Cuando el sexo duele…

magela Otros Relatos Eróticos 3 Comments

          ¡Ummmm!
Se me escapó ese gemido, leve susurro contra la piel del brazo. Lo había colocado para amortiguar cualquier sonido, pero me di cuenta tarde que sería inútil intentarlo. Mi boca quería expresarse, y mi cuerpo no se lo iba a impedir.
Necesitaba hablarte.
Además, sé que a ti te gustaba que me expresara. Que gritara, sobre todo que gritara.
          Me gusta. Sigue…
Imaginar que estabas ahí debajo, entre mis piernas, me mantenía mojada. Que mis sábanas sólo cubrieran mis miembros sudorosos, y sin compañía maldita, era secundario. A la larga, había aprendido a disfrutar sola, y ya no me resultaba tan sumamente frustrante hacerlo. Me valía cualquier palabra de las que me dedicaste mientras fuimos amantes para encender las ansias de sexo. Y aunque ahora no fueras más que un recuerdo vago, te había encumbrado como el mejor de mis polvos.
Mentirosa…
Nunca he mentido muy bien, y menos a mí misma. Me habías dejado marcada a fuego, y no solamente la piel que mostraba. Habías señalado mi alma con algo más que sexo, y ahora tocaba pagar por ello; penitencia que, si te traía nuevamente a mi lado, cumpliría gustosa. 
No eras, ni por asomo, un recuerdo vago.
          ¡Joder! Más, quiero sentirte ahora. No pares.
Tus caderas arremetiendo contra el hueco que te ofrecían mis muslos separados… Simplemente delicioso. Una polla como tantas otras, y sin embargo tan distinta. Entregado al trabajo de recorrerme mil veces, de hacerme vibrar, de derribar mis insatisfacciones. Pero no… no era sólo tu polla. Imbécil de mí si llegaba a pensar que la dicha de esos momentos no me la daban tus manos. O tu boca…
Y tu mente perversa.
Mis orgasmos fueron tuyos por un breve período de tiempo, y cada uno lo arrancaste y atesoraste sin preguntarte si habría un siguiente.
O eso creo.
Nunca te preocupó el hecho de poder perderme. Visitabas mi cama como quien visita una tienda de golosinas atraído por el olor del azúcar. Los vivos colores que te ofrecía mi cuerpo, marcado en rojo bajo la fuerza de tu palma, te cautivaban lo justo para ofrecerme un par de sonoros gemidos… acompañados de sus correspondientes orgasmos, por supuesto. Luego, los cardenales en mi cuello, testigos de las yemas de tus dedos haciendo presión para inmovilizarme mientras mi boca recorría, apremiante, tu verga, completaban un cuadro que poca gente entendería. Esos hematomas que, unidos a los arañazos oscuros de mi espalda, avisaban de un sexo rudo y sin control.
Me gustaba sufrir dolor cuando me follabas.
Extravagante. Caliente mi entrepierna cuando mis miembros se torcían en un ángulo difícil, bajo la presión de la cuerda. Entrañas latentes, imaginando la marca en la piel cuando el nudo fuera retirado, tras el goce de la carne, tras terminar tu experto trabajo.
Una correa, una mordaza, metal caliente. Cualquier cosa te valía, y cualquier cosa en tu mano me excitaba.
El calor del fuego, el olor del pelo quemado, y temblar ante las sensaciones que acudirán justo después, cuando ya no solo sea cabello lo que se quema.
Sangrar levemente, derramar lágrimas por la agudeza de la punzada cuando me pellizcabas, sentirme sin aire si presionabas demasiado… Sentirse morir, y arder los pulmones cuando me devolvías la vida.
Olor a cuero, sudor, orina…
Loca. Así me consideraban. ¡Y cuán delicioso era experimentar dolor unido al goce del orgasmo! Todas las noches desperdiciadas al lado de hombres que únicamente le prodigaban a mi cuerpo caricias. Insuficiente siempre, aunque he de reconocer que nunca antes creí que el placer fuera a ser tan caprichoso, necesitado del dolor para complementarse, con el experto toque de tu mano.  Sudor, saliva y semen, mezclados en mi piel enrojecida y marcada, castigada bajo la inclemencia de tu sexo.
          ¡Cabrón, continúa! Castígame, que lo merezco…
Mis dedos podrían perderse cientos de veces en el interior de mi cuerpo, y sin embargo, nunca obtendrían en mismo resultado que los tuyos. Aun así, el recuerdo de las sensaciones me mojaba, y escucharme gemir como lo hiciera contigo te hacía un poquito más presente en mi dormitorio. Girar la cabeza para mirarme en el espejo, y ver mis manos trabajarme las zonas que tú anteriormente habías castigado, dulcemente… Cruelmente, no me compensaba… Pero menos había tenido antes.
Yo no conseguía el mismo efecto, faltaba la sorpresa, y mi completa rendición a tus caprichosos deseos. Someterme a ti, hasta las últimas consecuencias. Temer por mi vida, y excitarme por ello…
Enferma. Lucir mis trofeos me había granjeado  el desprecio de la gran mayoría de los que me rodeaban. Insultos que, sin saberlo ellos, me excitaban. Si hubieran sospechado que bajo esas palabras yo corría a desahogar mis inquietudes, presa del deseo carnal que habías despertado en mi cuerpo… Pezones erectos bajo la tela de la blusa, ansiando ser pellizcados; cabello recogido en una delicada cola, deseando ser tironeado de forma salvaje.
Vicio…
La boca que desea probar el sabor de la propia sangre, al recibir el mordisco en un labio hasta romper la piel, en el preciso instante en que embestías hasta el fondo. Tragar mi sangre, y luego tu esperma. Lamer mis heridas, y disfrutar de cada una de ellas.
¡Quemaduras! ¡Cortes! ¡Arañazos!
Claro que no se puede explicar con palabras, y sin embargo, aquí lo intento. Sufro mientras me masturbo con tu recuerdo, y se echa a temblar mi mandíbula ante la idea de presionar justo como tú lo hacías, sobre mi labio, para probar nuevamente mi sangre, y provocar  que mi cuerpo se abandone al éxtasis de las corridas que hace tiempo no disfruto. Orgasmo que me negaste cuando decidiste dejar de visitarme, cuando los colores en mi piel ya no llamaban tu atención, y buscaste nuevas voces que gimieran bajo tu tacto.
Y me corro… pero sin morderme. Porque, al final, me da miedo hacerlo y que me guste.
O que no sienta nada y me pase las noches buscando el dolor que me concediste, al que me acostumbraste, y que te llevaste, con tu palma abierta y endurecida, tras tantos azotes.

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