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	<title>Cartas de mi Puta</title>
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	<description>¿Lees novela erótica...?</description>
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		<title>El Fantasma de la Ópera</title>
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		<pubDate>Sat, 31 Oct 2015 21:01:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela Gracia]]></dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Vale. Sé que es una locura, pero no me puedo resistir. No sé si es producto de la cantidad de azúcar que he ingerido mientras vigilaba al grupo de niños que acompaño esta noche, a los tres chupitos de tequila que me bebí para darme valor y salir con estas pintas a la calle, o si simplemente esa media máscara de “El fantasma de la Ópera” me ha dejado fuera de combate.</p>
<p>¡O la capa!</p>
<p>Camisa impecablemente blanca, pantalón tan negro y ajustado que no pude apartar los ojos de la obscena entrepierna que se abultaba bajo la tela, y una enorme capa oscura en plan vampiro de película antigua -no como esos de ahora, que brillan a la luz del día en vez de convertirse en polvo con los primeros rayos de sol- cerraban el atuendo.</p>
<p>Un ojo oscuro mirándome&#8230;</p>
<p>Y una caja de madera antigua, con letras en inglés pintadas a espray que creo que quieren decir “elementos de atrezo”, llena de chucherías para encandilar a los más pequeños. </p>
<p>El inglés nunca ha sido mi fuerte, y podría decir cualquier cosa.</p>
<p>“Restos de las mujeres a las que he seducido”</p>
<p>En fin&#8230;</p>
<p>El grupo que custodiamos otras cuatro mujeres y yo está compuesto por doce niños del vecindario, todos monstruosamente disfrazados y cargados hasta las trancas de azúcar. Maldita la hora en la que me dio por apuntarme a esa lista en la que solicitaban ayuda para vigilar que no se extraviara ningún enano entre casa y casa, con tanto vampirito y brujilla cruzando las calles desiertas de coches.</p>
<p>Este día la vecindad tenía por costumbre reducir a cero el transito de vehículos para que ningún niño ni padre pudiera resultar atropellado.</p>
<p>	Será divertido -me dijo mi vecina, que tenía tres niños pequeños y que al parecer no se perdía una fiesta de aquellas desde que a alguien le dio por ponerla de moda hace unos años-. Los pequeños se portan genial y te lo pasas muy bien saludando a los vecinos.</p>
<p>Y como no tengo hijos ni marido pero sí un perro que se pone a ladrar detrás de la puerta cada vez que uno de esos grupos de zombis disfrazados toca al timbre, me pareció que podía ser buena idea y estar del lado del que pide en vez de del lado en el que se dan chucherías. Todo sea por variar un poco.</p>
<p>“Rufus, esta noche te quedas solo ante el peligro. Vigila el fuerte para que no nos asalten la casa los vampiros. Y no ladres demasiado”.</p>
<p>Encresparme el pelo, pintarme los labios de negro y ponerme un vestido de esos que sólo te pones para celebrar la llegada del Año Nuevo en una fiesta muy pija y que no te volverás a enfundar porque todos tus amigos ya te lo vieron. Sí, de esos vestidos que guardas no sabes bien por qué pero que ni muerta vuelves a ponerte. ¡Jamás lucirás dos veces el mismo vestido en Fin de Año! Era uno de los mandamientos de las mujeres, y yo me lo tomaba muy en serio. Otro decía que no hay que ir de blanco a las bodas, ni de negro, y preferiblemente tampoco de rojo. Pero ese mandamiento era más complicado de cumplir cuando el rojo sentaba tan divinamente a todo el mundo. </p>
<p>Aquella noche, tras mirarme al espejo y comprobar que estaba terroríficamente divina, y tras tomarme tres copas para no echarme atrás y ponerme el pijama para repartir chocolatinas mientras bizqueaba para darle a mi atuendo algo apropiado para la noche de Halloween, abrí la puerta y me reuní con el grupo de madres que llevaría a los engendros de casa en casa.</p>
<p>Había metido en un bolso un par de huevos y unos rollos de papel higiénico, por si las moscas.</p>
<p>Era lo que se llevaba, ¿no?</p>
<p>Y allí estábamos, delante de la casa que había permanecido cerrada durante cinco años después de que los Hernández se separaran y decidieran ponerla a la venta. Y allí abrió la puerta él, para nuestra sorpresa, ya que no sabíamos que la casa volviera a estar habitada.</p>
<p>Al menos yo no lo sabía&#8230;</p>
<p>El Fantasma de la Ópera nos miró como si fuéramos el primer grupo de niños que pasaba por allí aquella noche. Muy teatral, muy apropiado&#8230;</p>
<p>Estaba muy bueno nuestro nuevo vecino&#8230;</p>
<p>	¿Es azúcar lo que habéis venido a buscar? -preguntó, con voz grave y musical, como si estuviera sobre el escenario de algún teatro y tratara de hacerse escuchar sin micrófono hasta en la última fila de asientos del gallinero.</p>
<p>Y nuestros monstruitos asintieron con la cabeza y se abalanzaron, escaleras arriba, hasta la puerta donde les esperaba el dueño de la casa con una enorme caja llena hasta arriba de golosinas.</p>
<p>La caja donde podía guardar cualquier cosa&#8230;</p>
<p>Pensé que no me vendría nada mal dejar que aquel fantasma me diera de comer alguna de las chucherías con esos dedos largos y enguantados en hilo blanco. No conseguía dejar de mirar esas manos, ágiles y fuertes, mientras llenaba las bolsas de nuestros niños.</p>
<p>“Si hay chocolate en esa caja, allá que voy&#8230;”</p>
<p>	Deja de babear, que parece que te ha dado un ictus.</p>
<p>Mi amiga, la madre de los tres pequeños demonios que ahora se peleaban por los caramelos de colores, me dio un codazo para sacarme del estado de hipnotismo en el que me había sumido mirando las manos del fantasma con capa. Le devolví el favor lanzándole una mirada asesina, echando en falta esos poderes de bruja con los que poder transformarla en un gordo y feo sapo. </p>
<p>	¡A que te echo una maldición! -exclamé, esgrimiendo con gracia mi varita mágica.</p>
<p>	Si salieras más de casa te habrías enterado de que se mudó hace quince días, y que sale a correr todas las noches a las once con unos pantalones tan ajustados que no hace falta imaginárselo desnudo. Con cambiarle el color en la mente ya le estás viendo el trasero.</p>
<p>Habría que cambiar el horario de sacar a pasear a mi perro por las noches&#8230;</p>
<p>	Si tú trabajaras en un horario tan largo como el mío no tendrías tiempo de espiar a los vecinos a través de la mirilla.</p>
<p>	¿Quién dice que lo hago a través de la mirilla? Me he acostumbrado a sacar la basura precisamente a la hora en la que pasa delante de mi casa.</p>
<p>Y ese dato se le ocurría dármelo precisamente en ese momento&#8230;</p>
<p>	Arpía&#8230;</p>
<p>Mi amiga se rió y yo volví a mirar al nuevo vecino, de rostro enigmáticamente sensual, cabello engominado hacia atrás y labios pecaminosamente seductores. Estaba tratando de encontrar una excusa para abalanzarme sobre él y quitarle la máscara cuando los enanos ya estaban bajando las escaleras a toda prisa, en pos de una nueva puerta en la que recitar lo de “Truco o Trato”. Mi amiga siguió riendo cuando comenzó a caminar detrás del grupo de niños, dejándome allí plantada, mirando al fantasma, mientras de pronto él se percataba de que había una bruja que no seguía el grupo que hasta hacía un momento asaltaba sus reservas de golosinas.</p>
<p>Me vi dejando que me levantara la falda de tul y que mordisqueara mis nalgas. Y eso que aún no había probado el sabor de sus labios&#8230; Tenía que aprender a empezar por el principio. Un “hola, ¿qué tal?” estaría bien. “Soy tu vecina de tres números más arriba. Cuando quieras podemos salir juntos a correr, aunque tendré que ir detrás porque no estoy en muy buena forma”.</p>
<p>Y así aprovecharía para mirarle el culo&#8230;</p>
<p>Pero no. En vez de eso me veía pidiéndole que me envolviera en sus brazos y me llevara directamente a su dormitorio. Que me descubriera los entresijos de su colchón mientras gemía y se enteraba todo el vecindario de que había alguien viviendo por fin -y follando también- en casa de los Hernández. Que no se desnudara para hacerlo y que no me desnudara a mí tampoco.</p>
<p>Que mi cabello terminara aún más revuelto de lo que estaba&#8230;</p>
<p>Me calé mejor el sombrero puntiagudo de bruja y agité la barita retorcida que llevaba en la mano.</p>
<p>Se inclinó con una elegante reverencia, tocándose la máscara blanca que le ocultaba la mitad del rostro con dos largos dedos.</p>
<p>Y sin más desapareció en el interior de la casa, dejando la puerta abierta.</p>
<p>Y sin más pensé que era un buen momento para preguntarle si podía usar su cuarto de baño. No era la primera vez que entraba en casa de los Hernández. Sabía que el baño quedaba, como en todas partes, al fondo&#8230; a la derecha.</p>
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		<title>No me prometas&#8230;</title>
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		<pubDate>Tue, 27 Oct 2015 15:25:16 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela Gracia]]></dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>No me prometas… No me prometas amor en todas tus cartas, en todos tus mensajes, en todas tus miradas. No me prometas caricias con una piel que está tan lejos de la mía que no seré jamás capaz de sentirla en la distancia. No me prometas… No me prometas que …
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				<content:encoded><![CDATA[<p>No me prometas…</p>
<p>No me prometas amor en todas tus cartas, en todos tus mensajes, en todas tus miradas. No me prometas caricias con una piel que está tan lejos de la mía que no seré jamás capaz de sentirla en la distancia. </p>
<p>No me prometas…</p>
<p>No me prometas que siempre estarán tus dedos haciendo bucles en mis cabellos. No me prometas tu ropa en mi armario, tu coche en mi garaje y tus libros ocupando baldas en mis paredes. No me prometas besos dulces con final amargo cuando te veo alejarte por el pasillo del aeropuerto, cuando doy otra vez vuelta al reloj de arena para que caigan los granos hasta que tu mano lo arroje de tu lado de la cama en el próximo viaje.</p>
<p>Me he acostumbrado a barrer la alcoba cada vez que estás de regreso…</p>
<p>Cuando eso sucede, cuando me arrojas sobre la cama y arrancas los botones de tus pantalones vaqueros… las promesas pierden importancia.</p>
<p>Y lo único que tengo en mente es hacer desaparecer el aire que separa nuestros cuerpos cuando veo tu verga erecta.<br />
No quiero nuestra historia en una foto de un folleto de viajes para el día de los enamorados. Quiero que siga siendo algo prohibido, que se espía desde la clandestinidad y que arranca gemidos de gargantas heridas y mordidas en los labios, envidiosos del deseo que nos profesamos.</p>
<p>No me prometas un futuro reflejado en una bola de cristal, que las cábalas hay que dejarlas a la gente que juega a la lotería. Y nosotros sólo sabemos jugar a meternos en el cuerpo del otro, a darnos placer hasta caer extenuados, y a limpiar luego con saliva y lengua viciosa el sudor que nos provocamos.</p>
<p>No me prometas el cielo y la tierra, la luna o las estrellas, que de letras hipotecadas están hechos los sueños y los dos sabemos que nuestro sitio está más bien en el infierno. Allí, entre los cuerpos que antes que nosotros disfrutaron del placer de la carne y ardieron consumidos en el orgasmo, reposarán nuestros huesos fundidos aunque nuestras almas estén destinadas por siempre a vivir separadas.</p>
<p>No me prometas nada… y entrégate por entero.</p>
<p>Perverso como sólo yo sé que eres, dulce como nadie te imagina. Mis dedos tienen la llave que te despoja de la coraza seria con la que te proteges y a la que te aferras. Mis dedos te la devuelven cada vez que se alejan de mí tus suelas…</p>
<p>No necesito imaginarme llegando a vieja contigo para saber que lo que siento ahora vale la pena. No reivindico que el mismo techo nos cubra para poder legalizar lo que otros censuran y critican por desconocido. No me importa que al mirarme en el espejo no estés detrás de mí reflejado, tomando mis mejillas y elevando las comisuras de mis labios para dibujar una sonrisa con la punta de tus dedos.</p>
<p>Sonrío sola… sonrío sin ti y contigo.</p>
<p>No te necesito en mi vida… y sin embargo te quiero en ella.</p>
<p>No me prometas amor eterno, que para eternas ya están las telenovelas…</p>
<p>Yo lo que quiero es sentirte en el aquí y ahora, en el chocar de cuerpos pecaminoso que haría que mi madre se echara las manos a la cabeza. Lo que necesito es saber que cuando tu lengua se enreda con la mía en el interior de tu boca no te importa no respirar mientras mis labios sigan besándote y mis uñas te arañen la espalda. Lo que quiero es no darle otro nombre a lo que siento por más que se empeñen en mancillar nuestros actos. Me muero por estar abrazada a tu cuerpo aunque sólo pueda hacerlo un par de veces al año…<br />
Quiero gemir contra tu garganta sin promesas. Quiero que te corras en mi boca y sacies la sed que se acumula en ella por tu ausencia. Quiero que cuando estés no importe nada y que cuando te vayas sientas que arde la sangre en tus venas. Quiero ser el frío que apacigua tu piel mientras duermes cuando es tu torso el que calienta mi espalda sin sábana pudorosa que nos proteja.</p>
<p>Quiero sentirme así ahora. Tierna y perversa, dulce y obscena. Quiero transformarme entre tus manos y secar mis lágrimas mientras vuelvo a darle la vuelta al odioso reloj de arena.</p>
<p>No te puedo prometer nada porque ni el amor es eterno. De pequeña me enseñaron a jurar con los dedos cruzados detrás de la espalda, y ahora lo hago con la mente mientras mis ojos y tus ojos se cierran, mientras se prometen mentiras nuestras bocas y se desnudan nuestras almas a los pies de la cama.</p>
<p>El suelo vuelve a estar lleno de arena.</p>
<p>No quiero llamarlo amor… porque me da miedo.</p>
<p>Y no quiero que lo llames amor… porque suena a promesa.</p>
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		<title>Olores en piel ajena</title>
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		<pubDate>Mon, 24 Aug 2015 11:08:06 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela Gracia]]></dc:creator>
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		<description><![CDATA[<p>¿Tu piel aún no lo entiende? Has hecho cincuenta y cuatro veces la maleta… y te la he deshecho cincuenta y cuatro. ¿No te dice eso algo… a estas alturas? No, tu piel no lo entiende. Me gusta deshacer tus maletas… Sé que tratas de borrarme todas las noches, cuando no …
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				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">¿Tu piel aún no lo entiende?</p>
<p style="text-align: justify;">Has hecho cincuenta y cuatro veces la maleta… y te la he deshecho cincuenta y cuatro. ¿No te dice eso algo… a estas alturas?</p>
<p style="text-align: justify;">No, tu piel no lo entiende.</p>
<p style="text-align: justify;">Me gusta deshacer tus maletas…</p>
<p style="text-align: justify;">Sé que tratas de borrarme todas las noches, cuando no regreso a casa de madrugada, mientras lloras y mojas las sábanas. Sé que desarmas los cajones, que tiras por las ventanas mis papeles, que te metes en la ducha y tratas de sacarte mi olor en ella.</p>
<p style="text-align: justify;">Sé que te hago daño…</p>
<p style="text-align: justify;">También sabes que me importas.</p>
<p style="text-align: justify;">No me dejas porque cada pieza de ropa que metes en esa horrible y estúpida maleta tiene grabada la imagen de cuando te desnudé y las hice caer al suelo, rodando por tu piel para exponerla a mis ojos lascivos. No la cierras y la coges por el asa porque no consigues llevarte los momentos que nuestras sombras fueron dejando marcados en las paredes de mi casa, mientras apartaba tus cabellos de tu cuello para morderte en ese ángulo del hombro que te hacía perder la cabeza.</p>
<p style="text-align: justify;">Que te hace perder la razón…</p>
<p style="text-align: justify;">No abres la puerta porque tienes demasiados recuerdos de tu cuerpo sobre esa madera maldita y gastada, sobre la que mil veces he apoyado tus nalgas desnudas, metiendo mis caderas entre las tuyas para apartar las lágrimas de angustia de tus mejillas, bebiéndomelas todas…</p>
<p style="text-align: justify;">Mil veces has tratado de huir de mí cuando llegaba a una hora que no era, de ninguna de las maneras, apropiada…</p>
<p style="text-align: justify;">Pero eso no es lo que más te destroza el alma, ¿verdad?</p>
<p style="text-align: justify;">Por la mañana, tras dejar que mi lengua te recorriera entera, te hiciera gemir y estremecer, y arrancara tus penas de los ojos enrojecidos y rabiosos por la impotencia, me llevabas a la ducha. Allí me desnudabas siempre, cerrando los párpados para no mirarme y ver las marcas, pero sabiendo que estaban allí como si las estuvieras recorriendo con la yema de los dedos… Lo que no podías hacer era dejar de oler los otros perfumes que venían prendados de ella y para los que no encontrabas escapatorias… ni yo excusas.</p>
<p style="text-align: justify;">Entrabas conmigo en la ducha, abrías el grifo sin mirarme, y poniéndome de espaldas hacías correr el agua desde mis hombros a mis nalgas… llevándose las gotas sus olores.</p>
<p style="text-align: justify;">Llevándoselas a ellas. A todas. A la de siempre…</p>
<p style="text-align: justify;">Dejabas que el agua cayera, purificadora, mientras por tus mejillas volvían a correr tus lágrimas, queriendo que fueran capaces de llevarse las tristes verdades por el desagüe…</p>
<p style="text-align: justify;">Frotabas con la esponja con el olor que compraste para mí… que disimulaba el olor que dejaban las otras, observando la espuma resbalar desde los hombros a las nalgas, haciendo el giro en la curva de mi cadera, donde tantas veces te enganchabas para dejarte amar como si fueras la única…</p>
<p style="text-align: justify;">El recuerdo de ellas se iba sumidero abajo, al igual que tus lágrimas.</p>
<p style="text-align: justify;">Yo deshacía, entonces, tu maleta…</p>
<p style="text-align: justify;">Cajones abiertos, papeles revueltos, sábanas rasgadas, cristales rotos por cualquier parte. Levantaba la cabeza, te miraba y extendía la mano… y tú acudías a tomarla y a llevarla a tu mejilla, para apoyar la cabeza y buscar la seguridad que se había llevado las horas oscuras de la noche a solas. Cerrabas los ojos, llorabas en silencio… y besabas mi palma abierta, saboreando el salado de tus lágrimas y las caricias que te había negado de ellas, regalándoselas a otras.</p>
<p style="text-align: justify;">Adorabas mis manos.</p>
<p style="text-align: justify;">Cincuenta y cuatro veces deshice tu maleta… y allí estaba la número cincuenta y cinco. Llena, abierta, con las prendas colocadas de cualquier manera. Me la pusiste al lado de la cama, en el suelo, donde solían reposar las ropas cuando te las arrancaba del cuerpo con ansia y hambre, delante de la puerta que nunca cerrábamos porque generábamos demasiado calor en el interior como para que nos valiera sólo abrir las puñeteras ventanas…</p>
<p style="text-align: justify;">La calle despertaba fuera… y tú no estabas dormida en la cama.</p>
<ul style="text-align: justify;">
<li>No me engañas… no te has ido sin la maleta-, susurré, recorriendo con la vista la alcoba revuelta, como siempre la dejabas tras el berrinche de mi ausencia.</li>
</ul>
<p style="text-align: justify;">Todos los muebles tenían encima velas encendidas, y varias varitas de incienso se consumían en retorcidas volutas de humo, llenándolo todo de cenizas. Llamas que bailaban al son que marcaba la brisa de la mañana que entraba por la ventana abierta. Fuera, sirenas con ínfulas de urgencia impregnaban el asfalto, y los trinos de los pájaros me regalaron sus mentiras alegres, enredando las notas en las ramas de los árboles que no miraba.</p>
<p style="text-align: justify;">La habitación olía a todo… menos a nosotros.</p>
<p style="text-align: justify;">En el baño corría el agua. Las sombras generadas por el baile de las llamas me condujeron por un suelo de madera mojado, donde las huellas de tus pies pasaron a pisar la cerámica blanca y negra de la greca que siempre te había enamorado, y sobre la que tantas veces cubrí tu cuerpo con el mío, al lado de la bañera, aferrando tus cabellos para que me ofrecieras tu cuello para lamerlo.</p>
<p style="text-align: justify;">El grifo de la ducha estaba abierto… dejando correr el agua.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero tú estabas en la bañera.</p>
<p style="text-align: justify;">También en el lavabo había velas, y sobre el mueble de las toallas, y en las esquinas… Por todas partes titilaban las llamas. Imagino que también había incienso aunque no me puse a buscarlo. El olor era tan cargante que no entendí que pudieras respirar allí, a pesar de que estuviera también la ventana del baño abierta. Tus curvas se escapaban, rompiendo la continuidad de la superficie del agua, extrañamente blanca. Los cabellos revueltos se arremolinaban en torno a tu rostro, con los ojos cerrados y los labios deliciosamente abiertos.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero tu piel era otra…</p>
<p style="text-align: justify;">Roja, arañada, raspada…</p>
<p style="text-align: justify;">Las nalgas, los muslos, el abdomen y la espalda. Los pechos, los brazos, y ese ángulo del hombro que tantos gemidos me había regalado. Incluso las mejillas estaban sonrosadas.</p>
<p style="text-align: justify;">Había rastros de sangre en la esponja con la que tantas veces lavaste mi espalda…</p>
<p style="text-align: justify;">Habías frotado con ella tu cuerpo durante horas, a la luz de las velas…</p>
<ul style="text-align: justify;">
<li>Si no consigo que huelas a mí tal vez me sirva no oler yo a ti…</li>
</ul>
<p style="text-align: justify;">Tus palabras sonaron tan amargas…</p>
<p style="text-align: justify;">Me apoyé en el borde de la bañera exenta, esa con patas torneadas que elegimos juntos en un arrebato en un viaje a Venecia, y que sabíamos que ninguno de los dos podía permitirse de lo cara que era. Simplemente nos vimos dentro, rodeados de blanco, gozando de los placeres de la carne del otro, mientras el agua rebosaba con cada uno de los movimientos de nuestras caderas…</p>
<p style="text-align: justify;">De tus caderas cabalgando las mías, con tus pechos erizados rogando caricias que dejaban marca.</p>
<p style="text-align: justify;">Nos vimos llenándola de espuma hasta dejar perdido el cuarto de baño. Tuve que reformar toda la estancia para que cupiera la puñetera bañera, y reforzar el suelo por si era tan pesada que la vieja estructura de nuestro nido -perdido en un ático desde el que la ciudad despertaba antes porque a nuestra ventana siempre acudía antes el sol de la mañana- se venía abajo y caía dejando un simpático agujero desde el que espiar a los vecinos en su cuarto de baño…</p>
<p style="text-align: justify;">Reformé sin dinero porque era nuestra bañera.</p>
<p style="text-align: justify;">Porque en ella iba a arrancarte los mayores gemidos, y tú ibas a llevarte mil veces en ella la polla a la boca.</p>
<p style="text-align: justify;">No sé si ya habíamos cumplido ese objetivo y teníamos que renovar los votos. No soy hombre de llevar muchas cuentas…</p>
<p style="text-align: justify;">Mis orgasmos siempre los recuerdas tú… al igual que yo me regocijo en todos los que le arranco a tu entrepierna. ¿Quién puede enumerarlos?</p>
<p style="text-align: justify;">El agua no olía a nosotros. Era un aroma nuevo, malicioso e insultante, como lo era ahora la imagen de la maleta abierta a los pies de la cama, sobre un millón de papeles rotos, partituras y cartas que nos enviábamos para volver a conquistarnos el uno al otro… tras nuestras eternas peleas.</p>
<p style="text-align: justify;">Tu piel no olía a mí… pero eso tenía arreglo.</p>
<p style="text-align: justify;">Me diste la espalda, mostrando las nalgas perfectas saliendo de la superficie blanca del agua. La curva de tu cintura se arqueó, alejando tu piel y sumergiéndola para buscar refugio en el nuevo aroma que habías elegido para olvidarme…</p>
<p style="text-align: justify;">Para sustituirme.</p>
<p style="text-align: justify;">Llevé un dedo a tu cuello y lo hice resbalar por la espalda, marcada de rojo, donde habías despedazado la piel para arrancarme de ella con la maldita esponja. La tomé en la mano, la escurrí y la arrojé contra el rincón, derribando las velas que emponzoñaban nuestro baño con ese olor que no reconocía. Rodaron, derramaron esperma, se apagaron al poco…</p>
<p style="text-align: justify;">No era tan difícil devolver nuestro olor a nuestro baño… a nuestras pieles.</p>
<ul style="text-align: justify;">
<li>No vas a dejarme… no puedes.</li>
</ul>
<p style="text-align: justify;">Sumergiste la cabeza, haciendo que tus cabellos dibujaran bucles caprichosos alrededor. Me dieron ganas de aferrarlos en una cola y arrastrar tus labios a los míos, para que volvieran a saber a mí…</p>
<p style="text-align: justify;">Pero en ese momento olían a otra, y seguro que también iban manchados de carmín…</p>
<p style="text-align: justify;">Sacaste la cabeza las aguas blancas, del olor que me era esquivo, y giraste el cuerpo para que admirara tus pechos tersos coronados de las deliciosas areolas que siempre me ofrecías en la boca cuando me cabalgabas, empalada hasta el alma.</p>
<p style="text-align: justify;">Quise lamerlas…</p>
<ul style="text-align: justify;">
<li>No quiero recordarte… No quiero oler a ti.</li>
</ul>
<p style="text-align: justify;">Quise decirte que aceptaba la apuesta. Por más que frotaras tu piel para sacarme de ella siempre encontraría la forma de volver a ella, porque a pesar de todo me querías, y porque a pesar de todo… no sabía vivir sin ella.</p>
<p style="text-align: justify;">Sin ti…</p>
<p style="text-align: justify;">“Y con todas si duermes a mi lado…”- habría susurrado Sabina, mientras me dejaba abrazar desde la espalda, con tu pierna en mi cadera, tras follarte con la rabia del que sabe que no soy feliz en otro lado, mientras la humedad de tu sexo se secaba y mi semen manchaba las sábanas que hacían poco por cubrirnos la piel…</p>
<ul style="text-align: justify;">
<li>Cuando duermo sin ti… contigo sueño-. Las palabras que conocías, pero que tanto te dolían. No había necesidad de repetirlas. No iban a servir de nada, y me las tragué, junto con ese nuevo aroma…</li>
</ul>
<p style="text-align: justify;">Quité el tapón de la bañera, cogí el grifo de la ducha y apagué con el agua todas las velas del baño, dejando perdido el suelo. Pateé las botellas que contenían la nueva esencia y tomé de la repisa el gel que tantas veces habías usado para arrancar los restos de las otras.</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando regresé a la bañera el desagüe se llevaba los últimos restos de agua blanca, y por tus mejillas habían vuelto a correr las lágrimas.</p>
<p style="text-align: justify;">Di la vuelta a la botella e hice que el gel llegara a tu piel, desde la cadera al muslo, manchándola como me gustaba hacer con mi esencia blanca en el momento de mi orgasmo. Luego los pechos, el abdomen y la espalda. Gasté el puñetero bote y lo mantuve apretado con rabia minutos después de que ya no cayera absolutamente nada de él.</p>
<p style="text-align: justify;">Oliéndote…</p>
<p style="text-align: justify;">Y tú llorando.</p>
<p style="text-align: justify;">Me despojé de las ropas y envolví tu cuerpo con el mío, dejando que volvieras a romper en llanto contra mi pecho, conteniendo las convulsiones de tu rabia con mis brazos.</p>
<p style="text-align: justify;">Oliendo a mí…</p>
<p style="text-align: justify;">Oliendo yo a lo que a ti te gustaba que oliera…</p>
<p style="text-align: justify;">Tenía que volver a deshacer otra maldita maleta. Y tal vez quemarla con las velas que permanecían encendidas en la alcoba, en la que ya reinaba la mañana… y que olía a otras personas…</p>
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		<title>Cinco microrrelatos eróticos&#8230;</title>
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		<pubDate>Thu, 20 Aug 2015 16:09:41 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela Gracia]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cartas de mi Puta]]></category>
		<category><![CDATA[Cartas de mi Puta y Otros Cuentos Eróticos]]></category>
		<category><![CDATA[fotografías]]></category>
		<category><![CDATA[gime]]></category>
		<category><![CDATA[microrrelatos]]></category>
		<category><![CDATA[polla]]></category>
		<category><![CDATA[sexo]]></category>
		<category><![CDATA[sumisa]]></category>
		<category><![CDATA[tequila]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Un microrrelato Fotografías. El desparpajo que mostraste al mandarme la palma abierta de tu mano en una sencilla foto, donde se mostraba un anillo que siempre echaré de menos en el quinto dedo. Me hizo imaginarte apoyándola sobre mis nalgas antes de embestirme por detrás, gimiendo como no sabía que …
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]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Un microrrelato</p>
<p><span style="text-decoration: underline;"><strong>Fotografías.</strong></span></p>
<p>El desparpajo que mostraste al mandarme la palma abierta de tu mano en una sencilla foto, donde se mostraba un anillo que siempre echaré de menos en el quinto dedo. Me hizo imaginarte apoyándola sobre mis nalgas antes de embestirme por detrás, gimiendo como no sabía que hacías porque nunca había escuchado tu voz antes.</p>
<p>Tus dedos… Esos que aferraron unos días más tarde tu polla para mandarme la segunda foto, que destrozó la poca resistencia que me quedaba. Tu mano cerrada sobre el trozo de carne que necesitaba sentir introduciéndose por los agujeros de mi cuerpo; los que quisieras usar, de la forma que desearas. Provocadora, sutil y perfecta.</p>
<p>Y la última, rasurándote la pelvis con navaja de barbero, preparando tu anatomía para que mi lengua fuera a lamerte donde antes la cuchilla despobló el vello púbico.</p>
<p>Así caí, con tres fotografías&#8230;</p>
<p>Dos microrrelatos</p>
<p><span style="text-decoration: underline;"><strong>Gime&#8230; que te observo.</strong></span></p>
<p>Gime. Se revuelve en la cama gime. Me atrevo a pensar que son mis manos las que la tienen en ese estado. Gime, la boca se abre para exhalar un suspiro, y sus dientes blancos se perfilan a la vez que se contrae su rostro. Es joven, sus cabellos no han conocido el tinte por suerte, y su piel huele a almizcle y a pecado. Conozco el nombre que tuvieron a bien ponerle sus padres, hace ya unos veinte deliciosos años, pero a mí me gusta más llamarla María.</p>
<p>La observo todas las noches, y la sueño de día. Imagino que huele a sexo, que su sudor es más salado que su entrepierna, y que sus labios tiemblan porque mis dedos se escabullen entre sus sábanas para hacerla vibrar. Imagino que aferro sus cabellos para guiar su cabeza a mis labios.</p>
<p>Y vuelvo a recrearme en el instante en el que separa las piernas, esconde su mano, y busca seguir gimiendo&#8230; para mí.</p>
<p>Tres microrrelatos</p>
<p><span style="text-decoration: underline;"><strong>Intimidad.</strong></span></p>
<p>La pasión no se demuestra mientras tienes las piernas separadas, entregando tu vientre a la verga que aferra entre los dedos. La complicidad no se plasma en dos bocas entrelazando lenguas, mordiendo labios, explorando paladares ávidos de carne compacta. La plenitud no se destila de los dedos entrelazados entre embestidas, con ojos clavados en los gestos del contrario, esperando su clímax. La entrega no reside en rendirle tu cuerpo para que lo use como quiera.</p>
<p>No hay mayor intimidad que la de mirarte en sus ojos por la mañana, con los cabellos desmadejados, y que acudan sus dedos a retirarte las legañas. Si te quedas a mi lado mañana ven a besar mis ojos tras haberte reído de mi aspecto cuando aún no he logrado despertar el alma. Vengan tus dedos a desperezarme, que ya tomaré conciencia de la vida cuando tu polla se entierre en mi cuerpo con saña.</p>
<p>Cuatro mmicrorrelatos</p>
<p><span style="text-decoration: underline;"><strong>Mi bebida&#8230;</strong></span></p>
<p>Destilado ardiente que me abrasa la garganta, como me abrasan tus labios al probarlo de mis labios. Líquido puro y cristalino que a través de su prisma en el vaso desdibuja tu imagen para recomponerla luego a mi antojo cuando la embriaguez abandone mis venas. Compañero de penurias cuando una polla falta, que me ayuda a imaginarla ensartada en mis entrañas…</p>
<p>Déjame lamer la sal de tu sudor para acompañarlo, de la parte de tu cuerpo que prefieras…</p>
<p>… Que el limón ya lo podré yo con la acidez de mi entrepierna.</p>
<p>Cinco microrrelatos</p>
<p><span style="text-decoration: underline;"><strong>Respirar.</strong></span></p>
<p>Respiré porque mi psiquiatra quería que lo hiciera, pero el aire estaba viciado con tu aroma; ese que no podía sacarme de debajo de la piel aunque pudiera arrancármela a tiras. Respiré… pero no me sirvió de nada. Sólo respiro cuando tu mano está posada sobre mi vulva abierta y mojada, y no sé si lo siguiente que sentiré será una caricia o una fuerte palmada. Si gemiré de placer o de dolor, si moriré de gusto bajo la presión de tu mano, o me perderé en los interminables minutos que pasan mientras tus dedos deciden si me van a follar con fuerza, como lo haría tu polla si tuvieras ganas…</p>
<p>No puedo respirar si no soy sumisa. Adoro respirar el aire que tú respiras&#8230;</p>
<p>Me asfixié porque la psiquiatra quería que tomara las riendas de mi vida y que te apartara de ella. Me asfixié porque yo no quería&#8230;</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>El lunar de mis besos</title>
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		<pubDate>Wed, 29 Jul 2015 18:44:49 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela Gracia]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cartas de mi Puta]]></category>
		<category><![CDATA[Cartas de mi Puta y Otros Cuentos Eróticos]]></category>
		<category><![CDATA[besos]]></category>
		<category><![CDATA[cuerpo]]></category>
		<category><![CDATA[hombre]]></category>
		<category><![CDATA[lunar]]></category>
		<category><![CDATA[piel]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>Recuerdo aún cuando en el colegio se reían de un lunar que tengo justo al inició de la mandíbula inferior, donde apenas faltan unos milímetros para llegar al lóbulo de la oreja. Era un lunar pequeñito, pero ninguna de mis amigas tenía uno a la vista, ni escondido tampoco, y …
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]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: justify;">Recuerdo aún cuando en el colegio se reían de un lunar que tengo justo al inició de la mandíbula inferior, donde apenas faltan unos milímetros para llegar al lóbulo de la oreja. Era un lunar pequeñito, pero ninguna de mis amigas tenía uno a la vista, ni escondido tampoco, y les llamaba la atención que a mí, de pronto, me hubiera aparecido uno.</p>
<p style="text-align: justify;">Mi madre, tras escucharme sollozar por las burlas de mis compañeras de colegio, observó con detenimiento el lunar en cuestión.</p>
<p style="text-align: justify;">&#8211; Es especial. Alguien ha deseado ponerlo ahí- me susurró, pasándome un mechón de pelo por detrás de la oreja-. Debes llevarlo a la vista, porque gracias a él esa persona va a reconocerte.</p>
<p style="text-align: justify;">Lo llamó &#8220;el lunar de tus besos&#8221;.</p>
<p style="text-align: justify;">Empecé a lucirlo con orgullo, ese y los otros que se fueron instalando en mi cuerpo. Uno en el inicio de una nalga al llegar la pubertad, y al cumplir la adolescencia otro cerca del pezón derecho. Empecé a llevar blusas transparentes para que el hombre que lo hubiera deseado en mi cuerpo pudiera reconocerlo, porque soñaba con el momento en el que llegara a pedirme permiso para besarlo.</p>
<p style="text-align: justify;">O que lo besara&#8230; sin pedir permiso.</p>
<p style="text-align: justify;">El de la nalga era más difícil de mostrar, por lo que en la playa me ponía siempre biquinis escasos de tela, y posteriormente me empeñé en ir a playas nudistas para que se pudieran contar sin reservas mis lunares.</p>
<p style="text-align: justify;">&#8211; ¿Cómo reconoceré al hombre que quiso poner los lunares en mi piel, mamá?- le pregunté, una noche, tras arroparme ella en la cama, al cumplir los quince años.</p>
<p style="text-align: justify;">&#8211; ¿Y para qué quieres reconocerlo?- contestó, con una dulce sonrisa dibujada en los labios. Esa sonrisa que tanto echaba de menos ahora, que seguía acudiendo desnuda a la playa, cuando hacía más de tres años que se la había llevado un accidente de coche.</p>
<p style="text-align: justify;">&#8211; Para decirle que los mire. Para decirle que soy yo.</p>
<p style="text-align: justify;">Ella me besaba todas las noches, pero nunca lo hacía sobre ese lunar cerca de mi oreja. Decía que debía reservarlo para el hombre que fuera a reclamarlo. No era un lunar para los besos de una madre.</p>
<p style="text-align: justify;">&#8211; Él sabe que está ahí. Sólo has de cruzarte en su camino.</p>
<p style="text-align: justify;">Llevaba siempre el pelo recogido en una cola de caballo, y me ponía pendientes pequeños para que ninguno pudiera ocultarlo. Me negué los jerseis de cuello alto, y casi todas las bufandas. Enfermé más de diez veces por lucir mi lunar en una noche fría, tras pensar que aquel hombre que me miraba lo hacía porque se había percatado de la presencia de mi lunar de los besos&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Esperé&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Pero mi madre murió y tardé un año en volver a mostrarlos. Se convirtieron en los lunares que nadie buscaba, en los lunares con los que había fantaseado entregando a alguien. El sexo que encontré en los hombres no era el que necesitaba, centrado en la atención de mi piel, de mi mente, de mis fetiches y fantasías.</p>
<p style="text-align: justify;">El sexo era simplemente sexo&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Me follaban y yo me dejaba sin ganas. Sus pollas tenían, de vez en cuando, algún lunar que yo iba a adorar, bajo la mirada extrañada de los dueños. No entendían que para mí el hecho de encontrar un lunar en un punto deseado hacía que sintiera unas enormes ganas de besarlo&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Lunares cerca de la boca. Lunares en la nuca. Lunares en la planta de los pies y en el dorso de las manos&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Llegué a ir al psiquiatra para hablarle de mi obsesión con los lunares. Llegué a ir al dermatólogo para enseñarle los puntos tan raros en los que alguien había decidido que se oscureciera mi piel, y en los que nadie reparaba. Iba al médico para que me los contara, por si aparecían más en la espalda y no lograba verlos. Iba a darme masajes para que se calmara el dolor que me producía que nadie quisiera besarlos&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">&#8211; Es normal tener un lunar en la cara- me decía mi médico, que guardaba fotos y medía sus tamaños por la ansiedad que me producía que siguieran apareciendo cada pocos meses otro-. Pero los seguiremos vigilando. No te preocupes, que ninguno tiene pinta de extraño.</p>
<p style="text-align: justify;">Por extraño yo entendía cáncer de piel, aunque él no quisiera decirlo abiertamente. No podía creer que mi madre se hubiera equivocado al decirme que el que los había puesto allí sería el hombre que los adoraría toda la vida, y que en vez de eso fuera alguien que deseara que yo enfermara gravemente, y que mi vida corriera peligro por ello.</p>
<p style="text-align: justify;">Me saqué fotos de estudio resaltando mis lunares. Hice un plano de mi cuerpo con las sendas que marcaban cada uno de ellos, recorriendo mis miembros. Estudié medicina para entender más sobre la piel, y empecé a escribir un pequeño diario donde confesaba lo que sentía cuando los tocaba en la intimidad de mi alcoba.</p>
<p style="text-align: justify;">Hice todo lo que pensé que había que hacer cuando un lunar era tan importante como el lunar de mis besos&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Me casé.</p>
<p style="text-align: justify;">Me divorcié&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Y al final me dediqué a organizar las fiestas de los demás, porque yo, con treinta y seis años, no tenía nada que celebrar.</p>
<p style="text-align: justify;">&#8211; Ese lunar está pidiendo que lo bese&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">Nadie me había susurrado esa frase hasta que lo conocí, aquella noche de verano. No pude verle el rostro porque estaba situado a mi espalda, pero su voz me dejó enganchada a sus palabras e hizo que me temblaran las piernas. Gemí con el calor de su aliento en mi cuello, y sé que pudo escucharlo.</p>
<p style="text-align: justify;">Gemí para él antes de verle los ojos.</p>
<p style="text-align: justify;">&#8211; Hazlo&#8230;</p>
<p style="text-align: justify;">El beso fue húmedo y cálido, morboso y pasional como nunca pude imaginar que iba a ser ese beso. Lo escuché y sentí a la vez, mientras sus manos tomaban mis hombros y seguían el ascenso hasta mi cuello. Era alto, sus manos eran fuertes y seguras, y sus labios gruesos y firmes. Continuó besando sin reparo maldito, con la licencia que yo le había dado y la picardía de quien decide que quiere seguir ganando más piel para seguir besando. Su boca dejó un sendero sobre el cuerpo rendido a sus deseos, y cuando quise darme cuenta la cremallera del vestido había cedido unos centímetros. Cuando me quise dar cuenta ya no estaba en el centro de la pista de baile de la discoteca de turno, sino en un lateral apartada, con la cabeza contra el frío muro de cemento, y su cuerpo pegado a mi espalda, siendo permiso sin hacerlo para seguir buscando los lunares que yo estaba loca por entregarle.</p>
<p style="text-align: justify;">Cuando me quise dar cuenta ya estábamos en su coche, con las luces apagadas y sólo una pequeña bombilla iluminando nuestros rostros.</p>
<p style="text-align: justify;">Fue entonces cuando comió de mis labios, y los devoró como si en ellos hubiera encontrado miles de lunares dispuestos a ser besados. Tenía los ojos profundos e intensos, con una mirada ardiente que me prometía el cielo si le dejaba llevarme.</p>
<p style="text-align: justify;">Y quise que contara cada uno de mis pequeños lunares, dichosa de haber encontrado a alguien que, por fin, quería seguir el sendero que ellos marcaban desde el empeine del pie izquierdo hasta el lóbulo de la oreja derecha, donde siempre dejaba a la vista el lunar de mis besos&#8230;</p>
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		<title>El boleto</title>
		<link>http://magelagracia.com/cartasdemiputa/el-boleto/</link>
		<comments>http://magelagracia.com/cartasdemiputa/el-boleto/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 21 Jul 2015 15:38:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela Gracia]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cartas de mi Puta y Otros Cuentos Eróticos]]></category>
		<category><![CDATA[Otros Relatos Eróticos]]></category>
		<category><![CDATA[amante]]></category>
		<category><![CDATA[boleto]]></category>
		<category><![CDATA[dinero]]></category>
		<category><![CDATA[lotería]]></category>
		<category><![CDATA[rico]]></category>

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		<description><![CDATA[<p>&#8211; ¡Dios! ¿Y qué voy a hacer con todo este dinero? Iba caminando por la acera, con el boleto de lotería en la mano, sin darme cuenta de que la gente tenía que ir apartándose de mi camino. No prestaba atención a la gente que tenía delante, ni a la …
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				<content:encoded><![CDATA[<p>&#8211;	¡Dios! ¿Y qué voy a hacer con todo este dinero? </p>
<p>Iba caminando por la acera, con el boleto de lotería en la mano, sin darme cuenta de que la gente tenía que ir apartándose de mi camino. No prestaba atención a la gente que tenía delante, ni a la que dejaba detrás y que se volvía para mirar cómo ni me disculpaba por provocar más de un accidente.</p>
<p>¿Qué se hacía con tantos millones?</p>
<p>La sonrisa dibujada en mi cara no pasaba desapercibida cuando la gente casi chocaba conmigo, pero si pisé a alguien, si dejé atrás a algún herido, o si los coches frenaron estrepitosamente cuando crucé los pasos de peatones sin un rumbo concreto no puedo asegurarlo. Acababa de salir del despacho de loterías y no me había planteado volver a casa. </p>
<p>¿Y dónde había ido a parar?</p>
<p>Levanté la vista, con la misma cara de éxtasis que debía tener tras un buen polvo –o probablemente tras veinte orgasmos seguidos-, y me encontré con la playa de frente. Avenida hacia izquierda y derecha, y el infinito mar azul delante de mis narices.</p>
<p>&#8211;	Me puedo comprar un velero…</p>
<p>La  mente se me llenó de imágenes de bañadores blancos y pamelas enormes, con copas de cava sobre una cubierta de madera de teka. No había terminado de dibujar el barco cuando de pronto preferí un yate enorme, con un capitán fornido vestido de uniforme que sólo tuviera ojos para mí, y que estuviera deseando acudir a mi camarote por las noches para planear el siguiente rumbo, mientras metía la cabeza entre mis piernas y me hacía gemir mientras yo elegía, sin la cabeza demasiado centrada, si deseaba una escala en Italia o en Grecia.</p>
<p>&#8211;	Me puedo comprar un apartamento en cada ciudad costera que visite…</p>
<p>Al girarme encontré la hilera de casas que se impregnaban del salitre de la estampa. Viviendas rectas, con enormes terrazas acristaladas, toldos blancos y hamacas de madera y ratán. Imaginé una cama con vistas al océano, decorada de blanco y azul, con cuadros en las paredes que yo misma habría pintado en mis ratos de ocio. Imaginé una colcha calada, como si de una red de pesca se tratase, con mi cuerpo desparramado sobre ella, y la piel de mi amante perfilada a mi lado, terminando de estremecerse bajo los estertores del orgasmo.</p>
<p>Una cama en cada puerto… y un amante distinto para rellenarla cada vez que abriera la puerta.</p>
<p>Sin darme cuenta bajé los tres escalones que me separaban de la arena y enterré los tacones en ella. Mientras avanzaba pensé que no me hacía falta tener una casa en cada sitio que visitara, sino una estupenda habitación de hotel siempre dispuesta a recibirme. Los números del boleto rondaban mi cabeza, y me vi  en las lujosas recepciones, frente a un elegante y apuesto recepcionista, solicitando las suites que terminaran en los números que me habían hecho ser tremendamente rica. </p>
<p>O exigiendo que le cambiaran los números a la suite que yo quería, con vistas al mar… ¿Cuánto podía costar cambiarle el cartel a las habitaciones? No importaba… podría pagar esos ridículos numeritos que adornaban las puertas de las habitaciones. ¡O tener siempre de repuesto cuando viajara, guardados en la maleta! Me imaginé sujetando al recepcionista de la corbata, y al de mantenimiento, de paso, de los tirantes del pantalón, para llevarlos delante de la puerta e indicando que pusieran los números nuevos, y que los esperaba dentro llenando el jacuzzi de espuma.</p>
<p>&#8211;	¿En qué se gastan los ricos tanto dinero?</p>
<p>Fiestas nocturnas. Eventos benéficos. Vueltas al mundo sin rumbo establecido. Interminables puestas de sol leyendo algún libro acostada cerca del borde de la piscina donde me encontrara el atardecer aquel día…</p>
<p>Hombres que se desvivirían por acompañarme en el crepúsculo, marcando pectorales bronceados. Hombres que se darían codazos para hacerse un hueco a mi lado cuando llamara al ascensor, deseando ser el elegido que llevara directo a mi cuarto de baño para que mimara mi piel con el jabón antes  de dejar que la lamiera entera.</p>
<p>Hombres que se dejarían comprar con todo aquel dinero.</p>
<p>Me dejé caer en la arena de la playa, con el boleto aún entre los dedos. El grueso y tosco papel se agitó por la brisa marina, y seguí sonriendo mientras repasaba los números que resaltaban en negro.</p>
<p>&#8211;	¿En qué me voy a gastar tanto dinero?</p>
<p>Ya sólo faltaba esperar al sorteo…</p>
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		<title>Intimidad es&#8230;</title>
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		<pubDate>Thu, 21 May 2015 08:29:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela Gracia]]></dc:creator>
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		<category><![CDATA[Cartas de mi Puta y Otros Cuentos Eróticos]]></category>
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		<category><![CDATA[intimidad]]></category>
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		<category><![CDATA[microrrelato]]></category>
		<category><![CDATA[puta]]></category>
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		<description><![CDATA[<p>La verdadera pasión e intimidad no se demuestra mientras tienes las piernas separadas, entregando tu vientre a la verga que él aferra entre los dedos. La verdadera complicidad no se plasma en dos bocas entrelazando lenguas, mordiendo labios, explorando paladares ávidos de carne compacta. La verdadera plenitud de la pareja …
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				<content:encoded><![CDATA[<p>La verdadera pasión e intimidad no se demuestra mientras tienes las piernas separadas, entregando tu vientre a la verga que él aferra entre los dedos.</p>
<p>La verdadera complicidad no se plasma en dos bocas entrelazando lenguas, mordiendo labios, explorando paladares ávidos de carne compacta.</p>
<p>La verdadera plenitud de la pareja no se destila de los dedos entrelazados entre embestida y embestida, con los ojos clavados en los gestos contraídos del contrario, esperando su clímax.</p>
<p>La verdadera entrega no reside en rendirle tu cuerpo al otro para que lo use como quiera&#8230;</p>
<p>¿Hay, acaso, mayor intimidad en una relación que la de mirarte en sus ojos por la mañana, con los cabellos desmadejados, y que acudan sus dedos a retirarte las legañas?</p>
<p>Si te quedas a mi lado esta noche&#8230; mañana ven a besar mis ojos tras haberte reído del aspecto que luzco cuando aún no he logrado despertar el alma.</p>
<p>Que vengan tus dedos a desperezarme&#8230; Que ya luego tomaré conciencia de la vida cuando tu polla se entierre con saña.</p>
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		<title>Mi media naranja</title>
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		<pubDate>Sun, 12 Apr 2015 18:34:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela Gracia]]></dc:creator>
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		<category><![CDATA[Cartas de mi Puta y Otros Cuentos Eróticos]]></category>
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		<description><![CDATA[<p>Llevaba casi cinco años sin verlo. Alto, apuesto, elegante… Lo recordaba tal y como lo veía ahora, con ese cabello revuelto como si fuera efecto de la brisa que ahora nos acariciaba la piel a ambos. Pero ambos sabíamos que estaba así porque le encantaba pasarse la mano por los …
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Llevaba casi cinco años sin verlo. Alto, apuesto, elegante… Lo recordaba tal y como lo veía ahora, con ese cabello revuelto como si fuera efecto de la brisa que ahora nos acariciaba la piel a ambos.</p>
<p>Pero ambos sabíamos que estaba así porque le encantaba pasarse la mano por los cabellos, revolverlos, provocarme con ello. Y a mí me encantaba que lo hiciera, exactamente igual que cuando salíamos juntos.</p>
<p>Cabellos revueltos, como cuando yo se los desordenaba, en nuestras interminables sesiones de sexo.</p>
<p>Era el hombre con el que había compartido casi diez años de mi vida. El destino, y la mala leche de los dos fuera de la compenetración que teníamos entre las sábanas, hizo que la relación no prosperara, y que cada uno decidiera retomar su vida por separado. Ahora, la casualidad, el destino, o alguna bruja malvada que había estado jugando a remover una marmita ennegrecida por el fuego, habían conseguido que sus ojos volvieran a cruzarse con los míos, y que sus manos revolvieran sus cabellos, provocando la necesidad de hacer lo mismo.</p>
<p>Le llevé los dedos hasta la cabeza, y aferré con fuerza aquello que en otro tiempo me perteneció.</p>
<p>Al hacerlo, a mi mente regresaron las escenas con las que me dormía por las noches, y que me llevaban nuevamente a regresar a casa por las noches, aun sabiendo que la relación fuera de la cama no funcionaba. Embestidas rápidas, saliva caliente recorriendo senderos desde la punta de los dedos de los pies a las yemas de los de las manos, palabras sucias mientras mi cuerpo se retorcía bajo el peso del suyo. Fueron visiones rápidas, superpuestas unas a otras, mientras cerraba la mano sobre su pelo y me entraban unas ganas locas de tirar de su cabeza para llevarme sus labios a la boca.</p>
<p>Pero el tiempo había pasado entre nosotros.</p>
<p>Demasiados días haciéndonos daño por las mañanas tratando de compensarlo luego con las noches. Demasiados años sin saber el uno del otro, sin importarnos otra cosa que no fuera a qué sabía el producto de nuestro orgasmo, a qué sonaban nuestras voces en los gemidos del clímax, o cómo se desfiguraban nuestros rostros en el momento justo en el que no importaba nada más que sentir el placer que nos prodigábamos el uno al otro.</p>
<p>El tiempo había pasado, pero no el deseo.</p>
<p>Tiré de sus cabellos y no me importó si estaba o no casado. Acerqué su boca a la mía y ni pensé en que podía rechazarme al hacerlo. Me elevé sobre mis tacones para hacer parte del camino con mi cuerpo en vez de atraerlo simplemente a él hasta mí, y cuando lo tuve tan cerca que respiré su aliento me sorprendí parando el avance. Él había entreabierto los labios, pero no había acudido a mi encuentro. Simplemente… se había dejado llevar por mí.</p>
<p>En otra época habría sido él quién habría aferrado mi cabello para guiar mi cabeza hasta su boca. Habría usado la otra mano para ir desnudándome apresuradamente para que nuestras discusiones quedaran a un lado, apartadas de la mente, mientras dábamos paso al calor que nos empeñábamos en despertar el uno en el cuerpo del otro. En aquellos años me habría guiado casi a rastras a nuestra cama, para despojarme a la desesperada de las prendas que le molestaban y tener acceso a las partes del cuerpo que le enloquecían.</p>
<p>Si la falda quedaba en la cadera poco le importaba. Lo que quería era la visión de mis nalgas en el momento de su primera embestida teniéndome a mí a cuatro patas sobre el cobertor que nos arropaba por las noches… sin darnos el calor que necesitábamos por la falta de contacto tras el sexo. Si el sostén quedaba de cualquier forma arremolinado sobre el cuello le valía igual, porque lo que pretendía era poder torturar mis pechos con sus dedos rudos y hoscos, única prueba de que en otro tiempo lo había pasado mal y la elegancia la había ido adquiriendo con el paso de los años. Si las bragas acababan desgarradas nos recreábamos con el sonido de la tela al romperse.</p>
<p>Pero allí, al lado del mar, con la brisa rodeando nuestros cuerpos y el sonido de las olas al chocar contra la rompiente, aquel hombre no me había buscado con la misma intensidad con la que yo lo había necesitado.</p>
<p>Aparté mi rostro, disgustada por el rechazo. Comprendí que cinco años eran muchos, y que la distancia había provocado que no sintiera nada más por mí que la apacible simpatía que había provocado que en sus labios se dibujara una sonrisa al reconocerme en la avenida. Yo, sin embargo, había sentido mi piel arder en el mismo momento en el que sus ojos se cruzaron con los míos. Mi cuerpo había reaccionado como antaño, mojando mi entrepierna y ruborizando mis mejillas. El corazón se había acelerado, y mi mente había olvidado que tenía pareja desde hacía unos meses, que las cosas iban entre nosotros de forma correcta y apacible, y que en una hora había quedado para almorzar con él cerca de mi casa.</p>
<p>Relación correcta y apacible. ¡No me reconocí al pensar que me conformaba con una relación meramente cordial!</p>
<p>Aquello era exactamente lo que había hecho que mi ser necesitara a aquel extraño conocido. Tras esos años habíamos llegado a ser solamente eso, pero la intimidad que compartimos no se podía borrar de un plumazo simplemente porque yo quisiera empeñarme en ello. Si él lo había conseguido no llegaba a entender cómo lo había hecho, pero para mí, ese extraño era la persona a la que había podido tanto amar como odiar al extremo, desearlo sin límite, incluso más allá de la ruptura. Era mi media naranja, aunque los bordes se hubieran estropeado tanto que ya las dos mitades fueran imposible de encajar para crear algo redondo.</p>
<p>Nos habíamos secado…</p>
<p>O, al menos, yo lo había hecho, metafóricamente hablando. Porque, con él, siempre había andado muy mojada.</p>
<p>A él lo vi entero, jugoso, rabiosamente colorido. Daba igual que hubieran aparecido ciertas arrugas en su semblante, y que alguna cana decorara ahora el negro azabache de sus cabellos. Lo percibí joven, alegre y morboso como antes, y que yo no estuviera a su lado había provocado que su rictus de disgusto, ese que recordaba después de nuestras discusiones y antes de nuestras sonoras reconciliaciones llamándonos cabrón y puta al mismo tiempo, revolcándonos en la cama, desapareciera. Ahora, en vez de disgusto veía alegría, y en vez de enfado precedido de deseo veía satisfacción en muchas más facetas de las que yo le había conocido nunca.</p>
<p>Lo vi feliz…</p>
<p>Era feliz sin mí.</p>
<p>Casi me entraron ganas de llorar porque me había superado, y yo seguía anclada en el pasado compartido. Pero me negué a derramar una lágrima más después de tantos años. Las que tuve que beberme, tras nuestra separación, habían sido tan amargas que habían secado mis ojos y enturbiado el sabor que tenía en la boca, producto de sus besos llenos de deseo.</p>
<p>No lo había superado, y me dolió como un puñetazo en el estómago.</p>
<p>Le solté los cabellos y puse distancia entre nuestros cuerpos. Él, que simplemente se había limitado a entreabrir la boca para que pudiera degustarle la lengua como antaño, dibujó una pícara sonrisa que me transportó a sus brazos, el día en el que nos habíamos conocido.</p>
<p>Seguía siendo mi novio, mi pareja, mi amante.</p>
<p>Aunque él no se sintiera así, siempre sería mío. Eso no me lo podía arrebatar alejándose de mi lado, por más que entendiera que había sido necesario poner tierra de por medio para no acabar destruyéndonos el uno al otro.</p>
<p>&#8211; Me alegra verte tan estupendo…<br />
&#8211; Me entristece que no me hayas dado ese beso.</p>
<p>Y así, sin darme cuenta, no llegué a la cita que tenía para almorzar aquella misma tarde. Me perdí en los ojos de alguien que hacía falta que se alejara de mi vida para poder volver a encontrarlo.</p>
<p>Porque, a veces, las personas sí son media naranja… pero hace falta que el tiempo pase para que los bordes dejen de encajar, y cada uno sea capaz de dar jugo por separado. Yo descubrí que el tiempo alejada de él me había beneficiado, pero sólo tras volver a perderme entre sus embestidas vivaces, sus besos con dientes mordiendo los labios, y su polla arrancándome gemidos empotrada contra el cobertor de la cama… Ese, que por la mañana sí dio calor a nuestros cuerpos, porque, por una vez, despertamos abrazados.</p>
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		<title>Gime&#8230; que te observo.</title>
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		<pubDate>Tue, 10 Mar 2015 08:36:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela Gracia]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cartas de mi Puta]]></category>
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		<category><![CDATA[erotismo]]></category>
		<category><![CDATA[gemir]]></category>
		<category><![CDATA[microcuento]]></category>
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		<description><![CDATA[<p>Gime. Se revuelve en la cama y sigue gimiendo. Me atrevo a pensar que son mis manos las que la tienen en ese estado, aunque supongo que entre tantos vecinos soy el único en el que no ha reparado. Gime y la boca se abre para exhalar un suspiro, y …
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Gime. Se revuelve en la cama y sigue gimiendo. Me atrevo a pensar que son mis manos las que la tienen en ese estado, aunque supongo que entre tantos vecinos soy el único en el que no ha reparado. Gime y la boca se abre para exhalar un suspiro, y sus dientes blancos se perfilan a la vez que se contrae su rostro. Es joven, sus cabellos no han conocido el tinte por suerte, y su piel huele a almizcle y a pecado.</p>
<p>Conozco el nombre que tuvieron a bien ponerle sus padres, hace ya unos veinte deliciosos años, pero a mí me gusta más llamarla María.</p>
<p>Ahora imagino que huele a sexo, que su sudor es más salado que su entrepierna, y que sus labios tiemblan porque mis dedos se escabulleron entre sus sábanas para darle el placer que tantas veces he soñado. Su pelo es una maraña informe alrededor de su cabeza, enredado por los continuos movimientos sobre la almohada manchada del carmín y rímel que nunca retira antes de dejarse seducir por la cama.</p>
<p>¡Tantas veces soñé con aferrar sus cabellos para guiar esa cabeza hasta mis labios…!</p>
<p>La observo gemir, dormida, y la deseo tanto…</p>
<p>Pero la puta llamada de teléfono turba su sueño. Sus manos se agitan, su cuerpo se despereza con brusquedad y los ojos se abren, asustada, sin entender lo que ocurre, mientras la mente aleja las imágenes que la mantenía atrapada.</p>
<p>Traga saliva, buscando la humedad que los jadeos han arrancado de su garganta.</p>
<p>La veo acudir en pos del teléfono. Desnuda se recorta su silueta mientras avanza por la alcoba, descalza, de puntillas. El cuerpo sinuoso y cetrino llega hasta su bolso, colgado en un perchero en el que no había reparado, y tras mirar la pantalla rechaza la llamada. La escucho maldecir por lo bajo, y arroja el móvil contra el sillón que, frente a su cama, tantas veces he ocupado mientras me permito la licencia de mirarla.</p>
<p>María vuelve como una gata a la cama.</p>
<p>Y yo vuelvo a recrearme en el momento en el que separa las piernas, esconde su mano, y busca el placer para retomar el sueño que de tantos problemas consiguen alejarla.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Recuerdo</title>
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		<pubDate>Fri, 20 Feb 2015 19:57:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[Magela Gracia]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Cartas de mi Puta]]></category>
		<category><![CDATA[Cartas de mi Puta y Otros Cuentos Eróticos]]></category>
		<category><![CDATA[erotismo]]></category>
		<category><![CDATA[pornografía]]></category>
		<category><![CDATA[recuerdo]]></category>
		<category><![CDATA[relaato]]></category>
		<category><![CDATA[sexo]]></category>

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				<content:encoded><![CDATA[<p>Y me veo, después de tantos años, pensando en ti…</p>
<p>¿Qué habrás estado haciendo? ¿En cuántas camas habrás retozado?</p>
<p>Es ridículo que, pasando la vista por los mensajes de los contactos que andan sepultados tras años sin actividad en mi móvil, encuentre el tuyo y sienta añoranza. Que se dibuje una sonrisa en la comisura de mi boca mirando la pequeña foto que acompaña tu nombre es todo un misterio.</p>
<p>Pero ocurrió.</p>
<p>Cierro los ojos y asisto al cambio que se produce en mi cuerpo. Se eriza mi piel al recordar tus caricias de hace tanto tiempo. Se acelera mi corazón al escuchar las palabras que me susurrabas cuando apenas te había dejado acercarte a mí. Se seca mi boca al saborear los orgasmos que me brindaste tras nuestras interminables noches en vela.</p>
<p>Disfruto de todo eso y de más cosas… que me callo.</p>
<p>Porque esos recuerdos acaban de mojarme la entrepierna.</p>
<p>Después de tanto tiempo… pensando nuevamente en ti. No tiene ningún sentido, ya que casi no recuerdo tus gestos, tu voz o el tacto de tu mano sobre la mía. Tengo presentes mis sensaciones, ahogadas tras tantas otras experiencias que llegaron más tarde. Tantos amantes probaron mis labios tras desaparecer tu boca de mi vista que ahora, al llevar la lengua al paladar, buscando tu sabor, soy incapaz de distinguirlo.</p>
<p>Recuerdo que me gustaba tu boca…</p>
<p>Y tu sonrisa, y tu piel morena, y tus cabellos revueltos por la brisa del verano. Recuerdo que me gustaba tu impertinencia, tu chulería, y esa necesidad de ocupar con tu presencia cada minuto de mis días. Recuerdo que me gustaba que me dejaras sin habla cuando me decías que me deseabas, y que se me cerraran los ojos al tener tus dedos rozando la piel de mi cuello, justo antes de recibir tus besos.</p>
<p>Recuerdo tantas cosas…</p>
<p>Pero a ti no te recuerdo.</p>
<p>Si ahora compartiéramos espacio en algún restaurante no sé si te reconocería. Puedes haber envejecido mal, o haber engordado, o tal vez llevar gafas y haberte quedado calvo. Puedes estar perdido en la crisis de los cuarenta, usando ropa moderna que no se ajuste a la idea que me queda en la mente de tu estilo, siempre formal y correcto.</p>
<p>Pueden haber pasado tantas cosas…</p>
<p>Y lo único que ha pasado, al final, ha sido el tiempo.</p>
<p>“Espero que estés bien”.</p>
<p>Se lo digo a tu fotografía, y no lo escribo por miedo a que me contestes.</p>
<p>Porque… ¿quién sabe las locuras que podrían pasarnos si vuelvo a tenerte en frente?</p>
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