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	<title>La Pluma de Magela Gracia</title>
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		<title>Jabones con promesas vacías</title>
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		<pubDate>Mon, 07 Mar 2016 22:54:18 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela]]></dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>&#8211; ¿Y por qué demonios no se quita esta mancha?</p>
<p>Arrojó otra vez la casaca del uniforme al interior de la lavadora, buscó en los programas de lavado alguno que tuviera la temperatura tan alta que pudiera desteñir el tejido si no hubiera sido blanco –aunque no estaba segura de que los colores que usaban en los tintes de los uniformes del hospital perdieran alguna vez la intensidad, que siempre los veía igual de llamativos- y metió en el tambor una pastilla de jabón de esas que juran y perjuran que se deshacen de cualquier mancha.</p>
<p>Cerró la puerta con tanta rabia que podría haberla partido.</p>
<p>Era una tontería poner una lavadora con una sola prenda de ropa, pero aquella era la segunda vez que intentaba dejar limpia la casaca y no había tenido éxito. La quinta, si contaba que ya le había echado una gran cantidad de agua oxigenada, un par de cacitos disueltos en agua  en una palangana -de uno de esos jabones que venden en polvo en un bote de tamaño ridículo para poder llamarse detergente- y un espray al que le pondría una reclamación en cuanto se le quitara el cabreo por prometer cosas que no cumplía.</p>
<p>Sí, cinco lavados con aquel que acababa de empezar.</p>
<p>Habría sido más rentable tirar la casaca a la basura.</p>
<p>Cuando se la quitó la noche en la que recibió la mancha no pensó más en ella. Necesitaba alejar el olor de la sangre de las fosas nasales. Se metió en el vestuario, con el pelo pegado al rostro y la garganta seca. Llevaban veinte minutos turnándose sobre la camilla para hacer el masaje cardiaco y no sabía decir cuál fue el momento en el que se salió la vía y la sangre brotó hasta su uniforme. Se lo dijo una compañera después, cuando llegó la ambulancia y la apartaron para que recuperara fuerzas.</p>
<p>&#8211; Vas a necesitar una ducha…</p>
<p>También necesitaba un abrazo, pero no lo pidió…</p>
<p>Puerta cerrada, uniforme al suelo y agua corriendo por el plástico que hacía de cortina cubriendo el plato de ducha. Por fin se le había tupido la nariz y no le llegaba ni el olor del vómito ni el de la sangre.</p>
<p>Era lo que tenían las lágrimas. Siempre le anulaban el sentido del olfato.</p>
<p>Lloró contra la puerta de su taquilla un buen rato, mientras el vestuario se llenaba de vapor y se desdibujaban las paredes a su alrededor. No le preocupó si había alguien fuera esperando para usar el baño. Necesitaba estar a solas, con la neblina inundándolo todo, haciéndola perder también parte del sentido de la vista.</p>
<p>La pena era que no se podían borrar tan fácilmente las imágenes de su cabeza.</p>
<p>Metió el uniforme en la taquilla, cerró la puerta con el candado, y se sumergió en el delicioso placer de dejarse acariciar la piel por el agua caliente. No tenía jabón a mano pero tampoco lo necesitaba.</p>
<p>Sólo quería confundir sus lágrimas con las gotas que ahora le resbalaban desde la ducha al rostro agotado.</p>
<p>Una semana más tarde fue a abrir la taquilla. Se había empecinado en dejarla cerrada, guardando sus cosas en cajones o llevando al trabajo lo estrictamente imprescindible. Siempre le invadía el mismo desasosiego cuando tenía que enfrentarse a una mancha como aquella, y nunca encontraba el valor suficiente para hacerlo de primeras.</p>
<p>Y allí estaba ahora, viendo como giraba el bombo de la lavadora, con la promesa de que tras aquellas vueltas no quedaría ni rastro de la marca que la atormentaba. Y allí se quedó, abrazándose las rodillas, dejándose acunar por el sonido del electrodoméstico, pensando en todas las cosas que tenía que hacer esa mañana.</p>
<p>La lista de la compra era fácil de planificar.</p>
<p>Tal vez había estado posponiendo abrir la taquilla porque no quería que la mancha le recordara que tenía que hacer una llamada al hospital para preguntar si habían conseguido salvarle la vida.</p>
<p>Pero en eso se centraría después de que calculara cuántos paquetes de leche tenía que meter en el carrito del supermercado.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Inventarse una vida de sangre</title>
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		<pubDate>Mon, 22 Feb 2016 22:35:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela]]></dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p><span style="font-weight: 400;">Le va contando a todo el mundo se que se llama Donato, que fue reclutado en Palermo por la milicia cuando apenas sabía contar su edad con los dedos de una mano y que su acento era tan raro porque no recordaba haber pasado más de un año en cada uno de los países por los que lo arrastraron, mientras el cabello iba creciéndole en sitios donde antes no tenía y abandonando los lugares de donde nunca pensó perderlo tan joven. Yo me creí la historia de que el callo que lucía en el segundo dedo de la mano derecha se lo había ganado a pulso apretando el gatillo de un Kalashnikov, endureciendo la articulación a la vez que se endurecía su alma con cada ocasión en que veía caer al objetivo a través de la mirilla. Le escuché narrar por lo menos tres veces el encuentro que había tenido cara a cara con un soldado de la resistencia, en el que las hojas de los cuchillos entrechocaron derramando sangre ajena y propia. Lucía con orgullo una mancha de sangre en su gastada bota negra, con cordones ajados que pasaban sin orden ni acierto por los agujeros, presumiendo de una anarquía que otros habrían calificado de desaliño y descuido. Juró no saber si la mancha pertenecía a la herida con la que le segó la vida al soldado o si fue de la que derramó alguna de las que cicatrizarían luego en su mano tras las brutales acometidas. Me explicó que nunca pensó en limpiarla porque le recordaba lo fácil que resultaba perder la vida… o arrancarla.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">El otro día lo vi acompañado de un hombretón vestido de blanco, de los que podrían perfectamente lidiar por las noches con los borrachos que montan follones en las discotecas. Al saludarlos en el rincón del parque, donde se habían parado a darle de comer a las palomas, el desconocido me miró extrañado, mientras que el miliciano, con aire ausente, emitía un sonido gutural con el que entendí que pretendía llamar a las ratas voladoras. Lo imaginé en sus tardes de trinchera, agazapado esperando a la siguiente horda de enemigos, usando la misma táctica para hacerse con uno de los animales, retorcerle el pescuezo y desplumarla para convertirla en lo que podría ser su última comida caliente. O, simplemente, su última comida.</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Donato no me miró…</span></p>
<p><span style="font-weight: 400;">Y el corpulento segurata de discoteca disfrazado de enfermero me comentó que en verdad se llamaba Daniel, que había sido tramoyista toda su vida, que el callo que tenía en el dedo se lo habían producido las cuerdas manejando los decorados de los escenarios y que la mancha de la bota era, en efecto, sangre… pero de la que le había escurrido de la nariz cuando intentó usurpar el puesto de protagonista principal en la última obra en la que había trabajado, y que llevaban representando tres años en diferentes idiomas por varios países europeos. El actor lo había golpeado al intentar hacerse con el Kalashnikov de pega en el último acto en plena representación, en la que salió al escenario con un cuchillo de atrezzo, pronunciando una frase en un idioma en el que ninguno de los que lo conocían lo habían escuchado hablar jamás.</span></p>
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		<title>Cruces de espigas</title>
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		<pubDate>Mon, 26 Jan 2015 11:27:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[cruces]]></category>
		<category><![CDATA[espigas]]></category>
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		<category><![CDATA[trigo]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Su cuerpo se balanceó levemente hacia tras, y sus pies dejaron de sostenerle. Las doradas espigas le rozaron las mejillas, depositando entre su pelo los tesoros que escondían en su seno. Era una caída infinita, y sin embargo, no duró más que unos insignificantes segundos. Lo difícil llegaría después de …
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]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Su cuerpo se balanceó levemente hacia tras, y sus pies dejaron de sostenerle. Las doradas espigas le rozaron las mejillas, depositando entre su pelo los tesoros que escondían en su seno. Era una caída infinita, y sin embargo, no duró más que unos insignificantes segundos. Lo difícil llegaría después de que su cuerpo descansara en el suelo…</p>
<p>La espera.</p>
<p>Las espigas le acariciaron la espalda con dulzura; algunas intentaron no ceder ante su peso y no perder la compostura, con la intención de no permitir la desaparición de una vida entre sus hojas secas. Un alma, tal vez, enredada entre ellas y castigada sin el descanso prometido. No querían ser carceleras de los sueños rotos, de los suspiros ahogados. Pero era inútil resistirse, y el cuerpo caía…</p>
<p>Las doradas corazas que protegían el trigo volaron sobre su cabeza, produciendo difuminadas sombras sobre el rostro masculino al ocultar los últimos rayos del sol. Y al fin su espalda reposó sobre la fría y húmeda tierra, cubierta por un lecho de pesarosas espigas que se habían tenido que resignar y aceptar la muerte entre sus tallos.</p>
<p>Lo duro sería la espera…</p>
<p>Y allí permanecería él, un inútil cuerpo dibujado por el resplandor de los altos tallos, perdido bajo la inmensidad de un cielo que se teñía con los crepusculares rojizos de la sangre, la misma que salpicaría todo a su alrededor después de la espera. Un marco de grana y oro para sus miembros mutilados.</p>
<p>Cuando el sol, invitado por el amanecer, invadiera el firmamento en la nueva jornada, las cuchillas afiladas del acero de una máquina segarían su vida, al igual que lo harían con las espigas que ahora le daban cobijo.</p>
<p>Y nadie le vería morir.</p>
<p>Los únicos testigos serían las que compartirían con él la intimidad de su último suspiro, tal vez desgarrado por el dolor si la muerte lo encontraba despierto, o su último pensamiento o sueño… si  no despertaba antes de volver a morir.</p>
<p>Los únicos testigos serían también las sedientas cuchillas que calmarían la sed con su sangre, cubriéndose de matices rojizos tras despedazar su cuerpo. Cuchillas enterradas en su carne ávidas por morderla. ¡Cómo deseaba aquella unión! Sería poseído por el acero, se entregaría a él por un breve instante, y luego seguiría su camino, abandonándole en la oscuridad de la nada, esa nada en la que esperaba que se convirtiera todo. Oscuridad donde se esparcirían los pedazos de alma que no hubiesen sido atrapados por los lamentos de las espigas segadas junto a él.</p>
<p>Y seguirían su camino, siéndole infiel, buscando nuevas presas a las que unirse en carnal sacrificio. Y todo acabaría. Su sangre teñiría la tierra humedecida por las gotas de rocío, y oscurecería luego por los rayos del sol. Y sería olvidada.</p>
<p>Y el olvido le concedería la paz.</p>
<p>Las estrellas hicieron su aparición en su corte de oscuridad infinita, como queriendo conceder al condenado unos momentos de quietud antes de que fuera ejecutada la fatídica sentencia; tal vez, y así lo esperaba, de liberación. Las espigas se alzaron hasta el cielo uniéndose con ellas, oscurecidas y tenebrosas. Las únicas cruces que señalarían el túmulo donde yacerían sus restos desmembrados.</p>
<p>Lentamente, sus ojos se cristalizaron ante el brillo de sus soberanas y formaron vítreos diamantes salados, que se unieron al brillo de las estrellas. Casi sin darse cuenta sus párpados se cerraron bajo la influencia de la tranquilidad deseada, y poco después se quedó dormido.</p>
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		<title>Y ya tengo hasta canas&#8230;</title>
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		<pubDate>Wed, 21 Jan 2015 22:14:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela]]></dc:creator>
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		<category><![CDATA[sangre]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>De pie, tras la alumna, intento concentrarme en lo que está haciendo. Es la primera vez que ponen una estudiante a mi cargo, y lo cierto es que me ha impuesto algo de respeto. “Un poco no, no seas mentirosa. Te has asustado”. Y me he sentido vieja… Si el …
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				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">De pie, tras la alumna, intento concentrarme en lo que está haciendo. Es la primera vez que ponen una estudiante a mi cargo, y lo cierto es que me ha impuesto algo de respeto.</p>
<p style="text-align: justify;">“Un poco no, no seas mentirosa. Te has asustado”.</p>
<p style="text-align: justify;">Y me he sentido vieja…</p>
<p style="text-align: justify;">Si el ánimo fuera otro probablemente me habría sentido henchida de orgullo por los galones ganados después de tanto tiempo. Sin plaza fija, eso sí. Pero con los años de experiencia del trabajo realizado, las amistades ganadas entre los compañeros que comparten alegrías y penas en los diferentes servicios, y el corazón lleno de recuerdos esos los pacientes que nos van marcando, y dejan ese pedacito de ellos cuando ya no nos necesitan… o cuando nos abandonan. Pero a las ocho de la mañana de un lunes cualquiera el ánimo no está muy por las nubes… y hay ocasiones en las que te sientes cansada.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Cómo iba a ser de otro modo, si cuando ha sonado el despertador esta mañana creo que no había dormido ni tres horas? Es lo que ocurre cuando eres madre además de enfermera, que si una hija empieza con fiebre dedicas todo tu buen hacer, tus mimos y conocimientos a aliviar el malestar de la pequeña. Cualquier madre lo haría&#8230; Y no poder llevarla al colegio ya te descuadra todo el día. ¿Qué hago con ella? Me imagino llegando al centro de salud a las ocho, con la pequeña vestida con su pijama rosa y su ranita de peluche, saludando a los compañeros de urgencias que tienen las mismas ojeras que yo, deseando marcharse.</p>
<p style="text-align: justify;">Menos mal que existen las benditas abuelas. Esas madres que ejercieron de enfermeras antes de que una pensara siquiera en estudiar esa carrera, y que ahora, por los agobios y las prisas, muchas veces saludamos menos de lo que deseamos. Siempre están ahí, dispuestas a ayudarnos, a seguir siendo más que madres y abuelas, haciendo lo que toda mujer ha hecho desde que el hombre tiene memoria. La pequeña se quedó con su rana verde y sus zapatillas de andar por casa, envuelta en el abrazo de mi madre, y yo salí corriendo para no llegar tarde al trabajo, que los lunes por la mañana me toca laboratorio, y la puerta hay que abrirla en hora.</p>
<p style="text-align: justify;">Y aquí estoy ahora, con la mirada en algo que hacía tiempo que no hacía: concentrarme en seguir los pasos para realizar una buena extracción sanguínea. Después de tantos años, y tantas venas pinchadas, hay técnicas que dejaron de requerir toda la atención. Mis compañeras de laboratorio lo saben. Hay lunes que no dejo de sonreír y charlas con los pacientes, animosa y risueña, como si nada en el mundo me hubiera hecho nunca daño. Esos días me gusta molestar a las otras enfermeras, gastarles bromas, preguntarles por su fin de semana y tranquilizar al paciente con la mejor de mis sonrisas. Pero también hay días en los que la mirada no puede sonreír, por más que lo finjan los labios…</p>
<p style="text-align: justify;">Por suerte, una vez estás en el trabajo, tus problemas suelen quedar a un lado, un ratito al menos, y te centras en la agenda que tienes delante, y en las personas que tienen que sentarse en la silla que espera vacía tras la mesa.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero hoy… no puedo evitarlo. Me siento vieja.</p>
<p style="text-align: justify;">Horas sin dormir, la ropa elegida de cualquier forma esta mañana para poder llegar a tiempo, y apenas una raya en el ojo mal pintada a la carrera en un semáforo para tratar de disimular el mal rostro. Estoy cansada, y me pesan un poco más los años.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero allí está mi alumna, que acaba de quitarle el capuchón a la aguja con la que pinchará su primera vena. Se la ve nerviosa, y hasta parece que le tiembla un poco la mano mientras palpa con los dedos de la otra, tratando de elegir correctamente la que quiere canalizar. Mira al paciente, y yo también lo hago. Es de esos ancianos entrañables, con la piel endurecida tras tantas horas trabajando la tierra con el sol a las espaldas. Tiene las manos duras y la frente llena de arrugas. Pero aunque sea lunes, demasiado temprano para haber salido de casa sin el perrillo al que pasea todas las mañanas, y tenga a una alumna temblorosa delante, la mira de forma entrañable. Es como si observara a una hija que coge por vez primera la bicicleta sin los ruedines, y estuviera temiendo tener que ir a recogerla del suelo y curar sus heridas. Teme por la desilusión de ella si no lo consigue, no por el daño del pinchazo que pueda hacerle.</p>
<p style="text-align: justify;">Todavía quedan personas así.</p>
<p style="text-align: justify;">Entonces… ¿por qué ando yo tan preocupada? ¿Porque mi hija tuvo una mala noche, y está a cargo de la mujer que más la quiere en el mundo, después de mí? ¿Porque tengo más licencias firmadas de vacaciones en el archivador de las que puedo contar sin los tres cafés de la mañana? ¿Porque la cama de madrugada volvía a estar ocupada sólo por el cuerpecillo de mi hija y el mío, esperando a que la otra almohada acogiera una cabeza masculina? ¿Porque la alumna es la primera vez que tiene una aguja en la mano, y anda asustada? ¿Porque es la primera vez que tengo a cargo una estudiante, y me siento más responsable que de costumbre?</p>
<p style="text-align: justify;">Y, entonces, el paciente me mira y sonríe. De pronto esa conexión hace que no importe nada más. Sus ojeras me dicen que lleva muchas malas noches en su vida, y que las mías a su lado se quedan en un ratillo sin sueño. Que ha pasado por muchas enfermedades de sus hijos, y que al final siempre han vuelto al colegio a los dos o tres días. Que ahora son ellos los que cuidan de sus achaques, y que son los nietos los que se vienen a arrancarle las sonrisas con sus muñecos de trapo y sus tiritas en las rodillas. Y que hace años que la almohada del otro lado de la cama se quedó vacía, tras una larga enfermedad de su esposa, y una corta estancia en una pequeña habitación de cuidados paliativos.</p>
<p style="text-align: justify;">Ha tenido tantos lunes malos…</p>
<p style="text-align: justify;">Y mientras le devuelvo la sonrisa y dejo de contar las arrugas de sus ojos, la alumna usa por vez primera la aguja, y consigo soltar el aire que contenían mis pulmones en un liberador suspiro. Mi mano se posa en su hombro, dando el apoyo que sé que necita, reconfortándola tras su instante de terror… y el mío. Su corazón de novata se hincha de orgullo. Aquel señor que nada tenía que temerle a una aguja sigue hablando con la alumna como si estuvieran tomándose un café en una terraza al lado de la playa. Y por fin soy capaz de integrarme en las bromas de la mañana, sabiendo que mi hija está bien, que el mundo sigue igual que siempre.</p>
<p style="text-align: justify;">Mi pequeña está siendo cuidada por una mujer mucho más veterana que yo. Esa que enterró tantas veces la nariz en el pliegue de mi cuello cuando no era sino un bebé, embriagándose con el olor de mi piel de recién nacida. Esa que se echó a llorar cuando mi garganta le regaló mi llanto en la primera bocanada de aire, erizándole una piel que aún no se ha recuperado. Esa que grabó la imagen mía de bebé en sus retinas, y que me sigue viendo de la misma forma, aunque empiece a tener canas. Esa madre que cuando me tuvo en su pecho agarró mi mano y contó mis dedos, porque necesitaba saber que yo estaba entera. Mi madre… que contó también los deditos de mi hija con lágrimas en los ojos, sin saber muy bien como había sido que yo hubiera dejado de tener el mismo tamaño que el bebé que ahora acunaban sus brazos.</p>
<p style="text-align: justify;">Mi hija estaba bien. El trabajo estaba bien. La alumna estaba bien.</p>
<p style="text-align: justify;">Y el señor con el corazón más grande que el pecho luce espléndido. Sabe que ha ayudado a formar a una nueva enfermera, que ayudará a personas como su esposa, aunque sólo sea haciendo compañía, cogiendo su mano, y no perdiendo la sonrisa.</p>
<p style="text-align: justify;">Una mirada y una curvatura en los labios. ¡Qué importante podía ser eso!</p>
<p style="text-align: justify;">El mundo seguía bien porque nos empeñábamos en no perder la sonrisa un nefasto lunes por la mañana.</p>
<p style="text-align: justify;">Por más canas que me salgan siempre se me parará el corazón en ese preciso instante en el que me digan que tengo que supervisar a una alumna. Por más días que pasen por mis cuadrantes indescifrables para el común de los mortales, siempre tendré en la mente a aquella estudiante que fui hace ya mil años, que no sabía si la tutora le echaría la bronca por querer ponerse unos calcetines de colores como había visto que llevaban las veteranas enfermeras en planta. Y que cuando se graduó recibió de su padre el primer fonendoscopio, que aunque ahora apenas uso, no dejo nunca lejos de mi vista.</p>
<p style="text-align: justify;">Porque siempre se puede despertar mi hija a las tres de la mañana, necesitando unas manos que la mimen, unos ojos que la miren… y mis oídos, deseando escuchar su respiración acompasada, o sus canciones infantiles. Que a ella siempre la gusta estar con el fonendo puesto en sus pequeñas orejas; cantando flojito a la campana, escuchando su voz y los latidos de su corazón para entretenerse, mientras la fiebre baja…</p>
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