Metal contra metal

magela Cartas de mi Puta y Otros Cuentos Eróticos, Otros Relatos Eróticos 2 Comments

No es lo mismo esperarlo… que sentirlo. Avisarte ha sido parte del plan; te lo habría dicho aunque no me hubieras preguntado. Tenerte expectante, sintiendo el sonido de las esposas a cada movimiento en tu trabajo ha sido la guinda perfecta para tu calenturienta perversión.

Esperabas verme entrar en tu despacho con ellas guardadas en el bolso, ¿no? Lo que no te habías imaginado era encontrarme apoyada en el quicio de la puerta a la hora del almuerzo, con un leve cárdigan largo abierto, enseñando un sostén y unas braguitas blancas de satén, liso y brillante, sin un solo adorno. Tela pegada a mi cuerpo fundiéndose con él. La mano derecha ya va esposada, la otra argolla tintinea junto a mi muslo, cubierto también por medias blancas, y sus encajes…

Has visto las esposas y tu polla ya está tiesa. Lo sé, aunque no pueda verla. La mesa del escritorio interrumpe la visión de tu cuerpo duro desde mi posición. Tampoco veo tus manos, pero si de algo estoy segura también es que estás tan atónito que ni cuenta te has dado que deberías ir sacando tu verga de la estrecha prisión en la que la tienes recluida.

          Te debo algo- te digo-. ¿Es buen momento?

No hay un jodido momento mejor para nada que imagines ahora, además de que no eres capaz de pensar en otra cosa que a donde me voy a esposar para cumplir con tu fantasía.

          El que no se ha escondido… – En tu mente terminas la frase mientras cierro la puerta de tu despacho a mi espalda.

Por fin consigues movilizar tu cuerpo, y aferras con una mano la polla endurecida bajo el pantalón vaquero, y con la otra el reposabrazos de la silla, como si pensaras que tienes muchas posibilidades de perder el suelo bajo tus pies en breves instantes.

Sin darte cuenta ya estoy frente tuyo, mi cárdigan ha resbalado acariciando mi espalda y ahora es un trozo de tela sin forma enredado en mis tacones de aguja. Mis pechos se han colocado a la altura de tus rodillas después de agacharme, y los miras desde arriba agradecido de sus formas plenas y suaves. Maravilloso escote para anidar allí tu carne prieta y caliente. Otro día… tal vez…

Los botones de tu bragueta saltan entre mis dedos. Ahora son tus dos manos las que se aferran a la silla. Tu miembro duro se esconde bien perfilado bajo la tela de tu bóxer. El elástico cede ante mis travesuras y te muestro orgullosa a la reina del juego. Tu polla en mis manos, tu capullo en mis dedos…
Ahora no pierdas detalle, esto es solo para tus ojos. Mira como levanto mi mano esposada hasta tu rostro. Escucha cómo repican sus eslabones morbosos. El extremo abierto a la altura de tu boca, brillante bajo la luz de los fluorescentes del techo.

          Chupa…

La orden es un click que activa tu cerebro. Empiezas por el extremo abierto, mojando el metal con tu lengua caliente. La saliva se impregna en las esposas, chorrea por los eslabones…

          Egoísta- te dijo, maliciosa, retirándote el juguete-. Yo sigo…

Pruebo tu boca de las esposas, mezclando mi líquido con el tuyo, jugando con la lengua, ya tengo toda la arandela en la boca y la movilizo para darle la vuelta en mi cavidad caliente.

Con la boca abierta saco el metal despacio y coloco su roce sutil sobre la piel del capullo encendido. Mi saliva resbala hasta su prolongación latente e hinchada, lubricándola a la vez que termina de provocar su erección, la más portentosa que lograras imaginar en tu puta vida. La esposa abierta roza la piel, bajando por un lateral de la polla hasta depositarse en tu pelvis. De forma experta realizo el movimiento para rodear su base y hacerte escuchar el cierre del metal presionando contra tus carnes férreas. La longitud de la cadena me permite apresar tu polla en el capullo con la mano y así lo hago. Estiro hasta que el metal resuena y se clava en tu piel hambrienta del morbo y la perversa fantasía.

Cubro el glande en toda su circunferencia, bajo la corona, y mi boca suelta sobre tu piel brillante desde arriba una larga hebra de babas que resbala y te la moja entera, y entre mis dedos se pierde para mejorar su tacto.

Presiono. Mucho. La estrangulo…

Y bajo…

El gemido que resuena desde tu boca regala gozo a mis oídos. El metal choca, la esposa se entierra en tu base y la argolla presiona tus huevos contra tus muslos.

Mantengo… y libero.

Subo intentando rodear tu diámetro con la mano, pero ya me he acostumbrado a no poder hacerlo… me harían falta dedos más largos para ello. Otra vez, glande; otra vez, saliva… Otra vez aferro tu corona. La uretra me mira ya brillando con sus propias babas…

Abajo…

Te agarras a mis hombros entre los espasmos de tus piernas. Tu espalda tiesa, tu cabeza se inclina y choca contra la mía. Quieres verlo justo desde arriba. Y el sonido maravilloso de del metal en tu ingle te enciende el alma.

No sabes cuando fue cuando el ritmo de mi mano perdió toda lógica. Ahora rápido y profundo, luego solo arriba con movimientos cortos y suaves. Un tirón y tu polla luce tiesa contra mi boca. Otro giro y la aplasto contra tu abdomen para que se vean bien las esposas.

Y te lamo los huevos.

No hay mayor placer que presionarlos con los labios y estirar esa piel rugosa hasta volverla lisa entre los pliegues de mi boca: mi mano se mueve, rabiosa, sobre tu verga, haciendo resonar los eslabones; mi nariz está enterrada en la línea que separa tus cojones, absorbiendo el perfume de tu sudor y el metal mojado. Mi boca chupa, tu polla ruge.

          Joder… Sigue, zorra. Haz que me corra…

Y como buena zorra te la machaco con ganas, la froto desde la raíz a la punta, te la recorro sin tregua notando el latido de tus arterias: mi boca no abandona tus huevos, mi mano imposible que se separe del metal ardiente en que se ha convertido tu polla erecta. Se fundiría la argolla en la base de tan caliente que está tu verga.

          ¡Córrete, amo! Regálame esta corrida…

Mis palabras escapan de tu piel hasta tus oídos, tu cabeza se desploma solo un instante hacia atrás, para luego continuar contemplando el espectáculo que le estoy brindando. Me imaginas con los dedos metidos en mi coño húmedo, me imaginas mojando el suelo con mi flujo. Miras mis tetas moverse mientras te la machaco a conciencia, ves mi lencería blanca, mis medias con encaje marcando mis muslos, donde querrías tener las manos y esconder tus dedos… Y mis jodidos tacones de aguja… sobre los que suspendo mi peso con las rodillas flexionadas y abiertas a ambos lados de las tuyas…

          En mi cara, amo. Dame tu leche en mis labios.

Tus gemidos se entremezclan con el chocar metálico de los eslabones. La presión de las esposas en tu polla y en tus huevos te mata, y no dejo escapar la piel tersa de entre mis dientes… Tus huevos duros… tus cojones metidos en mi boca.

          Me corro, zorra. Me corro…

Mis labios se curvan en una eufórica sonrisa. Mi triunfo es tu leche prometida. Tu corrida… y la mía al verte y sentirte tan caliente. ¡Dios! ¡Cómo me gusta!

Cuando el primer chorro de esperma rompe la tersura de mi cara ruges como un  animal, gritando mi nombre. Te centras en observar las descargas, gimiendo y estremeciéndote en la silla. Tu pelvis empuja levemente contra mi cuerpo y el último chorro queda suspendido de mis labios entreabiertos. Lo lamo…

Los dedos de mi mano se posan en ellos y los restriego, desdibujando lo que quedaba de carmín desde las comisuras a la barbilla, esparciendo tu espeso regalo. Sudor, semen y pintalabios rojo.

          Eres la mejor zorra…
          Favor que tú me haces, mi dueño.

Del suelo recojo una delgada cadena, que uno a uno de los eslabones que prenden de tu polla. Y no entiendes como ha podido pasar desapercibida para ti, cuando te muestro unas argollas con las que un buen zapatero ha perforado mis tacones de aguja. Paso la cadena por cada uno de ellos, pongo un candado… e imaginas cuando llevo la mano con ella a mi coño donde la he guardado…

Y es que, mi dueño… tus corridas deben estar siempre unidas a mis tacones de aguja…

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