince años.</p>
<p>Una tarde, cuando la última de las chicas abandonaba la habitación para reunirse en la entrada del hospital con sus padres, me atreví a preguntarle sobre el extraño misterio de la casita. En la edad que tenían cada una de ellas a nadie se le podía pasar por la cabeza que en verdad se divirtieran con un juego tan infantil. El rostro de la muchacha se tiñó de tristeza, y apoyándose contra la pared del pasillo, orientó la vista hasta el suelo brillante e impoluto. Cuando terminó de contarme la historia sus ojos estaban enrojecidos y en la maño llevaba un pañuelo de papel que le había secado en varias ocasiones las lágrimas de los ojos. Llamó al ascensor, me dedicó una escueta sonrisa, y dejó que se la tragaran las puertas metálicas al cerrarse.</p>
<p>Aquella noche, cuando la oscuridad envolvía nuevamente todo en el dormitorio de la joven y yo había terminado mi turno, entré con cuidado a mirar la casita de muñecas.</p>
<p>Las cuatro amigas se conocían desde pequeñas. Habían hecho castillos en la arena de las diversas playas que habían frecuentado en vacaciones y habían recorrido miles de caminos de tierra montadas en bicicletas. Cuando un día hablaron de lo que sería de ellas siendo adultas ninguna supo decir a lo que iban a dedicarse el resto de sus vidas. Lo que sí tenían muy claro era que acabarían viviendo juntas, tal vez en la época universitaria o tras conseguir el primer trabajo. Una casa de alquiler con cuatro habitaciones se convertiría en su refugio, se turnarían para cocinar y hacer la compra, y tendrían un perro labrador al que llamarían Max.</p>
<p>Se enamorarían, cenarían las cuatro con sus parejas alrededor de una enorme mesa redonda y tendrían que comprar un sofá más grande para poder ver los partidos de fútbol en la tele.</p>
<p>No tenían claro lo que estudiaría, pero estaban seguras de que pasarían muchos años bajo el mismo techo.</p>
<p>Cuando una de ellas enfermó gravemente temieron que sus planes fueran a desmoronarse. Mi paciente, una tarde lluviosa, en la que el cabello se le caía a mechones y las nauseas eran tan intensas que apenas si lograba retener en la boca alguna pastilla de goma, dejó caer el comentario de que tal vez la casa que alquilaran sólo tendría que tener tres habitaciones.</p>
<p>Ninguna encontró las fuerzas para rebatirle lo que parecía que alguna vez había pasado por la mente de todas ellas.</p>
<p>Agacharon la cabeza, cerraron los ojos, y escucharon el repiquetear de la lluvia contra el cristal de la ventana.</p>
<p>Pero al día siguiente allí estaba la casita, con sus cuatro dormitorios. Si la mala suerte las iba a privar de las noches de helado de chocolate delante del televisor viendo Dirty Dancing y las disputas sobre a quién le tocaba bajar ese día la basura, nadie podría negarles que un par de muñecas de madera se sacaran el carnet de conducir, encontraran el primer trabajo y se fueran a la cama tarde tras leerse de una sentada la última novela de una conocida escritora de historias románticas.</p>
<p>Tomé entre los dedos la muñequita de cabellos encrespados y sonreí mientras recordaba las palabras de su amiga.</p>
<p>En la cama articulada… mi paciente dormía.</p>
<ul>
<li>Hay tres Playmobil que le han pedido salir, pero ella está convencida de que acabará enamorándose de un ingeniero, y que aún le queda tiempo…</li>
</ul>
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		<title>Noches de Guardia</title>
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		<pubDate>Sun, 20 Dec 2015 17:53:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[La Pluma de Magela Gracia]]></category>
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		<category><![CDATA[enfermera]]></category>
		<category><![CDATA[guardia]]></category>
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		<category><![CDATA[oposiciones]]></category>
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		<category><![CDATA[turno]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Relato premiado en el concurso de Cuento y Relato Corto del CELP 2015. Tercer premio. &#160; &#8211; ¡Ah, no! ¡Hija, no! Que ya me cuesta Dios y ayuda descolgar el móvil desde que no hay botones ni teclado. Eva sonrió a su compañera de turno, Ana, y le tomó el …
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]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Relato premiado en el concurso de Cuento y Relato Corto del CELP 2015. Tercer premio.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&#8211; ¡Ah, no! ¡Hija, no! Que ya me cuesta Dios y ayuda descolgar el móvil desde que no hay botones ni teclado.</p>
<p>Eva sonrió a su compañera de turno, Ana, y le tomó el teléfono de las manos para echarle un vistazo. Eran las tres de la mañana, la planta dormía plácidamente y Ana acababa de sacar la aguja de ganchillo para ponerse a hacer unos calcetines a su nieto recién nacido. Era enfermera, de las que llevaban casi toda la vida atendiendo a los pacientes en el servicio de cardiología, y aunque la mayoría de sus compañeras veteranas habían colgado los zuecos de colores para trasladarse a la tranquilidad de un centro de salud sin turnos de noche, ella siempre decía que el día que se retirara lo haría allí mismo, entre electrocardiogramas y cateterismos.</p>
<p>Contaba ya con sesenta y dos años en las arrugas que le surcaban el rostro, amable y sencillo, de los de abuela entrañable que pasaba las tardes cuidando a los nietos en el parque. Aquellos patucos de color azul eran los cuartos que le veía confeccionar Eva desde que eran compañeras de guardia, ya que sus hijas se habían puesto todas de acuerdo para hacerla abuela en poco menos de dos años.</p>
<p>&#8211; Si es muy sencillo de manejar. Espera que te explico -le comentó ella, mostrándole la pantalla del móvil.</p>
<p>&#8211; ¿Sabes lo que me costó entender que ese signo del teléfono en la parte de arriba era un mensaje del “<em>guasam</em>”? Mis hijas son las que se han empeñado en ponerme eso del “<em>internete</em>” en el móvil. Y ahora casi no sé ni descolgar cuando me llaman. ¡Para mandarme fotos de los niños! ¿Y por qué no me las dan para ponerlas en un marco de toda la vida?</p>
<p>&#8211; Porque ahora ya eso no se usa, y se almacenan las fotos en la memoria del móvil. Mira, aquí tienes las fotos, en este cuadradito de aquí -le dijo Eva, pulsándolo para desplegar las carpetas-. ¡Qué nietos tan guapos tienes! Este se parece todito a ti, Ana.</p>
<p>A la enfermera se le caía la baba con sus nietos, pero por suerte siempre había alguien a su lado para hacerle el gesto de recogérsela con una servilleta. Lo cierto era que se iban acumulando fotografías en su teléfono y casi nunca lograba verlas. Agradecía la ayuda de sus compañeras en esos momentos de tranquilidad en la planta, cuando no sonaba ni una sola alarma de bombas de perfusión, timbres pidiendo un chato, o la llegada de algún ingreso desde urgencias.</p>
<p>Su hija le había dado la fecha del bautizo de su último nieto, y la pobre no había podido elegir peor día para hacerlo pasar por la pila bautismal y hacerlo llorar con el agua bendita.</p>
<p>El examen de las oposiciones de enfermería era esa misma tarde.</p>
<p>Llevaba una semana buscando una compañera que pudiera hacerle el cambio de turno, ya que le tocaba trabajar en el hospital. La supervisora le había dicho que por necesidades del servicio no podía darle el día libre, ya que más del sesenta por ciento de la plantilla de la unidad de cardiología se examinaba aquel mismo día.</p>
<p>Todas le habían dicho lo mismo.</p>
<p>Que no podían&#8230;</p>
<p>&#8211; Eso lo solucionamos en un momento -le había contestado Eva, muy resuelta. Ella era una de las que tenía que presentarse al examen, por lo que aunque le hubiera hecho el cambio a su compañera de mil amores no había podido firmarlo-. Te metemos en el grupo de whatsapp de la planta y ya verás como en un momento encontramos a alguna que pueda hacerte la tarde.</p>
<p>&#8211; Eso del grupo&#8230; ¿de qué va? -preguntó, mientras seguía haciendo calceta. Estaba segura de haber terminado para cuando tuviera que ponerse a administrar la medicación de las seis de la mañana.</p>
<p>&#8211; Estamos todas las enfermeras dentro -le explicó Eva. Es como hablar con una de tus hijas, pero con todas a la vez. Tú escribes un mensaje y lo reciben todas las que están en el grupo, y luego todas pueden responderte.</p>
<p>&#8211; ¡Estás tú buena! ¡Cómo que yo voy a ser capaz de leer los mensajes de tanta gente cuando no soy capaz de escribirle un hola a mi hija por la mañana!</p>
<p>&#8211; Yo te escribo el mensaje, tranquila, y vamos viendo lo que contestan.</p>
<p>Eva añadió al grupo “Enfermeras con corazón” a Ana en un momento, y desde su móvil escribió un corto mensaje para todas las compañeras.</p>
<p>&#8211; A ver qué te parece. “Hola, chicas. Necesito vuestra ayuda. El maldito día del examen es el bautizo de mi nieto y necesito cambiar el turno de la tarde. ¿Alguna puede hacerlo?”</p>
<p>&#8211; Casi todas han dicho que no&#8230; Me voy a tener que poner “<em>muy malita</em>” ese día -bromeó Ana, sabiendo que haría una enorme faena a la supervisora de guardia si ese día le daba por ponerse con una gastroenteritis de lo más extraña.</p>
<p>&#8211; ¿Cuántas son “casi todas”?</p>
<p>&#8211; Lourdes, Victoria, Juani y Fefilla.</p>
<p>La enfermera suspiró aliviada. En el grupo de “<em>Enfermeras con corazón</em>” había treinta y seis enfermeras, treinta y cinco hasta hacía cinco minutos.</p>
<p>&#8211; Le doy a enviar, ¿vale? A ver qué nos dicen.</p>
<p>&#8211; ¿Y quién va a contestar a esta hora, mujer? -se burló Ana, siguiendo con las puntadas de sus patucos azules. Se había puesto las gafas en la punta de la nariz y se veían en precario equilibrio cada vez que se apartaba el flequillo de delante de los ojos.</p>
<p>&#8211; Es sábado. Seguro que hay más de una despierta -respondió, cogiendo el mando del televisor y pulsando el botón rojo, mientras alzaba una plegaria silenciosa esperando encontrar algo que mereciera la pena.</p>
<p>Quince canales zapeando más tarde se desengañó. A esa hora sólo había programas de adivinación, y alguno que otro donde se jugaba a completar la palabra C_SA, con la pista de que era un lugar donde se dormía y que había que pagarla con una hipoteca. La mitad de la gente que había llamado habían respondido “COSA”, por lo que le quedaba bastante claro que se acercaba el día del juicio final.</p>
<p>“<em>Nos merecemos la extinción</em>”</p>
<p>&#8211; Llama a una de esas que te echan las cartas y pregúntale cómo he de montármelo para no venir a trabajar esa tarde. Tal vez tenga la respuesta y nosotras estamos aquí como tontas mandando mensajes a enfermeras durmientes.</p>
<p>&#8211; ¿Y no prefieres que llame al programa de “La Palabra Oculta” y diga que la palabra que se paga con una hipoteca es una “CESA”?- se río ella-. Pues que sepas que han contestado cinco, desconfiada -respondió, desbloqueando la pantalla de su móvil.</p>
<p>&#8211; ¡Cinco! ¿La gente no duerme?</p>
<p>&#8211; Bea dice que no puede, que se examina&#8230;</p>
<p>&#8211; Dile a esa muchacha que deje los apuntes a un lado y se vaya a la cama ahora mismo. A las tres de la mañana el cerebro no da para retener nada.</p>
<p>&#8211; Y Lucía dice que la supervisora le ha pedido que esté disponible porque necesita cubrir a varias enfermeras en otra planta.</p>
<p>&#8211; ¿Qué hace Lucía despierta? Hazme el favor y escribe esto: “<em>A dormir, golfa. Que desde que te has separado no pasas un fin de semana en tu cama”</em></p>
<p>&#8211; Díselo tú, espera que te pongo a funcionar la grabadora.</p>
<p>Y ahí se puso a gritarle Ana a la pantalla del móvil, llamando golfa a su compañera de planta, como si por hablar más alto le fuera a llegar mejor la información a la susodicha. Cuando terminó de despotricar y de decirle que los hombres de hoy en día no servían para nada y que mejor se comprara un perro, se recostó en el sillón, riéndose a carcajada limpia.</p>
<p>&#8211; ¡Va a estar divertido esto del grupo de “<em>guasam</em>”.</p>
<p>&#8211; ¿Quieres que te instale una aplicación para cuadrar los turnos de la plata? Es muy sencilla de usar y te suenan alarmas&#8230;</p>
<p>&#8211; Ya tengo bastantes alarmas con las de las habitaciones de los pacientes, jovencita. No me metas ni una cosa más en ese móvil, que un día lo tiro a la basura.</p>
<p>Y diciendo eso sacó de su bolsillo el típico calendario que repartían todos los años los chicos de los sindicatos, relleno a bolígrafo rojo. No estaba sindicada con nadie, pero siempre conseguía que uno le hiciera el regalo, alegando que “<em>a su edad debía tener más respeto por las canas de las enfermeras que habían dejado más sudor en esa planta que él en el gimnasio</em>”</p>
<p>Era imposible negarle una sonrisa a Ana&#8230;</p>
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		<title>Cuando nadie te llama&#8230;</title>
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		<pubDate>Sun, 08 Feb 2015 19:29:53 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[La Pluma de Magela Gracia]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[llamada]]></category>
		<category><![CDATA[madrugada]]></category>
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		<description><![CDATA[<p>La describiría si la viera, pero solamente puedo imaginarla. La oscuridad me ciega a la hora de hacer el esfuerzo, e intuyo líneas difusas que poco pueden aportar para satisfacer mis dudas. Se perfila su cabello revuelto sobre la blancura de un forro de almohada, desmadejado por el sueño que …
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				<content:encoded><![CDATA[<p>La describiría si la viera, pero solamente puedo imaginarla. La oscuridad me ciega a la hora de hacer el esfuerzo, e intuyo líneas difusas que poco pueden aportar para satisfacer mis dudas. Se perfila su cabello revuelto sobre la blancura de un forro de almohada, desmadejado por el sueño que agitaba hace pocos instantes su cabeza. Una mancha de rímel en su rostro, y en la tela, da constancia de las lágrimas previas al descanso; y una mano, saliendo bajo las mantas, se aferra, con la necesidad producida por la pesadilla, a cualquier trozo de tela que pueda enredar en sus dedos. Supongo que su rictus anda alterado, pero sólo puedo escucharla gemir en sueños.</p>
<p>No sé cómo se llama porque nunca se lo he preguntado, pero pongamos que alguien la llama, en susurros, María…</p>
<p>Si el sueño fuera reparador el timbre del teléfono la habría asustado. Pero cuando son las pesadillas las que acompañan la mente en el momento del descanso cualquier interrupción es bien recibida. Su mano se relaja mientras el teléfono sigue sonando, rasgando el silencio que pugnaba con los gemidos de la chica por prevalecer en la alcoba cerrada.</p>
<p>Pero, a pesar de que se despereza y abre los ojos, y se estira bajo las ropas de la cama, deja que la llamada se extinga sin tratar de descolgar el teléfono. Sabe perfectamente que es una equivocación. No tiene a nadie que pueda llamarla, ni por la tarde, a la hora del té, ni por la noche, a las tres de la mañana…</p>
<p>Y da gracias al desconocido interlocutor, en silencio, porque ha ahuyentado a sus fantasmas.</p>
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		<title>Cruces de espigas</title>
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		<pubDate>Mon, 26 Jan 2015 11:27:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[cruces]]></category>
		<category><![CDATA[espigas]]></category>
		<category><![CDATA[relato]]></category>
		<category><![CDATA[sangre]]></category>
		<category><![CDATA[suicidio]]></category>
		<category><![CDATA[trigo]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Su cuerpo se balanceó levemente hacia tras, y sus pies dejaron de sostenerle. Las doradas espigas le rozaron las mejillas, depositando entre su pelo los tesoros que escondían en su seno. Era una caída infinita, y sin embargo, no duró más que unos insignificantes segundos. Lo difícil llegaría después de …
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Su cuerpo se balanceó levemente hacia tras, y sus pies dejaron de sostenerle. Las doradas espigas le rozaron las mejillas, depositando entre su pelo los tesoros que escondían en su seno. Era una caída infinita, y sin embargo, no duró más que unos insignificantes segundos. Lo difícil llegaría después de que su cuerpo descansara en el suelo…</p>
<p>La espera.</p>
<p>Las espigas le acariciaron la espalda con dulzura; algunas intentaron no ceder ante su peso y no perder la compostura, con la intención de no permitir la desaparición de una vida entre sus hojas secas. Un alma, tal vez, enredada entre ellas y castigada sin el descanso prometido. No querían ser carceleras de los sueños rotos, de los suspiros ahogados. Pero era inútil resistirse, y el cuerpo caía…</p>
<p>Las doradas corazas que protegían el trigo volaron sobre su cabeza, produciendo difuminadas sombras sobre el rostro masculino al ocultar los últimos rayos del sol. Y al fin su espalda reposó sobre la fría y húmeda tierra, cubierta por un lecho de pesarosas espigas que se habían tenido que resignar y aceptar la muerte entre sus tallos.</p>
<p>Lo duro sería la espera…</p>
<p>Y allí permanecería él, un inútil cuerpo dibujado por el resplandor de los altos tallos, perdido bajo la inmensidad de un cielo que se teñía con los crepusculares rojizos de la sangre, la misma que salpicaría todo a su alrededor después de la espera. Un marco de grana y oro para sus miembros mutilados.</p>
<p>Cuando el sol, invitado por el amanecer, invadiera el firmamento en la nueva jornada, las cuchillas afiladas del acero de una máquina segarían su vida, al igual que lo harían con las espigas que ahora le daban cobijo.</p>
<p>Y nadie le vería morir.</p>
<p>Los únicos testigos serían las que compartirían con él la intimidad de su último suspiro, tal vez desgarrado por el dolor si la muerte lo encontraba despierto, o su último pensamiento o sueño… si  no despertaba antes de volver a morir.</p>
<p>Los únicos testigos serían también las sedientas cuchillas que calmarían la sed con su sangre, cubriéndose de matices rojizos tras despedazar su cuerpo. Cuchillas enterradas en su carne ávidas por morderla. ¡Cómo deseaba aquella unión! Sería poseído por el acero, se entregaría a él por un breve instante, y luego seguiría su camino, abandonándole en la oscuridad de la nada, esa nada en la que esperaba que se convirtiera todo. Oscuridad donde se esparcirían los pedazos de alma que no hubiesen sido atrapados por los lamentos de las espigas segadas junto a él.</p>
<p>Y seguirían su camino, siéndole infiel, buscando nuevas presas a las que unirse en carnal sacrificio. Y todo acabaría. Su sangre teñiría la tierra humedecida por las gotas de rocío, y oscurecería luego por los rayos del sol. Y sería olvidada.</p>
<p>Y el olvido le concedería la paz.</p>
<p>Las estrellas hicieron su aparición en su corte de oscuridad infinita, como queriendo conceder al condenado unos momentos de quietud antes de que fuera ejecutada la fatídica sentencia; tal vez, y así lo esperaba, de liberación. Las espigas se alzaron hasta el cielo uniéndose con ellas, oscurecidas y tenebrosas. Las únicas cruces que señalarían el túmulo donde yacerían sus restos desmembrados.</p>
<p>Lentamente, sus ojos se cristalizaron ante el brillo de sus soberanas y formaron vítreos diamantes salados, que se unieron al brillo de las estrellas. Casi sin darse cuenta sus párpados se cerraron bajo la influencia de la tranquilidad deseada, y poco después se quedó dormido.</p>
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		<title>Y ya tengo hasta canas&#8230;</title>
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		<pubDate>Wed, 21 Jan 2015 22:14:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[La Pluma de Magela Gracia]]></category>
		<category><![CDATA[alumna]]></category>
		<category><![CDATA[canas]]></category>
		<category><![CDATA[enfermería]]></category>
		<category><![CDATA[hija]]></category>
		<category><![CDATA[madre]]></category>
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		<description><![CDATA[<p>De pie, tras la alumna, intento concentrarme en lo que está haciendo. Es la primera vez que ponen una estudiante a mi cargo, y lo cierto es que me ha impuesto algo de respeto. “Un poco no, no seas mentirosa. Te has asustado”. Y me he sentido vieja… Si el …
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				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">De pie, tras la alumna, intento concentrarme en lo que está haciendo. Es la primera vez que ponen una estudiante a mi cargo, y lo cierto es que me ha impuesto algo de respeto.</p>
<p style="text-align: justify;">“Un poco no, no seas mentirosa. Te has asustado”.</p>
<p style="text-align: justify;">Y me he sentido vieja…</p>
<p style="text-align: justify;">Si el ánimo fuera otro probablemente me habría sentido henchida de orgullo por los galones ganados después de tanto tiempo. Sin plaza fija, eso sí. Pero con los años de experiencia del trabajo realizado, las amistades ganadas entre los compañeros que comparten alegrías y penas en los diferentes servicios, y el corazón lleno de recuerdos esos los pacientes que nos van marcando, y dejan ese pedacito de ellos cuando ya no nos necesitan… o cuando nos abandonan. Pero a las ocho de la mañana de un lunes cualquiera el ánimo no está muy por las nubes… y hay ocasiones en las que te sientes cansada.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Cómo iba a ser de otro modo, si cuando ha sonado el despertador esta mañana creo que no había dormido ni tres horas? Es lo que ocurre cuando eres madre además de enfermera, que si una hija empieza con fiebre dedicas todo tu buen hacer, tus mimos y conocimientos a aliviar el malestar de la pequeña. Cualquier madre lo haría&#8230; Y no poder llevarla al colegio ya te descuadra todo el día. ¿Qué hago con ella? Me imagino llegando al centro de salud a las ocho, con la pequeña vestida con su pijama rosa y su ranita de peluche, saludando a los compañeros de urgencias que tienen las mismas ojeras que yo, deseando marcharse.</p>
<p style="text-align: justify;">Menos mal que existen las benditas abuelas. Esas madres que ejercieron de enfermeras antes de que una pensara siquiera en estudiar esa carrera, y que ahora, por los agobios y las prisas, muchas veces saludamos menos de lo que deseamos. Siempre están ahí, dispuestas a ayudarnos, a seguir siendo más que madres y abuelas, haciendo lo que toda mujer ha hecho desde que el hombre tiene memoria. La pequeña se quedó con su rana verde y sus zapatillas de andar por casa, envuelta en el abrazo de mi madre, y yo salí corriendo para no llegar tarde al trabajo, que los lunes por la mañana me toca laboratorio, y la puerta hay que abrirla en hora.</p>
<p style="text-align: justify;">Y aquí estoy ahora, con la mirada en algo que hacía tiempo que no hacía: concentrarme en seguir los pasos para realizar una buena extracción sanguínea. Después de tantos años, y tantas venas pinchadas, hay técnicas que dejaron de requerir toda la atención. Mis compañeras de laboratorio lo saben. Hay lunes que no dejo de sonreír y charlas con los pacientes, animosa y risueña, como si nada en el mundo me hubiera hecho nunca daño. Esos días me gusta molestar a las otras enfermeras, gastarles bromas, preguntarles por su fin de semana y tranquilizar al paciente con la mejor de mis sonrisas. Pero también hay días en los que la mirada no puede sonreír, por más que lo finjan los labios…</p>
<p style="text-align: justify;">Por suerte, una vez estás en el trabajo, tus problemas suelen quedar a un lado, un ratito al menos, y te centras en la agenda que tienes delante, y en las personas que tienen que sentarse en la silla que espera vacía tras la mesa.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero hoy… no puedo evitarlo. Me siento vieja.</p>
<p style="text-align: justify;">Horas sin dormir, la ropa elegida de cualquier forma esta mañana para poder llegar a tiempo, y apenas una raya en el ojo mal pintada a la carrera en un semáforo para tratar de disimular el mal rostro. Estoy cansada, y me pesan un poco más los años.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero allí está mi alumna, que acaba de quitarle el capuchón a la aguja con la que pinchará su primera vena. Se la ve nerviosa, y hasta parece que le tiembla un poco la mano mientras palpa con los dedos de la otra, tratando de elegir correctamente la que quiere canalizar. Mira al paciente, y yo también lo hago. Es de esos ancianos entrañables, con la piel endurecida tras tantas horas trabajando la tierra con el sol a las espaldas. Tiene las manos duras y la frente llena de arrugas. Pero aunque sea lunes, demasiado temprano para haber salido de casa sin el perrillo al que pasea todas las mañanas, y tenga a una alumna temblorosa delante, la mira de forma entrañable. Es como si observara a una hija que coge por vez primera la bicicleta sin los ruedines, y estuviera temiendo tener que ir a recogerla del suelo y curar sus heridas. Teme por la desilusión de ella si no lo consigue, no por el daño del pinchazo que pueda hacerle.</p>
<p style="text-align: justify;">Todavía quedan personas así.</p>
<p style="text-align: justify;">Entonces… ¿por qué ando yo tan preocupada? ¿Porque mi hija tuvo una mala noche, y está a cargo de la mujer que más la quiere en el mundo, después de mí? ¿Porque tengo más licencias firmadas de vacaciones en el archivador de las que puedo contar sin los tres cafés de la mañana? ¿Porque la cama de madrugada volvía a estar ocupada sólo por el cuerpecillo de mi hija y el mío, esperando a que la otra almohada acogiera una cabeza masculina? ¿Porque la alumna es la primera vez que tiene una aguja en la mano, y anda asustada? ¿Porque es la primera vez que tengo a cargo una estudiante, y me siento más responsable que de costumbre?</p>
<p style="text-align: justify;">Y, entonces, el paciente me mira y sonríe. De pronto esa conexión hace que no importe nada más. Sus ojeras me dicen que lleva muchas malas noches en su vida, y que las mías a su lado se quedan en un ratillo sin sueño. Que ha pasado por muchas enfermedades de sus hijos, y que al final siempre han vuelto al colegio a los dos o tres días. Que ahora son ellos los que cuidan de sus achaques, y que son los nietos los que se vienen a arrancarle las sonrisas con sus muñecos de trapo y sus tiritas en las rodillas. Y que hace años que la almohada del otro lado de la cama se quedó vacía, tras una larga enfermedad de su esposa, y una corta estancia en una pequeña habitación de cuidados paliativos.</p>
<p style="text-align: justify;">Ha tenido tantos lunes malos…</p>
<p style="text-align: justify;">Y mientras le devuelvo la sonrisa y dejo de contar las arrugas de sus ojos, la alumna usa por vez primera la aguja, y consigo soltar el aire que contenían mis pulmones en un liberador suspiro. Mi mano se posa en su hombro, dando el apoyo que sé que necita, reconfortándola tras su instante de terror… y el mío. Su corazón de novata se hincha de orgullo. Aquel señor que nada tenía que temerle a una aguja sigue hablando con la alumna como si estuvieran tomándose un café en una terraza al lado de la playa. Y por fin soy capaz de integrarme en las bromas de la mañana, sabiendo que mi hija está bien, que el mundo sigue igual que siempre.</p>
<p style="text-align: justify;">Mi pequeña está siendo cuidada por una mujer mucho más veterana que yo. Esa que enterró tantas veces la nariz en el pliegue de mi cuello cuando no era sino un bebé, embriagándose con el olor de mi piel de recién nacida. Esa que se echó a llorar cuando mi garganta le regaló mi llanto en la primera bocanada de aire, erizándole una piel que aún no se ha recuperado. Esa que grabó la imagen mía de bebé en sus retinas, y que me sigue viendo de la misma forma, aunque empiece a tener canas. Esa madre que cuando me tuvo en su pecho agarró mi mano y contó mis dedos, porque necesitaba saber que yo estaba entera. Mi madre… que contó también los deditos de mi hija con lágrimas en los ojos, sin saber muy bien como había sido que yo hubiera dejado de tener el mismo tamaño que el bebé que ahora acunaban sus brazos.</p>
<p style="text-align: justify;">Mi hija estaba bien. El trabajo estaba bien. La alumna estaba bien.</p>
<p style="text-align: justify;">Y el señor con el corazón más grande que el pecho luce espléndido. Sabe que ha ayudado a formar a una nueva enfermera, que ayudará a personas como su esposa, aunque sólo sea haciendo compañía, cogiendo su mano, y no perdiendo la sonrisa.</p>
<p style="text-align: justify;">Una mirada y una curvatura en los labios. ¡Qué importante podía ser eso!</p>
<p style="text-align: justify;">El mundo seguía bien porque nos empeñábamos en no perder la sonrisa un nefasto lunes por la mañana.</p>
<p style="text-align: justify;">Por más canas que me salgan siempre se me parará el corazón en ese preciso instante en el que me digan que tengo que supervisar a una alumna. Por más días que pasen por mis cuadrantes indescifrables para el común de los mortales, siempre tendré en la mente a aquella estudiante que fui hace ya mil años, que no sabía si la tutora le echaría la bronca por querer ponerse unos calcetines de colores como había visto que llevaban las veteranas enfermeras en planta. Y que cuando se graduó recibió de su padre el primer fonendoscopio, que aunque ahora apenas uso, no dejo nunca lejos de mi vista.</p>
<p style="text-align: justify;">Porque siempre se puede despertar mi hija a las tres de la mañana, necesitando unas manos que la mimen, unos ojos que la miren… y mis oídos, deseando escuchar su respiración acompasada, o sus canciones infantiles. Que a ella siempre la gusta estar con el fonendo puesto en sus pequeñas orejas; cantando flojito a la campana, escuchando su voz y los latidos de su corazón para entretenerse, mientras la fiebre baja…</p>
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		<title>Cigarrillos de chocolate</title>
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		<pubDate>Wed, 21 Jan 2015 22:05:38 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[La Pluma de Magela Gracia]]></category>
		<category><![CDATA[chocolate]]></category>
		<category><![CDATA[cigarrillos]]></category>
		<category><![CDATA[enfermera]]></category>
		<category><![CDATA[enfermería]]></category>
		<category><![CDATA[jubilación]]></category>
		<category><![CDATA[relato]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Relato ganador del Concurso de Relatos del CELP 2014. Hoy se jubila, por fin, la enfermera que me da siempre tanto trabajo. ¡Ya era hora! Yo misma he sido la que le he subido las cajas para que empiece a guardar todas sus cosas. He tenido que buscar embalajes de …
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]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Relato ganador del Concurso de Relatos del CELP 2014.</p>
<p style="text-align: justify;">Hoy se jubila, por fin, la enfermera que me da siempre tanto trabajo. ¡Ya era hora! Yo misma he sido la que le he subido las cajas para que empiece a guardar todas sus cosas. He tenido que buscar embalajes de los grandes, de esos que vienen para las gasas no estériles o las mascarillas nebulizadoras. La auxiliar de enfermería, La Juana, me ha ayudado a vaciar las que me hacían falta.</p>
<ul style="text-align: justify;">
<li>¿Estás de mudanza?-, me preguntó, apilando un par de paquetes de gasas.</li>
<li>Sí, me tocó la Lotería de Navidad y me mudo a un chalet en el campo-, le contesté, con cara burlona.</li>
</ul>
<p style="text-align: justify;">La Juana me sacó la lengua, y yo le hice un gesto un poco más obsceno. Teníamos confianza, después de tantos años, tantos cafés compartidos, y tantos cigarros fumados en la acera de enfrente del centro de salud, (ya que en la puerta estaba prohibido) cuando las dos aún fumábamos.</p>
<p style="text-align: justify;">Y tantos berrinches, también, mientras lo dejamos juntas.</p>
<ul style="text-align: justify;">
<li>La Loli las necesita, que es su último día. Mañana en vez de ponerse el pijama se pondrá el bañador en la playa.</li>
</ul>
<p style="text-align: justify;">Mi compañera se rió por lo bajo, sabiendo la envidia que me producía. A mí… y a casi todos los del centro, que más de uno en vez de apagar el despertador por la mañana lo estampaba contra la pared, y un día iban a perforar un muro y se barruntaba una desgracia. Para ellos se había inventado ese artilugio que ahora saltaba de la mesilla de noche y empezaba a girar por todo el suelo del dormitorio, con sirenas y luces estridentes, para que tuvieras que salir corriendo detrás de él y apagarlo. Iba a ser el regalo estrella del Día de Reyes. Yo misma había pedido uno, pero seguramente mi marido le pondría una denuncia al Rey Mago que se atreviera a dejarme ese paquete debajo del árbol.</p>
<ul style="text-align: justify;">
<li>La Loli necesita cajas grandes. Tiene de todo en esa consulta.</li>
</ul>
<p style="text-align: justify;">Yo asentí, mientras reforzaba los cartones por debajo con esparadrapo, para que no se abrieran cuando estuvieran llenas. Esa enfermera iba a necesitar los brazos fuertes de varias personas para llevar todo eso hasta su coche… si es que al final se lo llevaba.</p>
<p style="text-align: justify;">Esperaba en verdad que lo hiciera.</p>
<p style="text-align: justify;">Había trabajado en decenas de centros de salud, y jamás encontré un despacho como el de aquella enfermera. Paredes empapeladas con fotografías a las que le había dado demasiado sol antaño, y otras en las que se veían los rostros cada vez más arrugados, pero siempre sonrientes. Había paneles de corcho repartidos donde no había un mueble al que entorpeciera el acceso, llenos de recuerdos de felicitaciones navideñas, invitaciones a bodas y bautizos, incluso varias comuniones. Había fotos de pacientes abrazando pacientes, y pacientes abrazándola a ella.</p>
<p style="text-align: justify;">Tenía también una enorme estantería llena de plaquitas doradas sobre madera labrada, agradeciendo el buen hacer de la profesional que aquel día se jubilaba. Eran difíciles de limpiar las malditas filigranas que tenían, y el óxido se había instalado en ellas por más que me esforzaba en sacarles brillo. Las letras, en algunas de esas placas, habían perdido el color, y había que esforzarse mucho para leer las hendiduras doradas que eran el único testimonio del agradecimiento que se quiso plasmar, ya fuera por el propio paciente o por su familia cuando éste ya no estuvo presente.</p>
<p style="text-align: justify;">Había también una balda de uno de los muebles atestado de recuerdos de lugares de vacaciones. Esos pacientes, que salieron de la isla y que le compraron una bola de nieve con una ciudad en miniatura dentro como si de la Atlántida se tratara, habían quedado decorando la consulta junto con los ceniceros de barro con las letras pintadas de “Estuve aquí y me acordé de ti”,  y los rosarios de las ancianas devotas que vieron a la Virgen en su altar y quisieron agradecerle a la entrañable enfermera sus desvelos. A ella le dedicaban siempre una oración por la noche, al igual que a todos sus nietos y a las vecinas ingresadas cuyo gato se escuchaba maullar por las noches desde el patio de luces.</p>
<p style="text-align: justify;">Libros en otro estante. Muchos.</p>
<p style="text-align: justify;">¡Y lo mal que se limpia el polvo de los cantos!</p>
<p style="text-align: justify;">Ahora que entro en la consulta sin estar ella como tantas tardes al vaciarse el centro, me quedo en la puerta repasando su vida laboral, dejando vagar la vista por sus recuerdos.</p>
<p style="text-align: justify;">¡Qué mal se limpia todo en esta consulta!</p>
<p style="text-align: justify;">¿Dónde irá a meter todo esto en su casa? Espero que tenga un buen trastero, o la habitación de algún hijo emancipado que pueda servir de museo.</p>
<p style="text-align: justify;">Dejo las cajas sobre su mesa, entre una lámpara de sal traída de vete a saber qué sitio, una decena de cajas de bombones de pacientes que no saben cómo agradecerle mejor tantos años de buen hacer, y varias orquídeas de flamantes flores que pretenden ser eternas como el cariño que todos ellos le profesan. Nadie va a volver a reunir tanto cariño en una habitación tan pequeña.</p>
<p style="text-align: justify;">Tras dejar las cajas me dirijo al corcho que está justo al lado de la puerta. La Loli tiene fotos con casi todos los compañeros con los que ha compartido trabajo. No tengo que buscar mucho, puesto que me conozco la consulta como la palma de mi mano, de tantas veces que le he pasado el plumero y el paño mojado. Entre todas ellas encuentro en la que estamos retratadas las tres. La Loli, La Juana y yo, el día que hacía un año de nuestro último cigarrillo.</p>
<p style="text-align: justify;">Fue La Loli la que pasó el mono con nosotras, y la que tuvo que aguantar nuestra mala leche mientras nos embargaban las ganas de escaparnos por la puerta trasera para encender un cigarrillo a escondidas. Fue ella la que, tras varios años de insistencia, nos convenció de que estábamos feas con un pitillo en la boca.</p>
<p style="text-align: justify;">Y la que nos acompañó durante todo el calvario.</p>
<p style="text-align: justify;">La Loli era todo un elemento. La íbamos a echar mucho de menos en el trabajo. Y a envidiar, como decía La Juana, porque dejaba el pijama blanco con cientos de parches cosidos a mano con los nombres de las ciudades que quería visitar&#8230; y que ahora podría, ya que iba a tener tiempo. También tenía una casaca con los nombres de los bebés a los que, en su época de matrona en el hospital, ayudó a traer al mundo. Incluso recordaba una bata a la que había cosido los nombres de las compañeras de promoción que se iban jubilando, y que ella decía que la acompañaban siempre en su buen hacer enfermero.</p>
<p style="text-align: justify;">Imagino que todos sus uniformes, a cada cual más original y significativo, ocuparían ahora un lugar importante en su armario.</p>
<p style="text-align: justify;">Le dejo sobre la mesa, entre tanto bombón y ramo de flores, la cajetilla de tabaco que siempre me quitó de las manos, hace ya muchos años, y que guardo de recuerdo gracias a ella. Se la he rellenado con cigarrillos de chocolate, que sé que adora. Y le he escrito una nota que he pegado sobre el cartel de “Fumar mata”.</p>
<p style="text-align: justify;">“No los chupes, que te pones fea”.</p>
<p style="text-align: justify;">Al cerrar la puerta de la consulta sonrío, pensando en todo el tiempo libre que voy a tener a partir de ahora en el trabajo sin limpiar el polvo de la vida laboral de esa enfermera. Casi tanto… como el que iba a tener La Loli para viajar por esos países de los que sus pacientes le traían bolas de nieve.</p>
<p style="text-align: justify;">Y me apeno por lo mucho que la voy a echar de menos…</p>
<p style="text-align: justify;">Y a envidiar, pero con envidia sana.</p>
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