La Maldita Muñeca

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Que sí, que la nieve es muy bonita. Que lo de pararse a ver cómo nieva cuando estás en la ventana de casa, con un buen libro y un chocolate caliente esperándote en tu taza favorita es una imagen de postal para las redes sociales. Pero a mí, hoy, que he tenido que salir corriendo de mi piso, sin la ropa adecuada para buscarle a mi sobrina el regalo que había pedido en su carta a los Reyes Magos, no me hace ni puñetera gracia.

Es más, hoy odio la nieve.

Mi hermana me avisó esta mañana, con voz angustiada, de que no había podido localizar el juguete que más ansiaba la pequeñaja de la casa. Al parecer unas compañeras de clase se lo metieron por los ojos en el último momento, diciéndole que a todo el mundo le van a dejar una de esas muñecas debajo del árbol los tres reyes de pacotilla, y mi sobrina al final ha caído en la tentación y quiere lo mismo que el resto de las renacuajas del colegio.

Y la muñeca está agotada desde hace semanas.

—     ¡No la encuentro por ninguna parte! -gritó mi hermana, histérica, por teléfono cuando estaba yo entrando en la oficina esa mañana-. ¡Y como no se la regale la niña se muere de pena!

—     Ya será para menos -respondí yo, encendiendo el ordenador y dejando la taza de café junto al monitor.

—     Como se nota que no eres madre…

Era la frase lapidaria de mi querida hermana. Esa que usaba siempre que no la entendía, cuando le decía que exageraba, cuando trataba de que viera las cosas con cierta perspectiva. Y siempre me ganaba con ella. Era cierto, no era madre y no sabía lo que era el sufrimiento de un hijo por algo tan pueril como una simple muñeca, pero sí recordaba lo que era ser niña y que los Reyes Magos no me dejaran debajo del árbol lo que yo quería. Lo de recibir siempre ropa aburrida, libros y cosas que me hacían falta para el colegio -léase una calculadora, un compás o un estuche porque el anterior se me había perdido- era muy de nuestra madre.

Y si yo había sobrevivido a eso…

—     ¡Ayúdame, anda! -me pidió mi hermana, gimoteando al otro lado de la línea telefónica.

Sí, yo había sobrevivido a mi madre, pero me acordaba de mis tristes Navidades. Con cierto resentimiento.

Miré por la ventana y vi que comenzaba a nevar.

Mierda.

—     Vale -accedí yo-. ¿Alguna pista?

—     Una mamá se jacta de tener reservadas tres muñecas para revenderlas por el triple de su valor después de la Cabalgata de Reyes -me informó, dando grititos de alegría-. En la juguetería del centro comercial de las afueras.

<<La mamá gánster de las muñecas.>>

—     Déjalo en mis manos.

Y en mis manos estaba, precisamente, una de esas tres muñecas, fea como el demonio, pero tan apreciada por las niñas ese año. Me había dejado tirada el coche a un kilómetro del centro comercial, básicamente porque no tenía cadenas y se había enterrado en la nieve. Era normal que no las llevara ya que no me gustaba conducir cuando hacía tan mal tiempo, pero las circunstancias me habían obligado a abandonar la comodidad de mi salón aquella tarde, cuando mis planes incluían una manta, un café humeante y la serie Narcos. Y mi coche se me había quejado a mí al igual que yo me había quejado a mi hermana y mi hermana se habría quejado a vete a saber quién.

Empapada hasta los huesos, iba. Enterrando los pies hasta los tobillos en nieve. Me iba a pasar el día de Reyes con una neumonía en cama, lo veía venir. Pero, al menos, mi querida y mimosa sobrinilla tendría su muñeca espantosa, al igual que el resto de sus compañeras de clase. Y la madre especuladora de muñecas horribles tendría una menos con la que hacer negocio para luego pagarse los tratamientos de belleza que le hacían falta para arreglarse esa cara tan dura.

Total, sólo había tenido que hablar con el encargado de la juguetería, averiguar si era verdad lo que se rumoreaba sobre que había un par de esas codiciadas muñecas en uno de sus almacenes… y después chupársela.

Sencillo y rápido.

Iba a ser verdad que lo de no recibir juguetes por Navidad me había convertido en una mujer extraña a la hora de resolver problemas.

Me imaginaba que mi hermana contaba con mi falta de escrúpulos a la hora de resolver los problemas al haberme enviado a mí a buscar el ansiado regalo. Respiré hondo, abrazándome a la muñeca, con los pies fríos como el demonio, mientras rezaba para encontrarme el coche dónde se había quedado atrapado, junto con otros cinco vehículos más. Yo no había podido permitirme el lujo de esperar a que la quitanieves llegara para liberarnos, como el resto de los ocupantes que prefirió resguardarse con la calefacción puesta. Era tarde, la juguetería cerraba a las diez y no me había querido arriesgar. El día siguiente iba a ser un infierno en las zonas comerciales y no sabía cuándo iría la mamá gánster a buscar las dichosas muñecas, así que tenía pocas opciones.

Y mis tacones no me lo pusieron fácil.

Tenía que haber comprado unas botas de nieve. Me pasa por gilipollas.

Ciertamente, tras acorralar al encargado de la tienda en el almacén, con la excusa de ser una periodista en busca de la preciada foto de la maldita muñeca para el reportaje que saldría en prensa al día siguiente, me había quedado sin ganas de merodear por el centro comercial buscando un calzado más adecuado. Allí, delante de las tres cajas que la madre especuladora tenía reservadas, pensé en la posibilidad de coger una y salir corriendo, pero tampoco para eso me iban a venir bien los tacones que llevaba puestos. Necesitaba otro plan. Y ya que el tipo que tenía delante me había dejado bien claro que no estaban a la venta… tenía que ser uno muy radical.

Y yo, cuando me ponía en ese plan, siempre acababa metiéndome en líos.

—     Una mamada y me llevo la muñeca -le dije, de sopetón, sacando un preservativo de mi bolso.

Ni que decir que el encargado se quedó con la boca abierta.

Tenía pinta de dormir, tristemente, con muñecas. Algo entrado en carnes, con el pantalón sujeto al cuerpo gracias a unos tirantes rojos adornados con hojas de muérdago, y la piel tan blanca que supuse que no le daba mucho el sol a lo largo del año; era la típica imagen de un hombre venido a menos, divorciado y viviendo de nuevo en la casa de su madre, donde compartía espacio con otros tres gatos y una muñeca hinchable que escondía todas las mañanas para que no pudiera reprenderlo como a un crío por estar masturbándose en la intimidad.

<<¡Esas guarradas dejan ciego!>>

El sujeto perfecto para que utilizara mis malas artes.

—     ¿Perdona?

—     Perdonado -le respondí, con una sonrisa traviesa. Me relamí el labio inferior, dando a entender que me apetecía mucho que me dijera que sí.

—     No es periodista, ¿a que no?

—     A veces lo soy… Hago un poco de todo.

No era plan confesarle a ese tipo que era investigadora privada y que mi falta de escrúpulos me hacía un buen servicio en mi profesión. No por nada me dedicaba a espiar, primordialmente, y a fotografiar situaciones comprometidas que luego, mis clientes, podían usar para fines muy diversos. Y casi nunca terminaban bien para el fotografiado.

—     Esas muñecas tienen dueño…

—     Seguro que se le puede ocurrir una excusa que justifique que, en vez de tres… haya dos -comenté, zalamera, acercándome al encargado y llevando mis manos al botón de su pantalón. Allí los dejé, esperando su reacción.

No era la primera vez que mi descaro me llevaba a recibir un bofetón, por lo que había aprendido a dejar que mi presa asimilara en verdad mis intenciones antes de asaltarla. Y lo de poner a las claras mis intenciones, con un gesto además de con palabras, era algo que era obligatorio cuando mi siguiente paso era arrodillarme delante de él.

Y eso hice cuando no me apartó las manos, como sabía que ocurriría.

—     Puedes decirle que una la robaron del almacén -le sugerí yo, mientras empezaba a desabrochar el botón, viendo a escasos centímetros que el bulto del pantalón comenzaba a crecer-. También puedes comentar que hubo un escape de agua y que la muñeca se echó a perder porque estaba en el suelo, junto con otros tantos juguetes. Puedes decirle que tus empleados hicieron mal el inventario y que nunca existió esa tercera muñeca, sino que solamente habían sido dos…

Para cuando mis dedos hubieron bajado la cremallera el encargado gemía y resoplaba ruidosamente, dejándome claro que no iba a ponerme ninguna traba.

Y descubrí unos calzoncillos de Superman al soltar los tirantes y dejar que los pantalones se le escurrieran hasta los tobillos.

Completamente empalmado.

—     Así que no te preocupes. Yo te pago la muñeca, tú le dices a la persona que las tiene reservadas que hubo un problema… y listo.

Metí la mano dentro de sus calzoncillos y los bajé, liberando una polla gruesa que hacía juego con su barriga. Olía a limpio, cosa que me dejó mucho más tranquila. Levanté la vista y lo vi mirando al techo, con la boca entreabierta y los dientes apretados, resoplando entre ellos. Tenía los puños cerrados muy cerca de mi cabeza, como si tratara de contener la necesidad de aferrarme los cabellos y empezar a follarme la boca

—     Asiente si me has entendido.

Se lo dejé claro, más que nada porque si de pronto me metía todo aquello en la boca, se corría de dos lametazos y luego escurría el bulto me entrarían ganas de matarlo. Y en ese momento no llevaba mi arma reglamentaria en el bolso, así que tendría que tirarlo al suelo, retorcerle un brazo y hacer que llorara hasta que entrara en razón.

Pero él, muy listo, mientras comenzaba a subir y bajar la mano por su polla, y le mostraba el preservativo fuera de su envoltorio, listo para poner sobre su capullo sonrosado, tomó la caja de la muñeca del estante e hizo un gesto afirmativo muy contundente con la cabeza.

—     Me encanta hacer negocios contigo.

Ya después, cuando llegué a casa de mi hermana con el maldito juguete, seguía manteniendo el sabor del látex en la boca. Como sospeché, habían hecho falta sólo un par de lametones para que empezaran a temblarle las piernas. Aferré su capullo con los labios y chupé hasta que aquel tipo dejó de gritar y golpear la pared donde tenía apoyada la espalda, con los puños cerrados.

Hasta que el preservativo se llenó de su leche espesa y su polla dejó de estar tan dura e hinchada que apenas si me cabía en la boca.

Pero eso, claro está, no se lo dije a mi hermana.

Le entregué la muñeca y ella no hizo muchas preguntas, sólo si me debía algo. Le entregué la factura. Que le hiciera favores a mi hermana no quería decir que al final tuviera que pagarlos también. En el albarán de pago de mi empresa -Servicios Completos, S.L.- que leería después, cuando me marché de su casa, había escrito el precio de la muñeca… y el del preservativo con sabor a fresa.

Pero nunca hacía preguntas.

Y yo tampoco las respondía.

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